Capítulo 4
El amor es un misterio.
Todo en él son fenómenos a cuál más inexplicable;
Todo en él es ilógico,
Todo en él es vaguedad y absurdo.
«B uenos días, Manuela, esta semana puedo todas las tardes a excepción del jueves. ¿Cómo lo tienes?».
«Buenos días, Eduardo, por mí sin problema. Si te parece el viernes, así nos organizamos».
«De acuerdo entonces, el viernes. ¿A las 20:00 h, te va bien?».
«Perfecto. ¿Dónde?».
« Había pensado en la cafetería que está en la esquina de la calle de la catedral. ¿Sabes dónde?».
«Sí, perfecto. Pues ahí nos vemos el viernes».
Ya tengo plan para el viernes. Lo cierto es que no voy con ninguna expectativa más allá de pasar un rato agradable.
Después de tantos años no creo que los reproches sirvan para nada.
Simplemente el plan se desbarató y nunca más hablamos de ello, de hecho no nos hemos vuelto a ver hasta ahora.
Supongo que saldrá en la conversación, sin embargo, no es lo que más me interesa en estos instantes.
Me gustaría saber un poco de su vida, que ha hecho todos estos años y hasta ahí, de momento.
No es más que un café con un viejo amigo.
Marta en cuanto me ve se queda extrañada y me pregunta qué me pasa.
Que me nota más radiante, más fresca, más luminosa.
Me hace gracia como se expresa, busca siempre tres o cuatro adjetivos para definir cualquier cosa, se nota que trabaja con niños y para que ellos entiendan ciertas situaciones, momentos o emociones les pone mil ejemplos.
Creo que es deformación profesional y conmigo también lo hace.
Simplemente me río y no le comento nada de la quedada con Eduardo.
No somos amigas, no tengo esa confianza con ella pero evidentemente como sigo siendo igual que hace más de veinticinco años soy transparente y se me nota.
Estoy encantada con mi nuevo trabajo y a excepción del incidente con el peatón que cruzó mal, no he tenido ningún otro problema.
Los niños me dan la vida, al igual que a Marta, con sus vocecitas y sus saludos me alegran las mañanas y eso he de decir que compensa el bajo sueldo.
Esta tranquilidad ahora mismo no la paga nada y prefiero esto a estar metida más de doce horas en una oficina a cara de perro peleándome con unos y con otros, con las rentabilidades, los informes, los balances…
tampoco lo cambio por las noches en una carretera o en un área de servicio sola.
Nunca me ha pasado nada, pero a veces he pasado miedo.
Se podría decir que ahora mismo en mi vida prima la tranquilidad y la estabilidad a otras cosas.
Supongo que cuando era más joven la ambición me hizo ser una profesional enfocada en un objetivo claro, trabajadora como la que más y con la premisa constante de demostrar que podía con tal o cual proyecto.
Aquello quedó atrás, me desgastó demasiado, esto lo percibo ahora, no en ese momento en el que consideraba que cualquier esfuerzo y sacrificio valían la pena.
Se ve que fue así hasta que los jefazos decidieron que era vieja para el fango, porque aquello era barro diario.
Debí haberme ido cuando estuve en lo más alto, pero la lealtad es algo que va en mi ADN, aspecto que ellos no tuvieron en cuenta.
Años después seguimos con litigios y pleitos, pero es algo que ya no me quita el sueño.
Cuando se resuelva se acabó, sea como sea, si bien es cierto que les estoy provocando algunos dolores de cabeza, que se jodan.
No iba a permanecer callada ante una injusticia, fue un despido improcedente y aunque en primera instancia les dieron la razón a ellos, recurrí y aquí estamos defendiendo una causa que ahora ya me importa bastante poco.
A menudo, la gente se extraña de mi cambio de ocupación y no entienden como trabajar con niños me da paz, para ellos es todo lo contrario, son estresantes.
En ciertos momentos pueden sacarte un poco de quicio, pero con amor y comprensión se consigue reconducir la situación.
Lo prefiero mil veces a los quebraderos de cabeza que tenía antes.
He intercambiado algunos mensajes con Eduardo a lo largo de la semana.
Bastante escuetos por su parte, es como que se lanza y después se frena.
Siempre ha sido un poco así, no habla mucho y si lo hace es porque tiene algo que contarte.
Supongo que también, y después de tantos años tendrá que recobrar la complicidad y la confianza que teníamos.
No lo tengo en cuenta. Siempre es él el que comienza la comunicación a excepción de una noche en la que he sido yo la que le he dado las buenas noches.