El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 3
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Capítulo 3

Yo voy por un camino, ella por otro;

Pero al pensar en nuestro mutuo amor,

Yo digo aún: ¿por qué callé aquel día?

Y ella dirá: ¿por qué no lloré yo?

T ras los trámites de rigor, prueba de alcoholemia incluida, papeles del seguro y declaración preliminar ante los agentes, vienen a buscarme y he de irme. Tengo que seguir con la ruta, ir hasta las cocheras, coger otro autobús y seguir con mi servicio al igual que Eduardo debe seguir con su vida.

Esos ojos siempre tuvieron un impacto muy grande en mí, y hoy, más de veinticinco años después he revivido todo como si lo estuviera viviendo de nuevo.

Ambos, porque es algo evidente, nos hemos de repente retrotraído a un momento de nuestras vidas en el que pudimos haberlo sido todo.

Lo sé, porque él se ha quedado tan impactado como yo.

Apenas podía hablar y no daba crédito a lo que estaba sucediendo.

Nos hemos dado nuestros teléfonos y vamos a quedar; parece que esa conversación que no se dio en su momento se va a producir.

Para nada será como la que necesité en su día, pero supongo que aclarará algunos de los interrogantes que durante años me he ido planteando, sobre todo en las épocas menos buenas en cuanto a estado anímico se refiere.

Eduardo y yo vivimos un amor de juventud, teníamos veinte años cuando nuestros caminos se cruzaron.

Era imposible no fijarse en él, tenía unos ojos preciosos, independientemente del color verde aguamarina que ya de por sí es exótico.

Esa forma de mirarte que parecía que te desnudaba o que podía ver por debajo de la piel, que parecía que podía leer tus pensamientos mucho antes de haber dicho o hecho nada.

Creo que eso es lo que siempre llamó más la atención de él.

Además era un hombre enigmático, poco hablador, decía lo justo y a veces era complicado adivinar su estado de ánimo, era como si estuviera protegido por una armadura que nada más dejaba asomar una pequeña parte de sus sentimientos.

En cambio yo siempre he sido todo lo contrario, pizpireta, extrovertida, transparente ante todo lo que me inquietaba, gustaba o angustiaba, daba igual el sentimiento, nunca he sabido disimularlo, se me nota en la expresión de la cara, en mi postura, en mis movimientos, en todo.

Supongo que por ello nos llevábamos tan bien, coincidimos en la biblioteca municipal.

Él estudiando literatura, creo recordar, y yo administración y dirección de empresas.

Lo que empezó como coincidencia en el aulario, llevó a algún café, primero en la cafetería y después en el césped de los jardines cercanos.

Más lejos de los demás estudiantes y en un entorno más íntimo para nosotros.

Lo teníamos todo planeado, en cuanto acabáramos la carrera nos escaparíamos de casa los dos.

Evidentemente, iba a ser un secreto ya que nuestras familias tenían otros planes para nosotros.

De repente, todo aquello que nos habían inculcado de: acaba la carrera, empieza a trabajar aquí o allí, que en pocos años podríamos tener un puesto de responsabilidad y relevante…

dejó de ser tan motivador. Nos guiamos más por lo emocional.

Ya no nos interesaba esa idea de prosperar, de ser alguien influyente en la vida laboral.

Queríamos vivir nuestra vida, explorar nuestro amor, viajar por Europa con una mochila y poco dinero.

Buscarnos la vida para subsistir, limpiar coches, pasear perros…

a cambio de alojamiento y comida. Lo veíamos todo tan meridianamente claro que creo que no dudamos en ningún momento de que pudiera salir mal. Estábamos convencidos de ello.

A las ocho de la noche recibo un mensaje de Eduardo.

«Hola Manuela, todavía no me creo que hayamos coincidido esta mañana. Es como si no fuera real».

Yo contesto.

«Hola Eduardo, me pasa igual. Nunca pensé que volveríamos a cruzarnos, la verdad».

«Ya me quedo más tranquilo, pensé que solo eran cosas mías».

«Te puedo asegurar que se me ha parado el corazón durante un instante. Ha sido verte los ojos y saber que eras tú».

«Wow, siempre tan expresiva».

«Ya sabes, hay cosas que no cambian».

«Sí, sí. ¿te gustaría quedar alguna tarde para tomar un café?».

«Claro, termino normalmente a las 18:00, a partir de esa hora cuando quieras. Buscas un rato y me dices».

«Yo dependo del turno, reviso cuadrante y te digo cuando es mejor».

«Sin problema, cuando lo sepas me lo dices y nos tomamos un café».

«De acuerdo, me ha gustado verte».

«A mí también, descansa».

«Buenas noches».

Me acuesto con una sensación extrañísima, no necesariamente mala, es rara.

Es decir, no sé si se me ha mezclado la nostalgia de tiempos pasados, una incipiente ilusión por todo lo que puede conllevar el quedar a tomar algo, reticencia ante lo desconocido, miedo a volver a enamorarme o más bien a sufrir.

Sé que son demasiadas cosas a la vez y también sé que estas sensaciones no tienen el mismo peso, sin embargo, estoy serena y en paz.