Capítulo 8
S u gesto denota sorpresa, pero se repone en un instante.
—¡Claro! Deja que le haga un par de fotos a la inscripción.
Asiento y diez minutos después estamos en una terraza con dos cervezas en la mesa.
Enzo me explica cosas de su abuelo y yo intento seguirle el hilo, pero fallo de forma estrepitosa.
—Lo siento —me excuso cuando me doy cuenta de que me ha hecho una pregunta que no he escuchado—, tenía la cabeza en otro sitio.
—Tranquila —replica, pero la presión en su mandíbula me dice que no está acostumbrado a que no le hagan caso.
Me inclino hacia él, estirando mi mano sobre la mesa, con la intención de agarrar el vaso.
—Perdóname.
Su gesto se relaja y su mano se posa sobre la mía.
Mis ojos vuelan hacia nuestras manos unidas y me sonrojo por quinta vez en el día.
—Tranquila —mira su reloj—, se está haciendo tarde, ¿volvemos?
—Claro —musito.
El camino de vuelta lo hacemos en silencio, cada uno pensando en nuestras cosas, pero hay algo que no consigo quitarme de la cabeza.
Su mano se ha mantenido sobre la mía casi todo el trayecto y su tacto no se ha separado de mi piel mientras intento poner mis ideas en orden.
¿Quiero que me siga acariciando?
¡Joder que sí!
Lo único que me duele es no tener los cinco sentidos en este momento.
Cuando la moto se para junto a mi casa, me bajo de la moto, y le entrego el casco.
—Muchas gracias por el rato de hoy —le digo; de repente no tengo ganas de despedirme.
Mentira, hay algo que debo mirar en cuanto suba a casa, pero a la vez no quiero decirle adiós.
—De nada —replica, apoyándose en su moto.
Me mira por un instante y sin decir nada, se quita el casco, y desmonta, acercándose en silencio, pero con una intención clara en su mirada.
Mis pulsaciones están a mil por hora y mi cuerpo no es capaz de moverse.
Nuestros ojos no desconectan ni un instante, su mano acaricia mi mejilla y mi respiración se corta.
—Dime que no —susurra mientras su dedo acaricia mi mejilla.
No soy capaz de decir nada, ni aunque quisiera podría decir una palabra que impidiera lo que está a punto de pasar.
Sus labios se entreabren y me relamo justo antes de que nuestras bocas entren en contacto.
Gimo en su boca si poder remediarlo y Enzo lo toma como un aliciente ya que aumenta la intensidad.
Siento una mano en mi cintura y la otra sigue acariciando mi piel.
Cuando el beso termina nos quedamos mirándonos en silencio. Sonrío con una repentina timidez y el besa el dorso de mi mano antes de darse la vuelta y montar en su moto.
Me quedo mirando como desaparece sin poder moverme y solo cuando ya no está en mi campo de visión soy capaz de dar un paso tras otro.
Ahora que mi cuerpo me obedece de nuevo, subo las escaleras con rapidez y abro la puerta de casa.
Dejo las llaves en el platillo de la entrada y corro hacia la cocina.
Busco en el armario hasta encontrar lo que estaba buscando.
Mis ojos recorren las letras cuidadosamente escritas y sonrió sin poder evitarlo. Mi mente vuela hasta el momento en el que mi madre me regaló el libro de recetas de la familia.
—Este libro ha pasado de generación en generación y cada una de nosotras ha añadido las recetas que más le gustaban, ahora es tu turno —dijo mi madre entre lágrimas cuando firmé la hipoteca de mi casa y me independicé. Fue su regalo más preciado y mi pertenencia más cuidada también.
Abro el libro hasta encontrar lo que buscaba y sigo con el dedo las letras hasta llegar al final.
Ahí está. Mi corazón se salta un latido y niego con la cabeza.
No puede ser.
Sencillamente no puede ser.
Al final de la receta cada una de las chicas de la familia firma con su nombre y la fecha en la que añadió la página al libro, y es en ese momento en el que mis sospechas se hacen realidad.
Esa M. La misma que he visto en la fuente, tiene un ribete al final idéntico al de la página que ahora observo.
Elsa Martin. Mi abuela.
E.M.