Capítulo 7
—L legamos. —Enzo apaga el motor y se quita el casco.
Lo imito y tomo aire un par de veces antes de bajar de la moto. Noto mis piernas como si fueran de mantequilla y estoy sudando a pesar del fresquito del ambiente.
Él me ayuda a quitarme el casco y a la par se asegura con los ojos de que estoy bien.
Sonrío con timidez cuando me habla con la mirada y su expresión se relaja al ver que no me ha dado un ataque al corazón.
—Según la dirección de Google, la fuente está detrás de esa plaza —señalo con el dedo hacia la derecha.
Enzo me hace un gesto para que lo guíe y me sigue de cerca.
Caminamos hacia la plaza y, tal y como anuncie, la fuente se alza en un lateral. Se notan los años que han pasado desde la fotografía ya que está desmejorada, y tuerzo el gesto al ver algunas pintadas vandálicas.
—Es increíble que estemos aquí, justo donde estuvo mi abuelo —murmura con los ojos abiertos y vidriosos.
—¿Estabas muy unido a él?
Lo veo asentir, se acerca aún más a la fuente y comienza a buscar las iniciales.
—La verdad es que me extraña que nunca me haya contado nada de la fuente ni de la chica, aunque teniendo en cuenta que no era mi abuela quizás no quería remover el pasado.
—¿Cómo estás tan seguro? —le sonrió agachándome por otra zona en busca de las iniciales.
Enzo me busca con la mirada y ladea la cabeza cuando nuestros ojos se encuentran.
—Si fuera mi abuela, mi abuelo no habría contado esa historia como si fuera un cuento, sino como una anécdota de cuando ellos cortejaban… —se encoge de hombros y sigue buscando.
Medito sus palabras. Tiene razón.
—¡Aquí! —grita un segundo después.
Corro hasta donde está y me agacho.
El pasa el dedo por las letras mientras se muerde el labio y un segundo después veo esas iniciales por las que hemos hecho todo el trayecto.
—D. V —deletrea Enzo—, Daniel Vera. Es increíble… —Parpadea un par de veces y noto que sus ojos están más brillantes que antes.
Sin duda haber encontrado un trozo de la historia de su abuelo le ha llenado un pedazo de su corazón.
Me fijo entonces en las iniciales que hay a lado de las de su abuelo.
E. M
—¿De quién serán?
—No lo sé —susurra él—, pero mi abuela se llamaba Clara Diaz, así que como te vaticiné, no era ella.
Tuerzo el gesto y asiento en silencio.
Entrecierro los ojos, y me acerco un poco más a esas iniciales.
Mi corazón empieza a bombear con fuerza al ver mejor la forma de la M.
No.
No puede ser, ¿verdad?
Parpadeo un par de veces me pongo en pie de un salto, sentándome en el borde de la fuente mientras mi mente crea una conexión imposible.
—¿Estás bien? —Enzo se sienta a mi lado y me mira con curiosidad.
—Sí —miento. Y me obligo a sonreír—. ¿Te parece si nos vamos?