Capítulo 6
—¿E stás nerviosa? —Carmen espera mi respuesta con la taza de café en el aire.
Trago con dificultad el trozo de galleta que estaba masticando y asiento varias veces.
Su carcajada es contagiosa y acabamos riendo como dos adolescentes.
—Yo que tu pondría la grabadora, porque quiero saberlo todo con pelos y señales; vamos que no te puedes saltar ni una coma de todo lo que habléis esta tarde.
Asiento una vez más y hago rodar los ojos, con cada minuto que pasa me pongo más nerviosa y saber que no solo mi padre sino también Carmen me hará un tercer grado mañana, no ayuda a tranquilizarme.
Esa jornada se me hace corta y larga a la vez. No paro de mirar el reloj y cuando llega la hora de salir corro hacia casa y me preparo a conciencia.
Mi padre me llama mientras me maquillo y lo pongo en manos libres mientras me cuenta más cosas sobre la fuente. Ha encontrado desde la persona que hizo la primera maqueta hasta la empresa que la construyó.
Desde luego cuando algo le gusta, se nota y mucho.
No en vano conquistó a mamá a pesar de sus iniciales negativas a salir con él, cosa de la que aún hablan a menudo.
Termino de maquillarme pensando en mis padres; en cómo, a pesar de los años, aún se miran como el primer día.
Joder, si hasta les brillan los ojos al hablar el uno del otro.
Yo también quiero algo así, pero digamos que la vida solo me ha puesto sapos en el camino. He besado a tantos sapos que he dejado de esperar encontrar al príncipe azul.
En lugar de eso, me he centrado en mis estudios y después en mi trabajo, algo que adoro.
Mi madre siempre me dice que casi no puede recordarme sin un libro en la mano, y es cierto que mi afición a la lectura empezó desde muy pequeña y ahora mismo ya no podría pensar en un futuro sin libros.
Eso no es algo que a los hombres les haga gracia, por eso me cansé de escuchar comentarios como: «¿Cuándo vas a dejar el libro?». «¿Te has comprado otro? ¡Si aún tienes muchos sin leer!». «¿De verdad vas a llorar por lo que acabas de leer?».
Dios, que harta estoy de eso.
Mi móvil vibra y acepto la llamada sin mirar.
—Que sí, papá, que luego te lo cuento todo —repito por décima vez en ese día.
—¿Papa? —Una risa masculina me deja muda.
Me pego a la pared como si eso pudiera borrar los anteriores veinte segundos de mi vida.
El color blanco de mis mejillas cambia a un rojo cada vez más intenso por momentos.
—¿Hola? ¿Lucía?
Enzo me llama desde la otra línea del teléfono y cierro los ojos con fuerza.
—¡Perdóooon! —suplico por el altavoz—, es que mi padre y yo hemos estado hablando de la fuente hace un minuto y pensé que eras él —me excuso.
Enzo vuelve a reír, y ese sonido profundo salido de su garganta altera mi sistema nervioso.
—No tienes de que disculparte —lo escucho decir entre risas—, baja cuando estés lista —dice sin dejar de reír, y cuelga.
¡Joder! Joder, joder, joder…
¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?
Niego con la cabeza, apretando los labios y soltando el aire. Supongo que debo añadir esta anécdota a las muchas meteduras de pata de mi vida.
Reviso que lo llevo todo y me miro al espejo. Un pantalón vaquero y camisa color burdeos, junto a una cazadora de cuero que mi madre me obligo a comprar hace un par de años y nunca he visto la ocasión de ponerme.
—Vamos allá —me doy ánimos a mí misma antes de cerrar la puerta y bajar las escaleras.
Al salir a la calle, veo a Enzo apoyado en su moto con el casco en la mano. Sonríe al verme y su sonrisa consigue que me tiemblen las piernas.
¿En qué momento un chico así se ha fijado en mí? Digamos que siempre he sido el patito feo de la clase, del grupo de amigas y de la zona en general.
Enzo da un par de pasos hacia mí y besa mi mejilla al llegar hasta donde estoy. Contengo un gemido y noto como mi piel se sonroja.
—¿Preparada? —pregunta.
Asiento sin palabras y damos un par de pasos.
El saca un casco de debajo de su asiento y trago saliva.
—¿Vamos a ir en moto?
Joder, ¿en qué momento he pensado que iríamos en coche?
—¿Te da miedo?
Trago saliva.
Enzo debe haberse dado cuenta de cómo mis ojos reflejan mi temor, ya que intenta tranquilizarme con una sonrisa cálida. Su mano se apoya en mi codo al tiempo que da un paso hacia mí.
—Estás en buenas manos, Lucía —susurra en mi oído—, lo prometo.
Joder, ahora tengo mucho calor por todo el cuerpo.
—Tuve una mala experiencia —explico—, mi primo me llevó una vez de paseo, y aunque no pasó nada, iba demasiado rápido para mi gusto.
Enzo asiente, comprendiéndome.
—Iré todo lo despacio que necesites —promete. Y siento que no solo se refiere solo a la moto.
O quizás es solo lo que quiero pensar.
Asiento y nos acercamos a la moto. Él se sube, me ofrece el casco y me lo pongo con manos temblorosas. Tanto que no soy capaz de ajustarlo.
Él se da cuenta y sus manos calientan las mías.
Entiendo lo que sus ojos quieren decirme, y dejo que sus dedos expertos ajusten el casco.
Mi mirada se posa de forma irremediable en sus labios y se los relame.
Mi corazón bombea con fuerza y cuando sus ojos conectan con los míos el mundo se para por un instante.
Carraspea y mueve la cabeza, indicándome que suba detrás de él y las piernas me tiemblan de nuevo pero esta vez por el miedo irracional que me inunda.
Tomo aire y lo suelto con fuerza. Subo a la moto y sus manos buscan las mías de forma automática. Se las entrego y él las coloca sobre su abdomen duro.
—Sujétate con fuerza —ordena. Se baja la visera del casco y arranca la moto.
Me aprieto contra él de forma automática cuando esta se mueve y escucho su risa, sintiéndola bajo mis manos.
Enzo se une al tráfico con cuidado y noto que conduce con una suavidad increíble. Desde luego está cumpliendo su palabra.
—¿Cómo has encontrado la fuente? —me pregunta por el teléfono incorporado de su casco.
—Mi padre y yo estuvimos buscando por Google. Incluimos los detalles y buscamos por imágenes, al final pudimos encontrarla.
—Me sorprendió que estuviera tan cerca —replica él—, pero teniendo en cuenta que mi familia lleva muchas generaciones viviendo aquí, tenía mucho sentido.
Asiento, aunque él no me ve y unos kilómetros más tarde frena de forma algo brusca.
Mis manos se aprietan sobre su torso sin apenas darme cuenta y cuando la moto vuelve a su ritmo normal una de las suyas envuelve la mía.
—Perdona —susurra. Su dedo acaricia la piel de mi mano—. Un coche ha frenado de repente.
—Tranquilo —musito entre respiraciones entrecortadas, aunque a estas alturas no sé si estoy así por el frenazo o por su dedo acariciándome.
—Ya casi llegamos —indica.
—Vale —replico.
Y su mano sigue sujetando la mía, mientras sus dedos me acarician durante el resto del camino.