El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 6
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Capítulo 6

¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día

me admiró tu cariño mucho más,

porque lo que hay en mí que vale algo,

eso… ¡ni lo pudiste sospechar!

S on las dos de la madrugada cuando recibo este mensaje y no suelo despertarme, sin embargo me quedé dormida viendo la tele y me sorprendió el sonido de la notificación del móvil.

«Me ha encantado tomar una cerveza contigo».

«A mí también, me ha dado la sensación de que no había pasado el tiempo».

«Exacto. Podemos repetir cuando quieras ¿te apetece?».

«Claro, cuando tú puedas —respondo—. Sabiendo que tienes responsabilidades con las niñas y tus horarios de trabajo, yo me adapto».

«De acuerdo, pues la semana que viene si te apetece, el lunes podemos vernos».

«Vale, el lunes».

«Misma hora, mismo lugar».

«Perfecto».

Estamos charlando casi hasta las cuatro y es que Eduardo estaba de guardia y tenía poca actividad.

Con más sueño que otra cosa me meto en la cama sin sacarme de la cabeza la conversación mantenida en persona y vía teléfono.

Me estoy ilusionando, lo sé. Y puede que me estrelle como estrellé el autobús contra la marquesina, sin embargo, quiero vivirlo.

Los daños colaterales, si es que los hay, ya los solucionaré si se producen.

Al igual que me sucedió el viernes, el lunes también me siento nerviosa, aunque voy más suelta.

Pido mi cerveza y vuelvo a la misma mesa.

No he llegado a sentarme cuando noto una mano que me sujeta la cintura y me mueve.

Es Eduardo, que me acerca hasta él para darme dos besos.

Huele genial y cada día lo veo más guapo.

—Buenas tardes, Manuela —saluda.

—Hola, Eduardo, me has asustado, eres muy silencioso —río nerviosa.

—Es parte de mi trabajo —afirma.

—Sí, claro, no había caído —respondo tomando asiento.

—¿Qué tal todo? ¿A cuántos hombres has atropellado hoy? —pregunta con sarcasmo.

—Hoy a ninguno, pero mañana en cuanto vea una moto de policía iré a por ella —espeto siguiendo la broma.

—Ten cuidado, no todos mis compañeros son como yo.

—Estoy segura de ello —respondo riendo.

Hablar con Eduardo es fácil, lo noto menos retraído que cuando éramos jóvenes; aunque conmigo siempre fue sincero y abierto, cuando había más personas se quedaba en segundo plano y observaba más que hablaba. En las distancias cortas, gana y mucho.

Seguimos con nuestra charla distendida y amena, y no sé por qué extraña razón fuerzo la conversación que nunca tuvimos, supongo que ha surgido así.

—Te esperé y nunca apareciste —espeto. Él frunce el ceño, parece retrotraerse a hace demasiados años, cierra los ojos y cuando los abre los clava en los míos pero le mantengo la mirada, ahora sí.

Parece que va a decir algo, corrige la postura, me agarra de las manos y tras tomar aire de forma profunda comienza a hablar.

—Sí que fui —confirma.

—¿Cómo? —pregunto estupefacta, no era la respuesta que me esperaba. Siempre he tenido la convicción de que se echó atrás, que no le convencía el plan y simplemente lo dejó pasar sin tener en cuenta mis sentimientos.

—Sí que fui, te vi con la mochila apoyada en el árbol de al lado de la parada del autobús, con tus pantalones vaqueros anchos, tus zapatillas gastadas, esa cazadora que te encantaba y el bolso cruzado sobre el pecho —me explica y es tal cual lo cuenta.

Llevaba esa ropa puesta—. El pelo suelto y largo tapándote la cara cuando venía alguna ráfaga de viento —prosigue.

—Entonces, ¿qué ocurrió? ¿Por qué no volviste a aparecer?

¿Qué te impidió acercarte? —pregunto como una ametralladora, ahora de repente necesito saber todo eso.

Lo tenía prácticamente olvidado, no quería remover nada, pero algo ha hecho que quiera saberlo, necesito aclarar esto que pensé que no dolía.

—Llegué a la hora acordada, siempre unos minutos más tarde que tú. A puntual no te ha ganado nunca nadie —comienza y, aunque sonrío, no quiero que se ande por las ramas. Necesito más información.

—Ya, sigue, por favor.

—De acuerdo —toma aire y continúa—. Llevaba también mi mochila con lo que habíamos acordado, poco peso para empezar donde fuera y ya después nos buscaríamos la vida —confirma.

Todos estos datos los sé, no necesito que me los repita pero se ve que quiere hacerlo bien—.

Iba a cruzar la calle cuando me agarraron por detrás, era mi padre.

Tiró de la mochila y me arrinconó contra la pared de un edificio.

—¿Esto es lo que quieres hacer, eh, eh? —me preguntaba fuera de sí, me había seguido hasta la biblioteca.

Debía de saber algo o de intuirlo—. ¿Quieres tirar tu vida por la borda con esa niñata?

¿Dónde vais a ir? ¿De qué vais a vivir? Te piensas que eres muy valiente y muy adulto por hacer esta chiquillada.

¡No, Eduardo! La vida es otra cosa, no es recorrer Europa de la mano de una chica, es otra cosa ¡otra cosa!

Te pisarán, te la jugarán y tendrás que crecer a base de palos. ¡Despierta!

»Me gritaba tanto que me hizo llorar en medio de la calle, ya teníamos más de veinte años, Manuela, pero mi padre me hizo sentir insignificante, un pelele, un idiota.

Seguía increpándome y diciéndome que era un desgraciado por desaprovechar las oportunidades que él y mi madre me estaban dando —relata y noto que la expresión de Eduardo es de dolor.

Todavía tiene en su corazón esa herida y puedo llegar a empatizar con él—.

Lo peor de todo, fue que me hizo quedarme allí, esperando hasta que tú te fuiste.

Te veía mirar de lado a lado de la calle buscándome, esperando a que bajara de cualquier autobús que parara donde tú estabas, consultando tu reloj de pulsera, preguntando a algún amigo en común si me había visto y no podía hacer nada.

Estar allí parado como un idiota metido en el coche de mi padre viendo como se te rompía el corazón en pedazos por mi culpa.

Y todo por no plantar cara a mi padre, por no darle un puñetazo y por no dejarme ir a tu encuentro.

—Eso es respeto, Eduardo, lo respetabas mucho desde siempre —afirmo sabiendo de lo que habla.

—Ya no sé si era respeto o miedo. A veces creo que más lo segundo que lo primero —confirma y se hace el silencio entre nosotros.

Supongo que tenemos mucho en lo que pensar y le noto realmente abatido, como si se hubiera quitado un peso de encima pero a la vez exhausto por todas las emociones que ha removido.

No sé qué hacer, le tomo de las manos, las acaricio y poco a poco subo la cabeza recorriendo su cuerpo hasta llegar a sus ojos.

Esos potentes ojos que no se me olvidarán jamás.

—Por fin sé la verdad —musito.

—Sí —contesta realmente afectado.

—No es la versión que esperaba ni la que ha estado por años rodando por mi cabeza —confieso.

—Lo supongo, es rocambolesca —admite.

—Siempre pensé que te habías arrepentido y que nunca signifiqué lo suficiente para ti como para cometer esa locura —resumo.

—¡No! —reacciona dolido—. Eras mi todo, Manuela, estaba locamente enamorado de ti, estaba seguro de lo que íbamos a hacer. No quería dejar de hacerlo, no te quepa la menor duda, por favor —suplica.

—Sí, sí, tranquilo —respondo mientras acaricio sus manos—, simplemente te digo lo que pensé en ese momento. Supongo que necesitaba una respuesta para explicarme lo que sucedió y la más viable para mi cerebro fue esa. O la que construí, o la más fácil, no lo sé.

—Pues nada que ver. A raíz de eso mi padre me ató en corto, no me dejaba apenas salir, dejé de ir a la biblioteca a estudiar y me centré en las oposiciones.

No porque él me lo impusiera, era yo el que me quería ir de esa casa, no volver a verlo jamás y con el pretexto de que cumplía su voluntad yo me buscaba la vida para salir de allí.

Me había fastidiado la vida y no se lo perdoné jamás —confirma serio.

—¿Murió? —pregunto.

—Sí, los dos, él y mi madre —confirma.

—Lo siento mucho —respondo compungida.

—Es ley de vida, en sus últimos días se arrepintió, pero ya era tarde, para mí y para él, para nosotros en realidad —afirma. Son palabras son duras, pero puedo llegar a entenderlo.

—Ya, supongo que no fue fácil.

—En cuanto me saqué la oposición me fui de casa.

No quería saber nada de ellos, y fue a raíz de su enfermedad cuando contactaron conmigo de nuevo, pero ya nada era igual.

Mi relación con ellos estaba más que acabada, los atendí porque era lo que tocaba, pero no se lo pude perdonar.

Tal vez sea rencor, no lo sé, pero no pude.

Perdí el mejor tren de mi vida, el único que me hubiera hecho feliz.

—¿Tan seguro estás de eso? —pregunto curiosa.

—Sí, no lo he dudado jamás. Tú eras el amor de mi vida en ese momento y me he arrepentido todos y cada uno de los días de mi vida de haberte perdido.

Pero tal y como te dije hace poco, creo en las segundas oportunidades y pienso que lo puedo recuperar.

Espero que tú estés en ese mismo punto, porque lo voy a intentar con todas mis fuerzas —sentencia y Eduardo no es de hablar pero cuando lo hace, lo hace. Me ha dejado sin palabras.

—Pff —acierto a decir—. No me esperaba esta declaración de amor para nada —admito.

—Ya me imagino, tampoco pensé en decírtelo así, pero ha surgido la conversación y no estoy para juegos ni para perder el tiempo, Manuela. Creo que seguimos con esa complicidad de hace años, con esa confianza como si no hubiera pasado el tiempo, ¿no lo percibes así?

—Sí, Eduardo, me pasa lo mismo que a ti. Desde el minuto uno es como si no hubiera pasado el tiempo, es como si lo que teníamos se hubiera conservado en un frasco de cristal y esté incorrupto, y ahora al abrirlo todo siga igual —confirmo feliz.

—Exactamente, Manuela. Si quieres podemos empezar donde lo dejamos, aunque tendremos que ponernos al día porque han pasado muchas cosas —ríe.

—Sí, es verdad, han pasado muchas cosas.

Me voy a casa con una sensación de liberación.

Por supuesto que he perdonado a Eduardo, no pudo hacer nada, y entiendo su reacción.

Tengo que asimilar todo esto que me está pasando.

Nunca hubiera pensado en el giro que ha dado mi vida en cuestión de días.

Supongo que todo ocurre por algo y esa relación no había cerrado como debió.