El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 8
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Capítulo 8

…podrá no haber poetas; pero siempre

habrá poesía.

V iernes por la tarde, hemos cambiado de ubicación.

Me ha extrañado este giro, pero Eduardo me emplaza en un parque bastante grande que hay en el centro de la ciudad.

Llevo mis pasos hacia allí y reconozco que es un alivio caminar bajo las copas de los árboles, el calor azota fuerte todavía en estos días de septiembre.

No encuentro la ubicación exacta que me ha mandado, me dejo llevar por las vocecitas de algunos niños y voy hasta esa parte donde hay toboganes, tirolinas y demás juegos infantiles.

Muchos niños correteando y gritando, algunas mamás charlando mientras vigilan a bebés en sus carritos y allí, un poco alejado veo a Eduardo.

Está sentado en un banco, a la sombra, con un libro entre las manos.

Lee y levanta la vista de vez en cuando. Me acerco hasta él y saludo.

—Hola. —Él levanta despacio la mirada haciendo un escáner de mi cuerpo hasta que se para en mi cara.

—Hola, Manuela, ¿cómo estás? —pregunta levantándose y acercándose a darme dos besos.

—Bien, algo extrañada por el lugar —afirmo.

—Hoy me toca guardia con las niñas —añade riendo.

—¿Están tus hijas aquí? —pregunto incrédula.

—Claro, es un parque les gustan estos sitios —responde como si tal cosa.

—Ya, ya si eso lo entiendo. Pero tal vez, no debería estar aquí —añado algo acobardada.

—Carlota y Marina saben que existes, les he hablado de ti —me confirma y solo se me ocurre sentarme en el banco. No me lo esperaba.

—¿En serio? —inquiero. Mi corazón bombea y no se me ocurre otra cosa que coger el libro de rimas de Bécquer que está a mi lado y abanicarme con él.

—Por supuesto, Manuela, eres importante para mí y quiero que ellas estén al tanto de todo. Si no lo fueras, nunca se lo hubiera contado —sentencia y esto me da vértigo.

—Oh, no sé qué decir, la verdad —admito.

—Manuela, voy en serio y con todo. No tengo ni tiempo ni ganas de juegos, si no estás en el mismo punto, te agradecería que me lo dijeras —responde serio.

—Perdona, Eduardo, me ha pillado a contrapié, el lugar, el saber que están tus hijas aquí… no sé, claro que voy en serio. Yo tampoco quiero medias tintas ni juegos, no somos unos niños —contesto también seria.

—En eso estamos de acuerdo —añade —Y ahora si no te importa quiero que las conozcas —dice levantándose. Yo permanezco en la misma postura abanicándome con más fuerza aun a riesgo de deshojar todo el libro.

De forma cariñosa hace llamar a dos niñas que suben y baja por los toboganes, una tendrá unos siete años y la otra cinco.

Vienen dadas de la mano, una a cada lado de su padre.

Se acercan sonrientes y confirmo lo que ya vi en las fotos, tienen los mismos ojos que Eduardo, incluso más brillantes diría yo.

—Hola —saludo agachándome para ponerme a su altura.

—Hola, Manuela —contestan las dos prácticamente al unísono.

—Qué guapas sois —respondo contenta.

—Tú también, papá nos lo contó —responde la mayor.

—Ah, ¿sí? —inquiero curiosa.

—Sí, nos ha dicho que fuisteis novios cuando estabais en la universidad y que ahora lo volvéis a ser —confirma la pequeña y no puedo evitar reír y mirar de forma intermitente a las niñas y a Eduardo que no ha hecho otra cosa que encogerse de hombros, como si lo que ha dicho fuera lo más lógico del mundo.

Se ve que sigue siendo igual, no habla mucho pero cuando lo hace, lo tiene claro.

—Más o menos, podría decirse que sí —claudico ante la naturalidad de las niñas.

El resto de la tarde la pasamos en el parque, ellas jugando y yo sentada al lado de Eduardo que me recita versos de Bécquer como lo hacíamos cuando nos íbamos a los jardines que había al lado de la biblioteca municipal a estudiar.

Parece que se cierra un círculo que comenzó en la juventud y que ahora en nuestra madurez recuperamos para proseguir con aquella historia que nunca debió de ser truncada.