Capítulo 4
N o debería haberle escrito. Lo sé en cuanto envío el correo, en ese segundo exacto en el que el mensaje desaparece de la pantalla y pasa a formar parte de algo que ya no puedo controlar, como si el simple hecho de haber pedido una tutoría fuera, en realidad, una forma bastante evidente de acercarme a un lugar que llevo días intentando evitar.
No es una excusa académica o no del todo, porque el trabajo que tenemos que entregar es lo suficientemente complejo como para justificar una revisión, pero no tanto como para que sea imprescindible.
Podría haberlo resuelto sola, lo sé y él también lo sabe, pero, aun así, le escribo y él responde de forma breve, directa y sin una sola palabra de más.
No añade nada más porque no hace falta.
Al día siguiente, llego con cinco minutos de antelación que se convierten en tres, porque me detengo frente a la puerta más tiempo del razonable, con la carpeta sujeta contra el pecho y la sensación de estar a punto de entrar en algo que no tiene que ver únicamente con un trabajo académico.
Me repito que no pasa nada, que solo es una tutoría y llamo con los nudillos.
—Adelante.
Abro la puerta y entro. El despacho es más pequeño de lo que esperaba, pero encaja con él: ordenado, sin elementos innecesarios, con una mesa amplia, una estantería llena de libros y un ventanal que deja entrar la luz fría de la tarde neoyorquina.
Está de pie junto a la mesa, revisando algo en el portátil y levanta la vista cuando entro.
—Señorita Hodds.
Asiento, cerrando la puerta a mi espalda.
—Profesor.
No sonríe y yo tampoco.
—Siéntese —dice tras un instante de silencio, señalando la silla frente a la mesa.
Avanzo, dejo la carpeta sobre la superficie y me siento, intentando no pensar en lo reducido del espacio y en lo fácil que sería que cualquier movimiento resultara demasiado cercano.
Él se sienta al otro lado, aunque no del todo frente a mí, sino ligeramente ladeado, como si prefiriera mantener una posición que le permita observar sin exponerse del todo.
—Ha solicitado tutoría —dice—. Supongo que hay algo concreto que quiere revisar.
Abro mi carpeta, saco el documento y lo pongo entre los dos.
—El planteamiento inicial del caso. No estoy segura de que el enfoque sea el adecuado.
—Explíquese —me pide bajando la mirada al papel.
Empiezo a hablar, señalando algunos puntos del texto, desarrollando una idea que, en condiciones normales, podría defender sin esfuerzo, pero que ahora se me escapa ligeramente entre las manos, no porque no la tenga clara, sino porque soy demasiado consciente de su presencia al otro lado de la mesa, de la forma en que escucha sin interrumpir y de cómo su atención está centrada en mí más en este espacio que en el aula.
—Aquí —digo, marcando una línea con el dedo—. Estoy asumiendo que la otra parte va a reaccionar de forma previsible, pero no termino de verlo del todo claro.
Él no me responde de inmediato. Se inclina hacia delante. Apoya una mano en la mesa, cerca del documento, y la otra la utiliza para acercar ligeramente el papel hacia él.
—El problema no está en la previsibilidad, sino en que usted ya ha decidido qué quiere que ocurra —explica con un tono de voz más bajo, mientras sigo la línea que marca con el dedo con la mirada.
—¿Y eso es un error? —pregunto.
—Depende.
—¿De qué? —. Alzo la mirada.
—De si está dispuesta a cambiarlo cuando deje de encajar.
Nos quedamos en silencio y él sigue inclinado, lo bastante cerca como para que la distancia entre los dos pase a ser algo que noto de forma muy concreta, en cómo mi respiración cambia ligeramente sin que yo tenga intención de hacerlo.
—Podría reformularlo —digo, bajando la mirada al documento.
—Podría, pero no es solo eso —continúa—. Está intentando controlar el resultado en lugar del proceso.
Su mano se desplaza unos centímetros más sobre el papel, y en ese gesto casi insignificante, la distancia entre nosotros se reduce un poco más, pero no me aparto.
—No siempre se puede controlar el proceso —digo.
—No —admite—. Pero sí cómo se responde a lo que ocurre.
Levanto la vista otra vez y lo encuentro más cerca de lo que esperaba.
Lo bastante como para que pueda distinguir el cambio mínimo en su expresión cuando nuestras miradas se cruzan de nuevo en este espacio reducido, sin el filtro del aula y sin la distancia que allí parecía mantenerlo todo en su sitio.
Ninguno de los dos dice nada y, pese a eso, algo sucede. No es evidente ni explícito, pero se nota en cómo ninguno de los dos se mueve de inmediato.
Respiro.
Él también lo ha notado, porque algo en su mirada ha cambiado. Es él quien se aparta primero con un movimiento pequeño, pero suficiente para impedir que la situación se hubiera convertido en algo distinto. Se incorpora ligeramente y recupera la posición inicial.
—Reescriba este apartado —dice, volviendo al documento como si nada hubiera pasado—. El planteamiento es correcto, pero está demasiado condicionado.
—De acuerdo —asiento tomando el bolígrafo entre los dedos.
—Y elimine esta parte —añade, señalando otro punto—. No aporta nada.
Anoto sin discutir y sin mirarle.
—¿Algo más? —pregunto al cabo de unos segundos.
—De momento, no.
—Gracias —digo, cierro la carpeta con cuidado y me pongo de pie.
—Para eso estoy —me responde apretando los labios.
Doy un paso hacia la puerta mientras todo recupera esa forma que debería haber tenido desde el principio y apoyo la mano en el pomo.
—Ashley.
Me detengo, aunque no me giro de inmediato.
—Sí.
—No intente resolverlo todo antes de empezar.
Cierro los ojos un instante y asiento.
—Lo tendré en cuenta.
Salgo del despacho sin mirar atrás con la certeza de que ha sido él quien ha puesto el límite y no estoy segura de que lo haya hecho solo por mí.