El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 9
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Capítulo 9

¡J oder, no puede ser verdad!

Niego con la cabeza y busco donde sentarme.

¿Cómo es posible?

Me debato internamente en si contárselo a Enzo o no, pero al final decido consultarlo con la almohada.

Error, ya que esta no solo no me da una respuesta sino que me acompaña en una noche de desvelo por lo encontrado.

En cuanto el sol despunta, me pongo en pie y me cambio. Mi padre me llama cinco minutos después ya que sabe cuáles son mis horarios diurnos y me aprieto el puente de la nariz, debatiéndome en si contestar o no.

Si no descuelgo se preocupará y tampoco quiero eso, así que no me queda otra opción que aceptar la llamada mientras contengo la información que muere por salir a la luz.

—¿Cómo estás hija? ¿Qué tal fue ayer? ¿Encontrasteis las iniciales? ¿Quién era esa mujer?

Dispara las preguntas una tras otra sin apenas respirar y me muerdo el labio.

Sé lo que tengo que hacer.

—Buenos días, papá. Si, encontramos la fuente y las iniciales.

—¡Bien! —Puedo verlo levantar un brazo en la habitación de su casa y una leve sonrisa se me escapa por sentir lo emocionado que sigue con esta historia.

Su sueño truncado siempre fue ser periodista de investigación y a estas alturas puedo asegurar que habría sido uno de los buenos.

—¿Y ahora? ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Habéis vuelto a hablar?

—No, papá. Nos despedimos anoche y aún no hemos hablado.

—Bueno, pues cualquier cosa, mantenme informado, por favor.

—Si, papá. Tranquilo que serás el primero en saberlo.

Se que tendría que haberle contado lo de la abuela, pero algo dentro de mí me pide paciencia. No quiero sacar conclusiones anticipadas.

Quizás solo eran dos amigos que se encontraron en aquella fuente y alguien les hizo una foto.

Quizás no hubo nada más que una amistad entre ellos.

Quizás estoy pensando de más, y esa foto solo fue una coincidencia.

Quizás…

Mi teléfono vuelve a sonar y mi corazón se acelera al ver quién es.

—Buenos días, Enzo.

—Buenos días, Lucía. ¿Has dormido bien?

—La verdad es que no —admito apoyándome en la cómoda de la habitación.

—Si te soy sincero, yo tampoco. Lo de ayer me dejó pensando y la cabeza no dejaba de pensar, así que me he pasado la noche mirando las cosas de mi abuelo y creo que he encontrado algo.

—¿Ah, sí?

—Sí, una carta.

—¿Una carta?

—Sí, en una caja de cartón junto a muchas otras fotos, encontré una carta cuyo remitente firmaba con las mismas iniciales que vimos en la fuente.

El corazón se me para y noto que me mareo. Me siento al borde de la cama y tomó aire con fuerza antes de poder hablar.

—¿Y qué decía esa carta?

Enzo no habla y miro mi teléfono para verificar que sigue en línea.

—Será mejor que te lo enseñe.

Quedamos para vernos después del trabajo y me paso el día con la cabeza en las nubes y preguntándome qué dirá esa carta.

Cuando la hora de cerrar llega, Enzo me espera apoyado en su moto y Carmen choca su hombro con el mío a modo de despedida. He estado tan ausente durante el día que ha desistido de seguir preguntándome cómo fue anoche.

La veo alejarse y me guiña un ojo justo antes de doblar la esquina y desaparecer.

Me acerco hasta Enzo y noto la tensión en su mandíbula, lo que me hace intuir que el mensaje escrito en esas hojas no es bueno.

—¿Debo preocuparme? —pregunto.

—Júzgalo tu misma —replica entregándome la carta.

La leo con rapidez y constato mis temores.

En ella, Elsa le dice a su abuelo que le ha hecho mucho daño al engañarla, que ella se ha enterado y que sabe que es verdad, que nunca imaginó que él pudiera hacerle algo así y que no quería volver a verlo en la vida.

La carta además está fechada y maldita sea si eso no coloca una pieza del puzle de mi abuela, que nadie pudo entender en su momento.

—Joder —musito.

—Sí, joder.

Camino sin apartar la mirada de las hojas y me siento en el bordillo de la biblioteca, Enzo se acomoda a mi lado en silencio, como si la información encontrada hubiera abierto un abismo entre el pasado y el presente.

—No puedo imaginar que mi abuelo hiciera algo así —acaba diciendo—, es decir, mi abuelo siempre fue una persona honesta hasta el tuétano.

Mi madre me contaba cómo le enseño a ser sincera, humilde y leal.

Ella me enseñó de la misma manera y el abuelo también se encargó de inculcarme los mismos valores.

No puedo creer que le hiciera eso a esa chica.

—Yo sí. —Recuerdo como mi abuela me hablaba de la importancia de no hacer algo así, de lo que conlleva engañar a quien te quiere y cree en ti y del dolor que la persona afectada siente cuando lo vives.

Siempre pensé que ella solo quería enseñarme para no ser así, nunca me imaginé que hablaba desde la experiencia.

Enzo gira su cara hacia mí y contengo el aire cuando nuestros ojos se encuentran.

—Tengo que contarte algo… —No puedo seguir manteniendo esta información en privado.

—Dime. —Su mirada me atraviesa con curiosidad pero se mantiene alerta y a la espera.

—Veras, ayer cuando vimos las iniciales en la fuente, estuve ausente porque creí reconocer la forma de la M y tenía razón.

—Sabes quién es. —No es una pregunta.

Asiento.

—Mi abuela —suelto la bomba pero él no parece sorprendido.

En su lugar su mirada se oscurece, su mandíbula se tensa y sus nudillos se vuelven blancos por la tensión.

Trago saliva y me obligo a continuar.

—E. M. Es, en realidad, Elsa Martin.