El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 5
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Capítulo 5

Cuando volvemos las fugaces

horas del pasado a evocar,

temblando brilla en sus pestañas negras

una lágrima pronta a resbalar.

V iernes por la tarde, ¿es posible que esté nerviosa?

Pues sí, tengo algo en el estómago, como una incertidumbre, no sé explicarlo.

Parece mentira que a mi edad me suceda esto.

No me considero una mujer fácilmente impresionable y he lidiado con algunas situaciones complejas a lo largo de mi vida, sin embargo, reencontrarme en un ambiente distendido con un amor de juventud me provoca esto además de ternura y nostalgia.

A la hora acordada entro por la puerta del establecimiento, no me he arreglado en exceso.

Ropa cómoda, todavía hace calor y el asfalto intensifica esa sensación.

Unos pantalones livianos de lino azul claro y una camiseta ceñida de tirantes de color blanco, sandalias de esparto y bolso de rafia.

El frío que siento al entrar me deja helada, demasiado fuerte el aire acondicionado para mi gusto, huyo del foco de la entrada y voy hasta la barra.

Parece que Eduardo no ha llegado aún. Me pido una cerveza fría y me siento en una mesa del fondo, la que más alejada está de los paneles de climatización.

A los pocos minutos llega Eduardo, se pone las gafas de sol en la cabeza y he de decir que está guapísimo.

Pantalón vaquero y camisa suelta de color blanco.

Otea el local hasta que me ubica, saluda con la mano y antes de acercarme a mí pide otra cerveza.

Se la sirven y con ella de la mano se dirige hasta la mesa en la que estoy sentada.

—Buenas tardes, Manuela —saluda serio.

—Hola, Eduardo, me he puesto aquí porque creo que el aire está demasiado alto —me justifico.

—El contraste con la calle es grande, sí. ¿Qué tal estás? —pregunta después de darme dos besos y tomar asiento.

—Bien, estoy bien —confirmo.

Eduardo se acomoda, da un trago largo de su cerveza dejando el vaso a la mitad. He seguido este movimiento sin pestañear, de repente es como si no hubieran pasado los años.

—Me alegra escuchar eso —responde sereno—. Bueno y ¿vas a contarme cómo es que vas atropellando a ancianos por la ciudad? —pregunta y no puedo evitar reírme dándole un golpe en el brazo.

—Fue él el que se tiró encima del autobús —bromeo.

—No sé yo —contesta.

A partir de ahí la conversación fluye sin silencios incómodos.

Le explico a Eduardo que nada más llevaba pocos días trabajando como conductora de autobús cuando ha sucedido todo el altercado y se ha extrañado de mi sangre fría.

Lo que le he relatado a continuación es que no es la primera vez que conducía un vehículo grande y que he llevado camiones de alto tonelaje por prácticamente todas las carreteras europeas.

Se ha sorprendido al principio, pero después me ha confirmado que siempre ha confiado en mí, que me ve capaz casi de cualquier cosa.

Me ha gustado esta última apreciación. La conversación está siendo ligera.

Además de mis trabajos, que no han sido más que tres en toda mi vida laboral él me confirma que la literatura no le daba para comer a no ser que sacara unas oposiciones para profesor, mientras preparaba esas también se apuntó a las de policía, quedándose definitivamente con esta última opción.

Los primeros años estuvo fuera, y ahora ha regresado a nuestra ciudad buscando un poco de calma y es que ha estado en otros lugares muchos más peligrosos y ya no quiere eso.

Me da la sensación de que ambos estamos muy a gusto charlando y que estamos esquivando el motivo de nuestra separación. Supongo que si seguimos viéndonos, llegará el momento de las confesiones, sin embargo, no voy a forzar eso. No quiero que se rompa esta magia que siempre hemos tenido.

Eduardo está divorciado y es padre de dos niñas pequeñas; me ha dado un vuelco el corazón cuando me lo ha confirmado y he sentido un pinchacito de celos, lo reconozco.

Obviamente, todos tenemos un pasado y él no iba a ser diferente.

Le comento que yo no me he casado nunca y que no he tenido una pareja estable durante mucho tiempo, admito que siempre he priorizado mi carrera laboral y eso era un problema para mantener un vínculo duradero.

Me enseña las fotos de sus hijas, que han heredado sus preciosos ojos verde aguamarina y son guapísimas, al igual que su padre en sus años de juventud; más de uno y de una se volverán para ver a esas bellezas.

—¿Tienes pareja actualmente? —me pregunta mientras bebo de mi copa.

—No —niego afianzando con un gesto de cabeza—. Supongo que a medida que nos hacemos mayores se complica —bromeo.

—Puede ser, hay que darse también la oportunidad —afirma y no puedo estar más de acuerdo con ello.

—Es cierto, si no me hubieran echado de mi primer trabajo no me hubiera planteado ser conductora de camión —afirmo orgullosa—, nunca lo hubiera imaginado y he de decir que me encantaba mi primer trabajo al principio, y el segundo después.

Me daba una libertad increíble, esa sensación es muy reconfortante —me envalentono.

—Se ve que lo disfrutaste, a mí me pasa cuando voy en moto. Creo que es algo parecido —responde tranquilo.

—Sí, podría ser. Algo similar, sí —confirmo.

—Y ¿tú? ¿estás con alguien? —reformulo.

—No. Desde que me separé he probado, pero finalmente no ha cuajado ninguna relación. Será por lo que tú dices, que a cierta edad, o que mis turnos tampoco son los mejores, o que tengo responsabilidades para con mis hijas, las cuales no quiero eludir… —enumera.

—Ya, ¿sabes? También creo que todo lo que me dices son un poco excusas, no te juzgo —matizo—.

Yo las he usado también dentro de mi contexto vital, sin embargo, creo que si una relación es sana, hay reciprocidad y ganas, los turnos, las responsabilidades o cualquier otra circunstancia se puede integrar y seguir para adelante.

—Es posible que tengas razón, como también es posible que ninguna de esas mujeres encajara conmigo o yo con ellas —aclara.

—El amor es así. Un auténtico misterio.

Después de las cervezas nos despedimos. Eduardo quiere ir a dar el baño a sus hijas y me parece lógico.

Me ha confirmado que la relación con su ex es cordial ahora, y que aunque han tenido sus rifirrafes han llegado a un punto de entendimiento por las pequeñas que es bastante estable.

No quiere perderse sus primeros años y quiere ser un padre presente e implicado.

Lo sé, porque le conozco desde hace muchos años.

Sé que va a ser uno de los mejores papás del mundo.

Me he quedado con ganas de seguir hablando con él, y he de reconocer que este encuentro me ha dejado resaca emocional, sensaciones que creía perdidas y una conexión que parece que no se ha diluido en el tiempo.

Me he quedado con la frase que ha dicho de las segundas oportunidades, yo añadiría hasta la tercera o cuarta.

En mi vida laboral me he dado varias, me he reinventado y he creído en mí, en la personal, puede que ahora sea el momento de volver a creer en el amor, ese gran desconocido.

Tal vez no sea Eduardo, es muy pronto para decirlo, sin embargo, puede que sea él el que haya abierto la puerta y me invite a darme la oportunidad de encontrar a alguien con el que construir un futuro. O al menos un presente cercano.