Capítulo 1
—T oma, estos también hay que colocarlos. —Carmen pone un nuevo montón de libros sobre la mesa y yo suspiro soltando el aire.
Nunca pensé que mi puesto como bibliotecaria fuera a ser así. Desde que conseguí este trabajo en mi pueblo natal he podido conocer a muchas personas que conocen a mis padres e incluso a mis abuelos.
Cuando conseguí el puesto lo primero que hice fue llamarlos, ellos se pusieron muy contentos y prometieron venir a saludarme al trabajo.
Desgraciadamente, la muerte de mi abuela hace unos meses ha sido un duro golpe para toda la familia y desde entonces mi abuelo casi no sale de casa, por lo que aún no han podido pasar a saludarme.
—¿Lucía? —Me giro hacia el sonido y Carmen me mira con las cejas arqueadas chasqueando los dedos—. ¡Estás en la parra! Te estaba diciendo que me voy a merendar algo, en un rato estaré aquí, ¿vale?
—Claro, sin problema. —Me despido con la mano y sigo organizando los libros.
—Perdona, ¿podrías ayudarme?
La voz de un chico me hace levantar la cabeza y mis ojos topan con los suyos, de un negro profundo.
Trago saliva y parpadeo varias veces. ¡Joder, que bueno esta!
Pelo negro azabache a juegos con sus ojos, piel tostada por el sol y unas facciones angulosas junto con una barba de un par de días bien cuidada. En su mano izquierda, sujeta el casco de una moto y en la derecha un libro que me ofrece.
—Claro —consigo articular—. ¿Qué necesita?
—Verá, haciendo limpieza me he encontrado este libro y el sello dice que pertenece a esta biblioteca.
Agarro el libro y lo abro por la página en la que está el sello.
—Eso parece —murmuro. Me muerdo el labio y busco la parte donde se ve la fecha de entrega y de devolución.
Abro los ojos.
—Este libro debió ser devuelto hace unos cuarenta años.
El chico se rasca la nuca con la mano libre y me sonríe de forma tímida.
—Lo encontré entre las pertenencias de mi abuelo, supongo que en su día no lo devolvió.
Le devuelvo la sonrisa.
—Pues dígale a su abuelo que la próxima vez recuerde entregarlo en la fecha estipulada —bromeo.
—Eso está difícil —admite—, murió hace unos quince días.
Me quedo blanca.
—Perdone, yo…
—No, tranquila. No podría saberlo —se encoge de hombros.
Hago una mueca de disculpa y él asiente, aceptándola.
—Está bien, gracias por traerlo —admito.
—De nada…
—Lucía. Me llamo Lucía.
—Encantado, Lucía, yo soy Enzo —me ofrece una mano en un gesto formal que yo aprieto.
—Que tengas un buen día, Lucía. —Me regala media sonrisa y se da la vuelta, con lo que me deleito con un buen vistazo de su espalda ancha.
—Adiós —replico en voz baja viéndolo alejarse.
Me acerco a la ventana sin poder evitarlo y veo cómo se coloca el casco antes de subir a una moto enorme. No tengo ni idea de motos pero esta parece de las que corren mucho.
Suspiro con fuerza al verlo partir y sigo trabajando, aunque en mi mente ronda esta pequeña interacción durante el resto de la jornada.