El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 5
76%

Capítulo 5

N o cambia de un día para otro, o al menos no de una forma evidente, no con un gesto concreto que pueda señalar y decir ahí ha pasado algo , sino de una manera mucho más sutil.

Lo noto en la siguiente clase, por cómo entra y evita mirarme.

No es que antes lo hiciera de manera evidente, tampoco es eso, pero había momentos, en los que su atención se detenía lo justo en mí como para que fuera consciente de ello.

Ahora su mirada pasa por encima de mí como si yo fuera una más y no hubiera ocurrido nada en la tutoría.

Supongo que es lo que querría, pero no lo es.

Me siento en el mismo sitio, aunque durante un momento me planteo cambiarme como para romper cualquier línea directa entre los dos, pero no lo hago, porque hacerlo sería admitir que algo ha cambiado, y no estoy dispuesta a concederle eso.

Así que saco mi cuaderno, lo abro y escribo la fecha con una calma que no siento del todo.

—Continuamos con el caso de la semana pasada —dice con su tono habitual y tan preciso como siempre.

Explica, pregunta, corrige. Todo igual, aunque, pese a eso, algo falla, pero no en él sino en mí, en cómo estoy yo en la clase. Levanto la vista un par de veces y él no me mira, ni siquiera cuando intervengo.

—Ashley Hodds.

El sonido de mi nombre en sus labios no me sorprende, ni su forma de decirlo. Lo que me desconcierta es que, cuando alzo la cabeza, su mirada ya no está en mí sino en el grupo.

—¿Su planteamiento?

Habla como si mi respuesta fuera una más entre muchas, no como antes. Yo le contesto de forma correcta, precisa y sin añadir nada que no sea necesario. No le doy margen.

—Bien —asiente sin hacer ninguna observación.

Sigo tomando apuntes, aunque ya no anoto nada relevante sino solo palabras sueltas que no tienen demasiado sentido cuando las leo después.

Martin también cambia fuera de clase o, mejor dicho, deja de existir.

A pesar de que coincidimos un par de veces en el pasillo, una al salir de clase y otra al ir hacia la biblioteca.

En ambas ocasiones me ve, pero se limita a hacer un gesto leve con la cabeza.

Nada más y sigue caminando. No debería importarme, porque eso es lo que tendría que haber pasado desde el principio.

Es lo lógico y lo correcto, sin embargo, hay algo en la forma de querer eliminar todo resto de lo que ocurrió en el despacho que no termina de cuadrar.

—Estás rara.

Levanto la vista del portátil y encuentro a Claire observándome desde el otro lado de la mesa de la biblioteca, con el bolígrafo apoyado contra los labios y una expresión que no es inquisitiva, pero sí lo bastante atenta como para que no pueda fingir que no ha dicho nada.

—No estoy rara.

—Lo estás.

—Estoy cansada.

Claire no parece satisfecha con mi respuesta.

—Llevas diez minutos leyendo la misma página.

Bajo la mirada a la pantalla y tiene razón, pero no digo nada.

—¿Es por el profesor Hummer?

—No.

—Sí, sí que lo es —insiste.

—No, que te digo que no.

Claire apoya el codo sobre la mesa.

—Te he visto en clase.

—Eso no significa nada.

—Significa que antes hablabais y ahora no.

—Hablábamos en clase —le respondo cerrando el portátil.

—Y fuera también.

—No —contesto mirándola a los ojos.

Claire alza una ceja.

—Vale.

Ese «vale» no significa que me crea, sino que ha decidido no insistir, lo cual, en este caso, agradezco.

—No pasa nada —añado, con un tono que suena más convincente de lo que esperaba—. Es un profesor. Ya está.

—Si tú lo dices… —me responde sosteniéndome la mirada.

«No pasa nada». Me repito mientras recojo mis cosas y salgo de la biblioteca.

Es lo normal y lo que debería haber sido desde el principio, sigo repitiéndome mientras salgo a la calle y una bocanada de aire frío me arremolina el pelo.

Me ajusto el cuello del abrigo y empiezo a caminar hasta que me detengo frente a un escaparate, porque necesito un instante de pausa, pero de nuevo, sin querer, pienso en ello e imagino otra versión de esto, otra conversación, en otra forma de mirar…

Aprieto los labios y sigo caminando, pero ahora más rápido, como si de esa manera pudiera dejarlo atrás, pero tampoco lo logro.

Al día siguiente vuelvo a clase con una idea clara, aunque cuando me siento en mi sitio y todo empieza, siento que lo que tengo en la cabeza es mucho más difícil de llevar a cabo de lo que creía: no intervenir más de lo necesario, ni ver nada más allá en la forma de comportarse de Hummer y limitarme a responder a lo que sea estrictamente académico.

Él explica, plantea preguntas, corrige respuestas y mantiene todo con una precisión que no deja margen para lo innecesario, y yo hago lo mismo respondiendo cuando toca, sin levantar la vista más de lo imprescindible y sin buscar su mirada en ningún momento, aunque lo cierto es que tampoco la encuentro.

Sin embargo, es precisamente en mitad de una clase que no tiene nada de diferente en apariencia, cuando lo entiendo: no es casualidad, ni un cambio sin más, sino una decisión suya perfectamente ejecutada.

Cierro el cuaderno al final de la sesión, recojo mis cosas y me levanto sin detenerme y salgo de la clase. Esta vez no hay duda, Hummer ha marcado el límite y está claro. Pese a eso, soy yo la que ha decidido que no va a acercarse a él, ni ahora ni después.