Capítulo 3
N o debería haber salido tan rápido del aula, ni con esa sensación de estar escapando de algo que no sabría explicar si alguien me lo preguntara, como si en lugar de terminar una clase hubiera dejado a medias una conversación que no debería haber empezado.
Bajo las escaleras e intento diluirme en el movimiento constante que tiene Nueva York incluso dentro de los edificios, pero sin conseguirlo del todo, porque sigo demasiado consciente de lo que acaba de pasar, de cómo ha sido, de lo fácil que ha resultado perder el control.
Doblo la esquina del pasillo y me detengo frente a una de las máquinas de café, más por inercia que por necesidad, pero aun así saco una moneda y la introduzco, como si ese gesto pudiera ordenar algo dentro de mí.
El vaso cae con un golpe seco, pulso el botón y espero mientras intento no pensar, aunque no lo consigo.
—No parece necesitar más café.
Su voz me llega antes de que lo vea, y ese pequeño desfase, ese instante en el que sé quién es antes de girarme, basta para que algo en mi cuerpo se tense.
Levanto la cabeza y lo encuentro apoyado en la pared y a unos metros de mí como si no llevara ahí el tiempo suficiente para que su presencia deje de ser casual.
—Puede que no —respondo, recogiendo el vaso—, pero tampoco parece una mala idea.
Se separa ligeramente de la pared y da un paso hacia delante, sin acercarse más de lo necesario, pero lo suficiente como para que la distancia deje de ser completamente neutra.
—O puede que sea una excusa.
Alzo una ceja, sosteniéndole la mirada un segundo más de lo que sería recomendable.
—¿Para qué?
—Para no ir directamente a donde iba.
La respuesta no tiene énfasis, ni intención evidente de provocarme, pero el efecto es exactamente ese, porque no es una suposición al azar, sino una conclusión, y no me gusta lo fácil que le resulta llegar a ellas cuando se trata de mí.
Bajo la mirada al café, porque necesito un segundo para decidir cómo quiero decirlo.
—¿Y usted siempre analiza a la gente en los pasillos o solo cuando se cruza conmigo?
—No siempre —dice tras un momento—. Solo cuando merece la pena. Bebo un sorbo de café para disimularlo, aunque ya no lo necesito.
—Entonces espero estar a la altura de su análisis.
—No parece preocuparle demasiado.
—Depende del día.
—¿Y hoy?
—Hoy tengo cosas más importantes en las que pensar —digo, levantando la mirada para sostener la suya.
Asiente despacio, aunque algo en su expresión sugiere que no termina de aceptar la respuesta tal cual.
—Eso es bueno.
—¿El qué?
—Que tenga prioridades.
Me apoyo ligeramente contra la máquina, sujetando el vaso entre las manos como si necesitara ese punto de apoyo para no quedarme demasiado quieta.
—No estoy segura de que eso le incumba.
—No —admite—. No me incumbe.
Nos quedamos un instante en silencio.
—No suele quedarse en los pasillos —dice de pronto.
Parpadeo, desconcertada.
—¿Perdón?
—Sale de clase y se va.
—¿Eso también forma parte de su análisis?
—Forma parte de prestar atención.
Aprieto ligeramente el vaso entre los dedos.
—No sabía que eso entrara dentro del programa de la asignatura.
—No entra.
—Entonces quizá debería limitarse a lo que sí entra —le digo con más firmeza de la que esperaba, aunque él no parece ofenderse, ni siquiera sorprenderse
—Podría hacerlo —dice—, pero entonces me perdería parte de la información.
Suelto una pequeña exhalación que se queda a medio camino de una risa.
—¿Y eso sería un problema?
—Depende de lo que esté buscando.
—Supongo que en este caso no tiene nada que buscar.
—Supone muchas cosas.
—Es lo más práctico.
—No siempre lo práctico es lo correcto.
—¿Y lo correcto qué sería? —le pregunto mirándole directamente.
—Eso depende de lo que esté dispuesta a cuestionar.
Desvío la mirada hacia el pasillo, donde un par de estudiantes pasan hablando en voz baja, y por un segundo agradezco ese ruido que rompe algo que empezaba a ponerse más tenso de lo conveniente.
—No creo que esto tenga que ver con una clase —digo al fin.
—No lo tiene —me responde de inmediato.
—Entonces, no entiendo por qué estamos teniendo esta conversación —le respondo y vuelvo a mirarle.
Y ahí, por primera vez desde que empezó a hablar conmigo fuera del aula, algo cambia, no tanto en lo que dice, sino en cómo lo dice.
—Porque usted tampoco se ha ido.
No tengo una respuesta inmediata que no suene defensiva o que no confirme algo que no quiero confirmar. Aprieto la carpeta contra el cuerpo.
—Tenía que coger café —suelto al fin.
—Claro.
—Debería irme —digo, más para romper este momento que por verdadera necesidad.
—Probablemente.
Asiento una vez y doy un paso hacia un lado, aunque él no se aparta. Paso a su lado sin rozarlo, aunque soy plenamente consciente de la distancia que nos separa, de cómo mi cuerpo reacciona a algo que no tiene sentido en este contexto.
Sigo caminando sin girarme porque no debo hacerlo, pero lo hago solo un instante y veo que él continúa apoyado contra la pared, observándome con calma. Aparto la mirada y doblo la esquina con la certeza de que esto no va a quedarse en el aula.