Capítulo 6
D ebería haberlo visto venir desde el momento en que anunció que el siguiente caso no se resolvería de forma individual, sino en parejas, porque alguien como Martin Hummer no improvisa ese tipo de cosas y, desde luego, no las plantea sin tener muy claro qué pretende observar con ellas.
Aun así, cuando pronuncia mi nombre en clase y lo enlaza con el de Claire, siento el alivio de haber esquivado algo peor, y después, casi de inmediato, la incomodidad de descubrir que me he relajado demasiado pronto.
—No, perdón —interviene Claire, levantando la mano con una mueca de disculpa—. Yo tengo que cambiar el horario de tutoría de los jueves, porque me coincide con el trabajo. Se lo dije ayer por correo electrónico.
Martin consulta algo en la tableta que tiene sobre la mesa, asiente una sola vez y vuelve a mirar al grupo.
—Cierto. Entonces, Hodds trabajará conmigo.
Al escuchar lo que acaba de decir, siento cómo el estómago se me encoge antes de que pueda evitarlo. No dice nada más ni lo justifica y continúa la explicación como si no hubiera ocurrido nada.
—El objetivo del ejercicio —sigue hablando, ajeno o fingiendo serlo— es construir una estrategia de negociación a partir de una posición débil y hacerla parecer sostenible. Quiero estructura y capacidad de corrección sobre la marcha. El viernes expondrán sus conclusiones.
Abro el cuaderno, escribo el título del caso y noto que la tinta tarda una fracción de segundo más de lo normal en asentarse sobre el papel, como si incluso mi mano necesitara procesar el cambio antes de ponerse a funcionar.
«No pasa nada», me digo para mí en un intento de relajarme. «Es solo un trabajo». Sin embargo, llevo toda la clase con la sensación incómoda de que él ha hecho lo justo para obligarme a entrar otra vez en un espacio del que llevaba días intentando salir.
Al terminar, la mayoría de mis compañeros recoge con prisa, mientras yo cierro el cuaderno con cuidado, meto el bolígrafo en el bolso y me pongo en pie con la intención bastante clara de salir del aula antes de que me dé tiempo a pensar demasiado en lo que ha sucedido.
—Hodds —escucho que me llama y alzo la mirada hasta él.
—Mañana, después de clase nos encontraremos en la biblioteca. Quiero que me des una propuesta inicial antes de empezar a desmontarla.
Lo miro durante un momento, que quizá debería haber sido más corto.
—Qué motivador.
La comisura de su boca se mueve un poco, tan poco que podría haberlo imaginado.
—Procure sobrevivir al entusiasmo.
No le respondo y me limito a coger mi bolso del respaldo de la silla y salgo del aula.
Al día siguiente, la biblioteca está demasiado llena para ofrecer refugio y demasiado silenciosa para servir de distracción, así que me instalo en una de las mesas del fondo con el portátil abierto, el caso impreso a un lado.
Hummer llega puntual, se sienta frente a mí, deja la carpeta sobre la mesa y se quita el abrigo sin prisa.
—Supongo que ha leído el caso.
—Supone bien.
—Es un comienzo.
Abro el portátil y giro ligeramente la pantalla hacia él.
—He planteado tres líneas posibles. La primera consiste en asumir la debilidad inicial y desplazar el foco hacia el coste reputacional del otro lado si decide romper.
Se inclina un poco para leer lo que hay escrito en la pantalla. Aun así, en esa mesa estrecha su movimiento es suficiente para hacerme consciente de la distancia de nuestros cuerpos y de su perfume.
—Es una posibilidad —dice cuando acaba de leer—, pero sigue negociando desde la amenaza.
—No exactamente, lo hace desde el contexto.
—Es una amenaza camuflada.
—O una verdad incómoda.
Levanta la vista del texto y la fija en mí.
—Le gustan demasiado las verdades incómodas.
No sé si lo dice por el caso o por mí, y quizá lo peor es que él tampoco parece tener ninguna prisa por aclararlo.
—Suelen ser más útiles que las cómodas.
Pasa una página del documento que tengo sobre la mesa, señala un párrafo con el índice y vuelve al portátil.
—Aquí se equivoca.
—Qué sorpresa.
—Asume que la otra parte valora su imagen pública por encima del resultado económico, pero eso no siempre ocurre.
—No siempre, pero aquí sí.
—¿Porque lo dice usted?
—Porque lo sugiere el caso.
Se recuesta ligeramente en la silla, observándome en silencio.
—No le gusta que la corrijan —me suelta sin ironía, lo que me irrita más.
—A nadie le gusta.
—No. Pero usted lo convierte en un deporte.
Cierro el portátil con más suavidad de la que me gustaría en este momento.
—Y usted disfruta provocándolo.
—Si la provoco, no es a propósito.
Suelto una risa breve y seca.
—Claro.
Algo cambia en la manera en la que la conversación deja de centrarse en el caso y empieza a caminar por otro sitio menos seguro.
—Lleva días enfadada —dice.
—No estoy enfadada —le respondo fijando los ojos en él.
—Está irritada.
—Qué capacidad de observación.
—No demasiada, porque en su caso no hace falta mucho esfuerzo.
Sé que debería dejarlo pasar, limitarme a abrir de nuevo el portátil y volver al trabajo, pero no lo hago.
—Entonces, ilumíneme —digo, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. ¿Qué ha observado exactamente?
—Que desde la tutoría responde como si todo fuera una defensa preventiva —me responde con la mirada fija en mí y eso me tensa.
—Y usted, desde la tutoría, actúa como si no hubiera pasado nada.
Ambos nos quedamos un instante en silencio hasta que él se atreve a hablar primero.
—No pasó nada.
La frialdad de su frase se me clava en un sitio que detesto reconocer incluso para mí.
—Entonces, perfecto —respondo—. Ya estamos de acuerdo.
Voy a abrir el portátil otra vez, pero él apoya la mano sobre la tapa antes de que pueda hacerlo.
—Ashley.
La forma en que dice mi nombre, en lugar de llamarme «señorita Hodds», hace que me quede quieta, aunque no quiera.
—No convierta esto en algo que no es.
Levanto la mirada despacio.
—No lo estoy haciendo yo.
Mi frase queda suspendida sobre nuestras cabezas con una claridad tan incómoda que desearía no haberla dicho. No porque no sea cierta, sino porque lo es demasiado.
—Estamos aquí por un trabajo —dice apartando la mano de mi portátil y con la mandíbula tensa.
—Entonces, hablemos del trabajo.
—Eso intento.
—No —replico, incapaz ya de fingir calma—. Usted intenta decidir en qué momento esto es solo académico y en cuál no. Y lo hace como si yo tuviera que seguirle el ritmo sin más.
Sus ojos se quedan fijos en mí.
—No sabe de qué está hablando.
La respuesta me llega como algo que ya he oído antes en otra voz, en otro contexto, con otro hombre sentado demasiado cerca diciéndome qué estaba entendiendo mal y qué parte de la historia tenía que aceptar para que todo siguiera en pie.
Me obligo a respirar antes de contestar.
—No, profesor. Lo que pasa es que eso ya me lo sé —no añado nada más, porque no hace falta, porque me entiende, aunque no conozca el contexto completo.
—Ashley… —empieza.
Pero yo ya estoy guardando el portátil.
—Terminemos el trabajo mañana —digo, levantándome—. Cuando vuelva a ser solo eso.
No espero a que me responda. Cojo la carpeta y salgo de la sala con una dignidad tensa que apenas me sirve para sostenerme hasta el pasillo. Solo cuando me alejo lo suficientes, me permito soltar el aire.