El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 8
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Capítulo 8

N o debería haber vuelto a quedarme sola en el aula con él. Claire me ha escrito hace cinco minutos para decirme que se iba directa al trabajo y que mañana me cuenta qué le parece el nuevo caso, como si mi problema en este momento fuera el caso.

Podría irme, de hecho, es lo que debería hacer, porque no hay nada que me obligue a quedarme, nada académico, ni razonable, ni que pueda justificar después con una explicación adulta.

Y, aun así, sigo metiendo papeles en la carpeta como si necesitara ordenar primero algo dentro de mí antes de poder cruzar la puerta de la clase.

—Ashley.

No levanto la vista enseguida. Termino de guardar el bolígrafo, cierro la cremallera del bolso y solo entonces lo miro.

Está junto a la mesa, sin el abrigo, con las mangas de la camisa ligeramente remangadas y una expresión contenida que ya no me engaña, porque hace tiempo que he aprendido que en él la calma no siempre significa distancia.

A veces, significa exactamente lo contrario.

—¿Sí?

No me acerco y él tampoco lo hace.

—Necesitamos hablar del viernes.

La frase es tan correcta que casi me hace sonreír.

—Qué casualidad. Yo pensaba que necesitábamos hablar del caso.

Algo se mueve apenas en su boca, aunque tan poco que no llega a ser una sonrisa.

—También.

Debería conformarme con eso, con el margen que me está dando, con la posibilidad de dejar la conversación en un terreno seguro y fingir que sigue siendo suficiente. Sin embargo, llevo demasiados días andando alrededor de lo mismo como para volver a esconderme detrás de una carpeta.

—No —digo, cerrando el bolso del todo—. Del caso no, de esto.

Martin deja la tableta sobre la mesa y me sostiene la mirada.

—Ashley...

—No —lo interrumpo antes de que pueda llevarme otra vez a un sitio donde todo suene limpio y correcto—. O hablamos claro de una vez o dejamos de fingir que esto sigue siendo solo académico.

Sus ojos no se apartan de mí, aunque algo se endurece ligeramente en su expresión, no por enfado, sino por contención.

—No debería estar teniendo esta conversación con usted.

La frase me atraviesa con tanta fuerza que me obliga a apretar la correa del bolso entre los dedos.

—Pues no la tenga.

Él exhala despacio, como si durante un momento se obligara a elegir cada palabra antes de decirla.

—Sabe perfectamente que no es tan sencillo.

Suelto una risa breve, sin humor.

—No, profesor. Lo que sé es que unas veces actúa como si no pasara nada y otras me mira como si estuviera a punto de pasar demasiado y estoy cansada de seguirle el ritmo.

La última frase queda un poco más viva en el aire de lo que me gustaría, pero no la retiro, porque no quiero retirarla. Ya he cedido demasiado terreno a la prudencia y no me ha servido de nada. Martin baja la mirada un instante, se pasa una mano por la mandíbula y vuelve a mirarme.

—No estoy jugando con usted.

—Entonces, explíqueme qué está haciendo.

—Intentando poner límites.

—¿Y le está funcionando?

No me responde y ahí sé que he dado en el clavo. Doy un paso hacia la mesa antes de pensar si debería hacerlo o no.

—Porque desde fuera no lo parece —añado, con la voz más baja.

Él no se mueve.

—Ashley, no convierta esto en algo más difícil.

—Ya lo es.

—No solo para usted.

Su frase me deja quieta y lo miro. Él sigue sosteniéndome la mirada sin apartarse, y por primera vez desde que empezó todo tengo la certeza de que no soy la única que llega a este punto con la sensación de que se me está yendo de las manos.

—Entonces, dígalo —murmuro.

—¿Qué quiere que diga?

—La verdad.

Martin se queda inmóvil. No por falta de respuesta, sino por exceso de ella. Lo veo en la tensión de su mandíbula, en cómo baja la vista a mi boca antes de volver a mis ojos, como si detestara haber hecho ese recorrido y no pudiera impedirlo.

—La verdad —dice al fin, con un tono de voz más grave— es que esto tendría que haber terminado en la tutoría.

No esperaba esa respuesta y, precisamente por eso, noto que me impacta con más fuerza.

—Pero no terminó.

—No.

No sé quién se mueve primero. Tal vez sea yo cuando dejo el bolso sobre una silla sin apartar la vista de él.

Tal vez sea él, cuando rodea la esquina de la mesa con un paso corto, como si todavía confiara en que acercarse despacio hiciera menos real lo que está pasando.

Se detiene frente a mí, aunque ninguno de los dos nos tocamos.

Sin embargo, la distancia entre los dos ya no es la que era hace unos segundos, y eso basta para que mi respiración se agite y para que la suya se vuelva un poco más lenta.

—Martin... —digo, y su nombre en mi boca suena distinto a todo lo anterior.

—No debería haber dicho eso.

—No.

—Ni usted tendría que haberme obligado.

Casi sonrío, pero no llego a hacerlo.

—No me ha costado tanto.

Esa vez sí hay algo parecido a una sonrisa en su boca, como si acabara de rendirse solo en una parte muy concreta de sí mismo.

Entonces mira mi mano. Baja la vista y después la vuelve a levantar, pero ese gesto basta para que note todo el peso de mis propios dedos aferrados aún al borde de la silla.

Martin mueve la mano despacio, como si todavía me estuviera dejando espacio para apartarme, pero no lo hago.

Sus dedos rozan primero los míos, apenas un contacto, que me atraviesa con mucha más intensidad de la que debería. Después me toma la mano entera, con una firmeza contenida que no intenta poseer nada. Yo no respiro o dejo de hacerlo durante un segundo.

—Esto está mal —murmura.

—Lo sé.

Pero no retiro la mano y él tampoco. Y, aun así, lo que acaba de ocurrir no parece suficiente, porque ambos sabemos que esto ya no puede quedarse en un gesto aislado y sin consecuencias.

Martin alza su mano libre y me aparta un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozan mi sien, mi mejilla y se detienen un segundo justo debajo de mi oreja. Yo levanto la vista y él baja la suya.

—Dígame que pare —susurra.

No puedo, ni quiero y mi silencio es todo lo que él necesita para inclinarse y besarme.

No es un beso largo, apenas un roce de labios que dura solo un instante y, aun así, me deja el cuerpo entero en suspensión, como si acabara de cruzar un umbral que llevaba días viendo de lejos sin atreverme a nombrarlo.

Cuando se aparta, lo hace poco. Sigue cerca, con la frente casi rozando la mía y la mano aún en mi cara.

Ninguno habla, porque no hace falta. Hemos cruzado algo y esta vez ninguno puede fingir que no lo ha hecho.