Capítulo 9
N o volvemos a quedarnos solos al día siguiente, ni al siguiente, ni en los pasillos, ni en la biblioteca, ni en ningún sitio donde antes hubiera existido ese margen en el que una conversación podía empezar sin que resultara del todo inapropiada.
Ahora todo es limpio, demasiado.
En clase, Martin vuelve a ser el mismo de antes, o al menos la versión que todos los demás reconocen sin cuestionarla: preciso, impecable en su manera de explicar, de corregir y de desmontar argumentos.
Si alguien mirara desde fuera, no vería nada fuera de lugar.
Sin embargo, yo sí lo veo. Lo noto en cómo evita mirarme, cómo mide las palabras cuando me habla, cómo aparta la mirada cuando nuestros ojos se encuentran.
No es frialdad, sino control y eso lo hace peor.
Yo hago lo mismo. No intervengo en clase más de lo imprescindible, ni busco su atención, ni hago que pueda interpretarse como una continuación de lo que ocurrió en aquel aula vacía, aunque lo cierto es que tampoco necesito hacerlo, porque basta con compartir el mismo espacio, para que todo siga existiendo, aunque nadie más se dé cuenta.
Claire me observa un par de veces durante la clase, como si quisiera preguntarme algo, pero no lo hace y se lo agradezco, porque no tendría una respuesta que no sonara a mentira o a algo peor.
Cuando termina la sesión, recojo mis cosas con calma y me levanto sin prisa, dejando que el resto de los compañeros salga primero, como si ese pequeño retraso fuera suficiente para evitar cualquier encuentro que no esté preparada para tener con él, pero no funciona.
—Ashley.
Me detengo antes de girarme y cierro los ojos un segundo, lo justo para tomar aire. Luego me doy la vuelta y lo encuentro junto a la mesa, con las manos apoyadas en el borde y la vista fija en mí, pero esta vez hay algo distinto en su mirada.
—Necesitamos terminar el trabajo.
Asiento.
—Sí.
Podría añadir cualquier comentario que mantuviera esto en el terreno académico, pero no lo hago, porque ambos sabemos que no es eso lo que ha quedado pendiente entre él y yo.
—Ahora —añade.
Miro alrededor y veo que el aula está casi vacía.
—Vale.
No nos sentamos frente a frente, sino que seguimos de pie con la mesa entre los dos.
—He revisado lo que enviaste —dice, señalando la carpeta que dejo sobre la superficie—. Está bien.
Su frase, en cualquier otro contexto, sería suficiente, pero ahora no.
—Sí —asiento y ambos nos quedamos en silencio durante un instante.
—Ashley…
Levanto la vista y ahí está sin llamarme «señorita Hodds», sin tono académico, ni todo lo demás que ha utilizado hasta ahora para marcar distancia entre nosotros.
—No voy a seguir fingiendo que esto no ha pasado.
Al escucharlo, siento que algo cambia dentro de mí, aunque no sabría decir si es alivio o todo lo contrario.
—Yo tampoco.
Nos sostenemos la mirada.
—Pero tampoco puedo actuar como si no importara —añade.
—No importa.
—Sí, sí que importa. No por lo que significa ahora —continúa—, sino por lo que puede complicar.
Entiendo lo que dice y también lo que no dice.
—No soy una complicación —respondo.
—No —niega—. Pero esto sí puede serlo.
—Entonces, dime qué quieres hacer —digo, sin rodeos.
No le digo «qué debemos», ni «qué es lo correcto». Le pregunto qué quiere directamente y él al escucharme se queda quieto un instante.
—Quiero hacer las cosas bien.
No esperaba esa respuesta.
—Eso no significa nada —corro a responderle.
—Significa que no voy a acercarme a ti a medias.
La frase me deja sin réplica inmediata, no solo por lo que dice, sino por cómo lo dice, sin ningún tipo de ambigüedad.
—Y tampoco voy a fingir que no quiero hacerlo —añade.
Siento el impacto en el pecho, en la respiración y en esa parte de mí que llevaba días intentando mantener bajo control sin conseguirlo del todo.
—Llegas un poco tarde para eso.
—Puede —dice bajando la mirada.
—No quiero volver a lo de antes —digo.
—Yo tampoco.
—Ni a hacer como si no pasara nada.
—Tampoco.
Doy un paso alrededor de la mesa y me acerco más a él.
—Entonces, deja de tratarme como si fuera solo una alumna.
Martin me mira con una intensidad que no había dejado ver en clase en ningún momento.
—No lo hago.
—Sí lo haces.
—Porque tengo que hacerlo ahí dentro —me aclara inclinado la cabeza hacia el interior del aula.
—Y aquí fuera, ¿qué haces?
—Aquí fuera, no quiero hacerlo.
Siento cómo algo cambia dentro de mí por primera vez desde que empezó todo.
—Entonces, no lo hagas.
Martin da un paso y la distancia entre él y yo desaparece de verdad, aunque no nos tocamos.
—Esto no va a ser fácil —dice.
—Nunca lo es.
—No contigo.
—Ni contigo.
Y, aun así, ninguno retrocede. Su mano se mueve primero despacio, como si aún me estuviera dando la opción de apartarme, pero no lo hago. Sus dedos rozan los míos, pero esta vez no se detienen y los entrelaza con naturalidad.
—No quiero hacerlo mal —dice en voz baja.
—Entonces, no lo hagas.
Martin alza la mano libre y la apoya en mi cintura. Se me agita la respiración y a él también.
—Ashley…
Mi nombre en su boca ya no suena a advertencia.
Pero no lo dejo terminar, me acerco más a él y lo beso.
Es un beso firme, consciente, elegido, en el que no hay prisa, pero tampoco hay distancia, como si ambos supiéramos dónde estamos y decidiéramos no retroceder.
Su mano en mi cintura se tensa un poco y la mía se apoya en su pecho.
Durante unos segundos no existe nada más que ese punto en el que todo encaja sin necesidad de explicarse.
Cuando nos separamos, lo hacemos despacio.
—Esto cambia las cosas —susurra aún con su frente pegada a la mía.
—Sí —musito.
—Y aun así…
No termina la frase porque no hace falta.
—Sí —respondo y nos miramos.
Ahora ninguno de los dos dudamos sobre lo que está pasando, ni sobre lo queremos y eso, por una vez, no es suficiente para hacerme retroceder y a él tampoco.