El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 3
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Capítulo 3

—T oma, esto ya está listo —Carmen me acerca un carrito lleno de libros—, ve a colocarlos mientras yo meto en el ordenador los datos de lo que nos ha llegado, ¿quieres?

—Claro —agarro el carrito y me dispongo a poner cada libro en su correspondiente lugar.

Tarareo una canción de moda mientras lo hago y el tiempo se me pasa volando.

Cojo uno más y antes de colocarlo en la estantería algo cae al suelo.

Miro hacia abajo y me agacho. Es una fotografía en blanco y negro.

Me pongo en pie y el libro que aún sujeto en la mano me hace abrir los ojos. Es el libro que me entrego Enzo el otro día.

Me siento en la silla y observo la foto. La imagen muestra a una pareja de jóvenes sonriendo, el chico sujeta la cintura de la chica mientras esta se tapa la cara y sonríe, los dos se apoyan en el borde de una fuente.

Entrecierro los ojos al fijarme bien en el chico.

Se parece a Enzo.

¿Casualidad? No lo creo.

Dejo los libros en su sitio y me acerco a ordenador, busco los datos que nos dejó al entregarnos el libro y encuentro su número de teléfono.

Marco los dígitos y espero un par de toques hasta que finalmente lo coge.

—¿Enzo Vera? —pregunto.

—Si, soy yo, ¿quién es?

—Soy Lucía Blanco, la bibliotecaria.

El silencio que sigue hace que mire mi teléfono para verificar que aún hay línea.

—Claro, Lucía. ¿Todo bien?

—Te llamo porque hoy, al colocar el libro, se ha caído una foto de su interior y creo que podría ser de tu abuelo.

—¿Como? ¿Una foto?

—Así es —admito con la foto en la mano—. Es antigua, pero estoy segura de que es de tu abuelo. Te la guardo para que puedas venir a buscarla cuando quieras.

—Está bien, en un rato me paso.

—Perfecto, muchas gracias —cuelgo, dejo la foto en uno de mis cajones y sigo trabajando.

—¿Lucía? —Enzo me llama desde el mostrador y me acerco, han pasado un par de horas desde que lo he llamado.

Abro el cajón y le entrego la fotografía junto con una sonrisa.

—Aquí tienes —señalo al chico de la imagen—, te pareces muchísimo a él, por eso estaba segura de que era suya.

Me encojo de hombros y me meto las manos en los bolsillos.

Enzo se queda mirando la fotografía e incluso la observa de cerca, en silencio.

—Siempre me han dicho que me parezco a él, pero esto ya es…

—Sí, lo cierto es que podrías pasar por él perfectamente.

—Toda la razón —sus ojos buscan los míos y sonríe cuando los encuentra —muchas gracias por llamarme.

Elevo un hombro y sonrío.

—No hay de que. Imaginaba que te haría ilusión tenerla.

—Imaginas bien —admite. Se queda en silencio mirándome y cuando empiezo a sentirme nerviosa hago el amago de darme la vuelta para seguir trabajando.

—¿Tienes algo que hacer luego? —pregunta él, dejándome paralizada.

—¿Cómo?

—Preguntaba si tenías algo que hacer más tarde, al salir del trabajo —levanta la mano, moviendo la fotografía—, creo que te debo una.

Me muerdo el labio y acabo negando con la cabeza.

El chico está bueno y su moto me encanta, pero no quiero que se sienta obligado a quedar conmigo solo por haberle devuelto algo que siempre ha sido suyo.

—Con un gracias me conformo —replico.

Enzo frunce el ceño por un instante, como si no acabara de creer que lo haya rechazado, pero pronto se repone y me regala una sonrisa perfecta.

—Como quieras, entonces —asiente con la cabeza—, gracias de nuevo.

—De nada.

Hago una mueca. ¿La he cagado? Tendría que haberle dicho que sí.

Joder, la he cagado.

Lo veo alejarse y suspiro al mirarle el culo hasta que se sube a la moto.

—Eres imbécil Lucía —me reprendo a mí misma mientras sigo colocando libros en su sitio.