El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 2
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Capítulo 2

N o debería estar pensando en él, ni con esta insistencia absurda que convierte una conversación breve en algo que se repite una y otra vez en mi cabeza como si escondiera algo que no termino de descifrar, como si en lugar de haber salido de un aula universitaria hubiera salido de una escena que no entiendo del todo.

Bajo las escaleras del edificio mezclándome con el resto de los estudiantes, sintiendo el aire frío de Nueva York golpearme la cara, algo que, en otro momento, me habría resultado incluso agradable, pero que ahora solo consigue volver más nítido algo que preferiría difuminar.

—Tenía una segunda réplica.

No es la frase en sí lo que me molesta, ni siquiera el hecho de que sea cierta, porque lo es y lo sé, sino la forma en que la ha dicho, como si no fuera una observación, sino algo que tuviera la certeza de que es verdad.

Cruzo la calle cuando el semáforo cambia, esquivando a dos chicos que bajan hablando demasiado alto y rápido, y aprieto la carpeta contra el cuerpo en un gesto automático que no tiene nada que ver con el frío.

Me molesta que tenga razón, no haber dicho lo que pensaba y, sobre todo, que él se haya dado cuenta.

La cafetería de la esquina está llena, así que continúo caminando un poco más hasta encontrar un local más pequeño, con menos gente y menos ruido.

Pido un café y me siento junto a la ventana, dejando el bolso en la silla de al lado y sacando el cuaderno como si tuviera intención real de hacer algo productivo con él, pero no lo hago.

Me limito a abrirlo, paso una página en blanco y me quedo mirándola con la sensación de que estoy entre lo que se supone que estoy haciendo aquí y todo lo que he dejado atrás para poder hacerlo.

Hace un año, a esta misma hora, mi vida era muy distinta.

No necesariamente mejor, ni más feliz, pero sí más definida, estable y parecida a algo que podía explicar sin tener que pensarme demasiado las palabras.

Sin embargo, ahora todo lo que tengo es un aula nueva, un cuaderno vacío y la necesidad constante de demostrarme que no he llegado tarde a nada.

Cierro el cuaderno de golpe con la convicción de que hoy no voy a pensar en eso y menos por un profesor que ni siquiera forma parte de mi vida. Bebo un sorbo de café y dejo el vaso sobre la mesa.

—Ashley.

Levanto la vista, sorprendida de que alguien pronuncie mi nombre en un sitio donde todavía no conozco a nadie y me encuentro con la chica rubia de clase, que está apoyada frente a la mesa, con el portátil apoyado contra la cadera y una sonrisa que parece demasiado natural para la hora que es.

—¿Te importa si me siento? Está imposible encontrar sitio en este local.

—Claro.

Se sienta sin dudar, acomodándose con una facilidad que envidio un poco.

—Soy Claire.

—Ashley.

—Lo sé —responde, y hay algo en su tono que no es incómodo, pero sí ligeramente curioso—. Te he visto en clase.

Perfecto.

—¿También estás en el módulo de Hummer?

Asiento, llevándome el café a los labios para ganar un segundo.

—Sí.

Claire deja escapar una risa breve.

—Dicen que es el más exigente del programa.

—Se nota.

—Y que no aprueba a nadie sin hacerle sudar primero.

—Eso también se nota.

Me observa un instante, evaluando algo que no sé exactamente qué es.

—A ti no ha parecido afectarte mucho.

Bajo la mirada al vaso.

—El curso acaba de empezar.

—Le plantaste cara.

—Respondí a una pregunta —le respondo encogiéndome de brazos.

—Le rebatías.

—Porque no estaba de acuerdo.

Claire sonríe como si eso fuera más interesante de lo que debería.

—No es lo habitual.

—Tampoco me preocupa serlo.

La respuesta me sale en un tono más firme de lo que pretendía, pero no la retiro y ella asiente sin insistir.

—Bueno, mejor —dice—. Así no soy la única que va a sufrir este semestre.

No tiene pinta de sufrir demasiado, pero no lo digo.

Llego a la siguiente clase con tiempo, lo cual ya es una señal bastante clara de que algo no está funcionando como debería, porque yo no suelo adelantarme a nada que no sea imprescindible.

Me siento en el mismo sitio que ayer, aunque sé que no debería hacerlo, porque cambiar de sitio sería lo más lógico si quisiera pasar desapercibida de verdad, pero no lo hago.

Saco el cuaderno, lo abro con cuidado y escribo la fecha en la parte superior de la página, concentrándome en ese gesto mínimo como si pudiera anclarme a algo estable. Hoy no voy a intervenir.

—Buenos días. —Levanto la vista antes de poder detenerme y lo veo sin abrigo, con una camisa gris y con las mangas ligeramente remangadas—.

Ayer hablamos de poder —dice mientras escribe en la pizarra con una caligrafía limpia—.

Hoy vamos a ver cuánto dura cuando alguien decide no aceptar sus condiciones.

Subrayo la frase sin darme cuenta y respiro hondo en un intento de concentrarme.

La dinámica de la clase anterior se repite durante los primeros minutos: preguntas lanzadas al grupo, silencios y respuestas que no acaban de ser del todo correctas.

—Ashley Hodds. —El sonido de mi nombre escapándose de su garganta hace que alce la cabeza al instante.

—Sí.

—Retomemos lo de ayer —dice—. Si ninguna de las partes puede retirarse sin perder, ¿dónde está la ventaja?

Podría simplificar mi respuesta y responderle sin arriesgarme, pero… como siempre, no lo hago

—En la información —digo—. En quién entiende mejor qué necesita el otro.

—Eso es evidente.

—Entonces, en quién es capaz de hacer creer que no lo necesita —añado, manteniendo la voz estable y apretando el bolígrafo entre mis dedos.

—¿Hacer creer? —pregunta dando un paso hacia adelante para acercarse más hasta donde estoy yo.

—Sí. Si ambos pierden algo, la ventaja está en generar duda sobre el coste real de ese acuerdo.

Fija la mirada en mí un segundo más de lo razonable.

—Interesante —dice finalmente y se gira hacia la pizarra y continúa como si nada.

El resto de la clase transcurre sin que vuelva a dirigirse a mí, aunque eso no significa que desaparezca de mi campo de atención, sino más bien lo contrario, porque ahora soy demasiado consciente de cuándo está cerca, de cuándo no, de cuándo evita mirarme y de cuándo no lo logra.

Cuando termina, recojo mis cosas con rapidez, evitando quedarme más tiempo del estrictamente necesario en la misma aula que él.

—Señorita Hodds.

Me detengo antes de girarme.

—Sí.

Está a unos metros, apoyado ligeramente en la mesa, observándome con la misma calma con la que observa todo.

—Si va a intervenir, hágalo completo.

Frunzo el ceño.

—No le entiendo.

—Ayer se guardó una parte… Hoy también.

—No sabía que se dedicaba a medir la extensión de mis respuestas.

—No lo hago.

—Entonces, no veo el problema.

Su mirada no cambia.

—Decide hasta dónde llegar antes de empezar.

Ahí está, me lo suelta directo y sin rodeos.

—Es una forma de no mantenerlo todo bajo control —respondo, sosteniéndole la mirada.

—Pues déjeme decirle que aquí eso no le va a servir.

—Lo tendré en cuenta —respondo recogiendo mi bolso.

—Ashley —me llama y me detengo en seco—. No está aquí para pasar desapercibida.

—Eso está por ver —le respondo mirándole a los ojos.

Salgo del aula sin decir nada más, pero con una sensación de incomodidad clara.

Hasta ahora tenía claro cómo iban a ser las cosas: venir a clase, hacer mi trabajo, no llamar la atención y marcharme.

Sin embargo, en algún momento, eso ha dejado de estar tan claro.

No obstante, lo peor no es haber perdido el control, sino no estar segura de querer recuperarlo.