El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 7
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Capítulo 7

A l día siguiente llego a clase con la sensación desagradable de haber dormido sin descansar, como si mi cuerpo hubiera pasado la noche entera dando vueltas alrededor de algo que mi cabeza todavía no quiere mirar de frente.

Me siento en mi sitio, saco el cuaderno y trato de refugiarme en la rutina, que normalmente me ayuda a mantener todo en orden, aunque hoy ni siquiera eso me funciona.

Martin entra en el aula, deja el abrigo sobre la silla, apoya la tableta en la mesa y empieza la clase sin mirar a nadie en particular.

—Hoy vamos a hablar de concesiones —dice mientras escribe la palabra en la pizarra—, de cuándo hacerlas, de cuándo solo aparentarlas y de lo que ocurre cuando una de las partes insiste en sostener algo que ya no se sostiene.

Anoto la frase en mi libreta sin pensar, aunque algo en ella me atraviesa de una forma que no me gusta. No porque esté hablando de mí, porque no lo está, sino porque hay días en los que una palabra es suficiente para tocar algo de tu interior que preferirías que no lo hiciera.

—Uno de los errores más comunes en cualquier negociación —continúa— es confundir insistencia con fortaleza. A veces no se sigue adelante porque uno crea de verdad en su posición, sino porque admitir que ya no funciona le costaría más que seguir fingiendo.

Mi bolígrafo se detiene un instante sobre el papel y Claire, que está sentada a mi lado, me da un leve roce con el codo.

—¿Estás bien? —murmura.

Asiento sin mirarla.

—Sí.

No creo que me crea, pero tampoco insiste, porque Martin acaba de lanzar una pregunta al grupo. Varias personas responden. Él corrige, matiza y desmonta argumentos con su habitual seguridad.

—A veces, el problema no es que la otra parte mienta —vuelve a hablar, apoyándose ligeramente en la mesa—, sino que uno ya había decidido creerla.

La frase se me clava en el pecho de una forma que, durante un segundo, el aula desaparece.

Parpadeo y la página sigue abierta delante de mí. La pizarra sigue al fondo y Nueva York, al otro lado de las ventanas. Sin embargo, yo tardo un poco más de la cuenta en volver.

—Ashley Hodds.

Levanto la cabeza y veo que esta vez sí me está mirando.

—¿Puede resumir la diferencia entre concesión táctica y rendición encubierta?

Sé la respuesta. La sabría cualquier otro día sin pensarlo siquiera, pero durante un instante lo único que noto es el peso del silencio cayendo sobre mí.

—La concesión táctica busca mantener margen —digo al fin, con la voz algo más baja de lo habitual—. La rendición encubierta consiste en aceptar una pérdida como si formara parte del plan para no admitir que ya se ha perdido el control.

En cuanto termino, entiendo que la última parte no ha sonado académica sino demasiado personal.

—Exacto —responde sin apartar la mirada de mí.

No añade nada más, ni corrige ni desarrolla la idea y, por alguna razón, esa ausencia de comentario me deja más expuesta que cualquier réplica.

La clase sigue adelante, pero yo ya no consigo concentrarme del todo.

Tomo apuntes por inercia, aunque la letra me sale peor de lo normal y hay frases enteras que apenas recuerdo haber escrito.

Cada vez que levanto la vista, tengo la impresión de que Martin ya no me mira igual, aunque tampoco sabría explicar exactamente qué ha cambiado.

Cuando por fin termina la sesión, recojo mis cosas con más rapidez de la habitual, cierro el portátil, guardo el bolígrafo y me pongo en pie con la única intención de salir de allí antes de que nadie me diga nada.

—Ashley.

Me quedo quieta al escuchar mi nombre. La mayoría de mis compañeros ya han salido del aula, Claire murmura algo sobre esperarme abajo y desaparece antes de que llegue a responderle. Cuando levanto la cabeza, Martin sigue junto a la mesa, observándome.

—Quédese un momento.

No discuto, dejo mi bolso sobre la silla y lo miro.

—¿Sí?

—No era una pregunta difícil.

Su frase, en otro tono, me habría irritado, pero la forma en que la dice cambia por completo el golpe. No hay ironía ni superioridad en lo que me ha dicho sino solo una observación precisa.

—Ya —respondo apretando los puños.

—Y, aun así, ha tardado en responder.

No contesto, porque cualquier respuesta que le diera me dejaría en una posición que no quiero ocupar delante de él.

Martin rodea la mesa, aunque sin acercarse demasiado, pero lo suficiente como para que la distancia entre los dos deje de ser del todo cómoda.

—Ashley.

La segunda vez que dice mi nombre suena menos académica y más directa.

—No hace falta que lo analice —murmuro antes de poder evitarlo.

Sus ojos siguen fijos en mí.

—No lo estoy haciendo.

Suelto una risa breve y sin humor.

—Claro —ironizo.

—Entonces, dígame qué ha pasado.

—No ha pasado nada.

—Eso no es verdad.

Levanto la mirada de golpe.

—¿Y ahora qué? ¿También va a decirme lo que sé y lo que no?

—No.

—Pues lo parece.

Nos quedamos en silencio y noto una mezcla insoportable de rabia, vergüenza y cansancio subiéndome por el pecho, y antes de que pueda medir del todo mis palabras, ya las estoy soltando.

—A mí lo que me molesta es que algunos hombres crean que pueden decidir cuándo una mujer está preparada para ver las cosas como ellos quieren.

La frase queda suspendida sobre nuestras cabezas. La verdad es que no pensaba decirla, pero ya lo he hecho y no hay vuelta atrás. Martin no responde enseguida y antes de hacerlo algo cambia lo justo en su expresión para que entienda que ha oído más de lo que he dicho.

Bajo la mirada un segundo, más enfadada conmigo misma que con él, y cierro la cremallera del bolso con un gesto seco.

—Olvídelo.

—No.

Levanto la cabeza otra vez y lo miro.

—No voy a olvidarlo, pero tampoco voy a pedirle que me lo explique.

No insiste, ni convierte mi frase en una puerta que tenga derecho a cruzar y precisamente por eso noto cómo algo dentro de mí cambia lo suficiente para volverlo más peligroso.

—Bien —digo y me cuelgo el bolso del hombro.

No sé muy bien qué significa esa palabra en este momento, pero es la única que encuentro. Él asiente y se aparta lo justo para dejarme pasar. Camino hacia la puerta, aunque antes de salir vuelve a llamarme.

—Ashley.

No me giro del todo.

—No vuelva a quedarse sola con una frase que le hace daño.

No le respondo y salgo del aula con el pulso y la respiración alterados. Cruzo el pasillo y sigo caminando con la certeza de que ya no soy solo una alumna para él.