El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 2
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Capítulo 2

El alma que hablar puede con los ojos,

también puede besar con la mirada.

L os días van transcurriendo y me voy notando más suelta.

No dista demasiado un camión de un autobús.

Precaución siempre, marcar las maniobras y poco más.

Donde sí he notado diferencia es en callejear, con un camión circulas básicamente por autopistas y carreteras más o menos anchas y con el bus a veces temo rozar algún coche aparcado, edificio, árbol o marquesina.

Supongo que será cuestión de tiempo el acostumbrarme.

Los primeros días llegaba a casa agotada y creo que era de la tensión acumulada, casi más que cuando era ejecutiva agresiva o me tocaba circular entre nieve y hielo por algunas autopistas del norte de Europa.

Marta me ayuda un montón y siempre me sonríe al entrar en el autobús, además de darme alguna galletita o dulce que guarda en su mochila.

Giro en una calle después de salir de una glorieta y sin saber cómo, o más bien intentando esquivar a un hombre que cruzaba por zona no habilitada para ello, estrello el autobús contra la marquesina del autobús urbano tras subirme a la acera.

Afortunadamente los niños ya estaban en el cole y solo ha sido el susto para mí y para Marta.

La pobre se ha quedado más pálida de lo que ya es, de hecho, creo que ha adelgazado unos kilos y eso que ya es flaca de por sí.

Pongo las luces de emergencia, me pongo el chaleco reflectante y salgo a prestar ayuda al viandante que está tirado en la acera.

Respira y puede hablar pero tiene el susto en el cuerpo, como para no, al ver que se abalanza sobre él una mole de hierro y cristal no creo que sea para nada agradable.

Lo ha hecho mal, sí, pero creo que ya ha aprendido la lección.

No seré yo la que haga leña del árbol caído.

Espero a los servicios de emergencia y a la policía.

El disgusto mío también es considerable, pero nada en comparación con el de Marta, el hombre que se queja de la espalda y el de mis jefes cuando les cuente que su autobús ha tenido un percance.

La luna delantera rajada y parte del parachoques desprendido.

Empezamos bien en la empresa, es posible que esto acabe en despido, pero tengo la conciencia bien tranquila.

No ha sido culpa mía y podría haber sido peor. Es un daño material, no personal.

Llega un coche patrulla para dirigir el tráfico y otro para atender al herido hasta que lleguen los servicios sanitarios.

Marta no puede ni hablar y la emplazo a que se siente en la acera y beba algo de agua.

Desgraciadamente me he visto envuelta en algún que otro accidente por reventón de ruedas o cosas así en mi otro trabajo, esto ha sido leve pero a ella le ha afectado bastante.

Mantengo la calma, está todo señalizado y no queda más que esperar a descongestionar la vía.

—Buenos días —saluda el agente.

—Buenos días —respondo.

—¿Heridos? —pregunta.

—Mi compañera está asustada nada más, el hombre al que casi atropello es el que ha salido peor parado, se ha tropezado y parece que se queja del hombro o de la espalda —comunico de forma seria—.

Le he puesto encima mi americana para que no pierda calor y he estado hablando con él hasta estos instantes.

—¿Usted? —quiere saber.

—Perfectamente —respondo.

—De acuerdo.

Se aleja, habla por la emisora a la vez que con sus compañeros que ya están dirigiendo el tráfico y yo intento contactar con mis jefes para comunicarles lo ocurrido.

Pensé que iba a tener palabras algo más altas por su parte, pero parece que lo han entendido y no le han dado mayor importancia.

Me dan las órdenes pertinentes a la espera de que vengan a recogerme.

En pocas horas deberé ir a recoger a los pequeños y devolverlos sanos y salvos a sus casas.

El autobús puede circular, pero finalmente deciden que se lo lleve una grúa enorme que ha ocupado los dos sentidos de la circulación.

En lo que finalizan las maniobras es otro agente el que se acerca a mí, es uno de los dos que han llegado más tarde en moto.

Me saluda con un gesto de mano y cuando veo que se quita el casco de la moto no doy crédito.

Me quedo parada y sin articular una palabra.

Esos ojos son inconfundibles. Estoy más impactada por cruzarme con esa mirada que por el percance del viandante.

—Buenos días —saluda tras bajar la mano. No puedo contestar, se queda extrañado y pregunta—. ¿Se encuentra bien?

—¿Eduardo? —tartamudeo.

—¿Manuela? —inquiere alucinado como yo.

—Sí, soy Manuela —respondo.

—No me lo puedo creer, pensé que no volvería a verte jamás —acierta a decir moviendo la cabeza en señal de incredulidad.

—Yo tampoco, la verdad —admito agachando la cabeza y es que me siento avergonzada y con tantas imágenes pasando por mi cabeza que creo que estoy viendo una película a toda velocidad.