El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 4
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Capítulo 4

—T ienes una visita. —Carmen sonríe desde la puerta. Estoy en mi tiempo de merienda y la miro con el bocadillo a medio morder.

—¿Una visita?

Mi compañera cierra la puerta detrás de ella y se acerca, cogiendo mi bocadillo y dejándolo en la mesa.

—Límpiate las migas y corre a recibirlo. Un maromo así no se ve todos los días. —Me guiña un ojo y me hace ponerme en pie.

—¿Un maromo?

Siento sus manos en mi espalda, empujándome hacia la puerta.

—Hazme caso y sal de una vez —me apremia.

—Está bien —abdico.

Los ojos oscuros de Enzo se topan con los míos al salir de la habitación y ya no tengo tiempo de arreglar mi pelo, sujeto en una coleta baja mal hecha.

—¿Cómo estás? —Enzo me sonríe, esperando mi contestación.

—Bien, estaba merendando —me justifico.

—Claro, tranquila. Escucha, me gustaría hablar contigo un momento, ¿crees que puedes escaparte? No serán más de cinco minutos, te lo prometo.

—Sí que puede. —Carmen, que por lo visto ha estado escuchando la conversación, contesta por mí.

—Lucía, acompaña al chico, seguro que eso que tiene que contarte es super interesante y necesario —me vuelve a guiñar el ojo cuando la miro y refreno mi lengua.

A punto he estado de acusarla de espiarme.

—Muchas gracias por tu ayuda. —Enzo está más que agradecido con Carmen y se lo hace saber regalándole una sonrisa de oreja a oreja.

—Por supuesto —Carmen busca mi mirada—. Estaré aquí esperando.

Traducción: «Me lo vas a contar todo con pelos y señales».

Contengo una risa nerviosa y acompaño a Enzo hasta la calle, él apoya su espalda baja en la moto con la que ha venido y se cruza de brazos, esperándome.

—Tú dirás —replico tragando saliva.

—Verás, quería comentarte algo que ha estado rondando mi cabeza desde que enseñaste esa foto. La cosa es que recuerdo una historia que me contaba siempre mi padre cuando era pequeño, que a su vez le contaba mi abuelo.

—¿Una historia? —pregunto. No sé a dónde quiere llegar. ¿De verdad ha venido a contarme un cuento infantil?

—No es una historia sin más —replica—, en ese cuento, una pareja de enamorados escribe sus iniciales y la fecha en una fuente después de pedir un deseo.

—Vale… —Sigo sin saber por qué me cuenta esto.

—Verás, en esa fuente del cuento había un par de caballos alados y la figura de una chica mirando hacia el cielo.

«Dos caballos alados y una chica…».

Mis ojos se abren al comprenderlo y Enzo capta el momento en mi expresión facial.

—Así es —replica—, la misma fuente de la foto que me diste.

Tomo aire y lo siento, meditando en sus palabras.

—¿Quieres decir que ese cuento estaba basado en algo real?

—Eso creo, sí.

—¿Y qué vas a hacer ahora?

Enzo clava su mirada en mí y juro que sus ojos se plantan en mis labios por un instante.

—Ahora, vamos a averiguar la ubicación de la fuente.

—¿Vamos?

Él da un paso hacia mí y noto el olor de su perfume inundando mis fosas nasales.

—¿A quién no le gusta una pequeña aventura? —sus palabras me incitan más de lo que estoy dispuesta a admitir—. Te invito a una caña después, ¿te apetece?

Hago una mueca y me lo pienso por un momento.

—De acuerdo —abdico. Le ofrezco mi mano en símbolo de acuerdo y él la estrecha casi al instante.

Su sonrisa pícara me calienta por dentro y me apresuro a despedirme para entrar de nuevo a la biblioteca, donde Carmen está ya de brazos cruzados y una expresión divertida.

—No quiero que te dejes ni un solo detalle —me amenaza.

Nos sentamos en nuestros sitios y le explico todo lo que ha pasado desde que Enzo llegó con un libro en la mano.