Capítulo 1
Esa soy yo,
que acaso cruzo el mundo,
sin pensar de dónde vengo,
ni adónde mis pasos me llevarán.
M e miro en el espejo de cuerpo completo que tengo en mi habitación y me gusta lo que veo.
Traje azul marino con la raya perfectamente planchada, camisa blanca y corbata azul celeste, zapatos planos cómodos y bien brillantes; muy alejados de los que llevé hace algún tiempo y totalmente diferentes a los que he usado en los últimos años.
Me giro y el culo apenas se me marca ya que la chaqueta es larga, pero mi silueta me gusta, sigue estando ahí.
Hace tanto que no me pongo un traje chaqueta que se me había olvidado ese efecto que provocaba en mí el verme así, me sentía poderosa, segura de mí misma y de mis posibilidades y hoy parece que también lo he conseguido.
Me sonrío, me tiro un beso a mí misma y me voy a la calle.
Hoy es el primer día de trabajo, hoy me estreno como conductora de autobús que hará la ruta de un colegio situado a las afueras de la ciudad.
Es una segunda oportunidad para mí en este sector, ya que después de muchos años trabajando en una multinacional como alta ejecutiva decidieron que mi perfil ya no encajaba y que buscaban personal junior y no senior, básicamente viene a decir que soy o era vieja para desempeñar las funciones que venía haciendo y querían savia nueva a la que pagarle menos sin importar si tenía experiencia o no.
Soy de la opinión que está muy bien dar oportunidades a las personas jóvenes, como me las dieron a mí, pero lo que hicieron conmigo y con alguna compañera más no tiene nombre.
Ellos que se llenaban la boca con la conciliación, con la igualdad de oportunidades, con la experiencia, con que éramos una familia, con el esfuerzo…
con tantas y tantas cosas que quedaban de lujo en la presentación corporativa de la empresa incumplieron uno por uno todos y cada uno de los puntos de los que se hacen o hacían eco en su política de empresa y estatutos.
Ese es otro tema en el que tengo trabajando a mis abogados desde hace años, porque me echaron pero no me van a callar y mientras pueda demostraré que soy y era válida para desempeñar mi trabajo aunque ahora esté en otra cosa.
Reconozco que lo pasé muy mal cuando todo terminó y es que con cierta edad —y con el síndrome de la impostora pegando fuerte— me llegué a creer que no tendría cabida en el mundo laboral, que por mucho que me reciclara nadie querría contar conmigo para nada.
Todo se me hacía cuesta arriba y entré en algo parecido a una depresión ya que llevaba años ocupadísima y de repente no saber a lo que dedicar mi tiempo me trastocó.
Entré en barrena y en un círculo vicioso bastante tóxico.
Yo, que me había dedicado en cuerpo y alma a la empresa de repente era un estorbo, o así me lo tomé al principio.
Después entendí que para ellos éramos simples números de los que prescindir, no les importaba la dedicación ni el esfuerzo realizado.
Cuando volví al mundo laboral, nada me encajaba, me notaba insegura y mi fuerza y garra se habían ido con mi esperanza de encontrar algo a lo que dedicarme. Y es que no sabía hacer otra cosa o eso pensaba.
El caso es que las cosas cambiaron cuando dejé de buscar ofertas basadas en mi anterior trabajo, era obvio que el mercado estaba siendo reabsorbido por las nuevas generaciones, y es algo lógico cuando quieren personas con ansias desmesuradas, ambición, juventud, a veces pocos escrúpulos y poca experiencia que viene bien para según qué casos.
Di con una autoescuela, un día caminando de vuelta a casa, aparte de enseñarte a conducir impartían otro tipo de cursos y entré a preguntar.
Mi intención no era ninguna en particular, pero tal y como me lo vendieron se abrió ante mí la posibilidad de sacarme el carné de vehículos pesados y poder conducir un autobús o un camión.
Aunque no era esa la idea inicial, dije sí.
Fue algo inconsciente, pero motivador a la vez.
Lo saqué a la primera y me topé con un futuro inexplorado para mí.
Siempre había tenido la idea romántica de que esos vehículos tan grandes te dan mucha libertad.
Conducir durante horas con una carretera por delante, sin prisas pero sin pausas, otros países, llevando y trayendo…
maravillosa la idea y la llevé a cabo. En parte, se cumplía toda esa idea que estaba en mi cabeza, aunque a veces no fuera tan romántico del todo.
Claro que sí pude, a perseverante no me gana nadie y eso que este mundo, al menos cuando yo empecé era bastante machista y las mujeres al volante somos un peligro constante decían.
No he tenido un accidente en mi vida y mi currículum es impecable en ese aspecto.
Fueron unos años extraordinarios en los que aprendí un montón, a veces a base de palos y otras por la gratitud y personas maravillosas que me he ido encontrando.
Hacía rutas semanales entre España y Europa, más días fuera de casa que dentro, pero la satisfacción no me la quitaba nadie.
A raíz de una operación me replanteé las cosas, más que nada porque ya me había demostrado que era capaz de hacerlo y que los reflejos ya no eran los mismos para estar tanto tiempo conduciendo sola.
De esta manera dejé los viajes internacionales y ahora necesitaba algo más tranquilo para estar más cerca de casa.
No porque tenga a alguien esperando, nada de eso.
Creo que me olvidé de vivir cuando entré en la multinacional y primó más mi ascenso y promoción en la empresa que la elección de formar una familia o tener una pareja estable, cuestión de prioridades supongo.
No es que me arrepienta de lo que hice, sin embargo a veces pienso en que hubiera pasado si…
El caso es que ahora las cosas han cambiado, me apetece estar más asentada, más cerca de los míos y este nuevo trabajo me lo va a permitir.
De lunes a viernes en horario de mañana y algunas tardes, y a dormir en mi cama.
Qué más puedo pedir, la verdad es que nada.
Estoy nerviosa, lo admito. Los niños no me asustan, más bien me asusta un poco no estar a la altura con mis jefes y la responsabilidad que conlleva el trasladar a tantas personitas de un lado a otro.
Obviamente no tiene por qué pasar nada, pero no es lo mismo mercancía sólida que personas, que si por lo que sea se pierden, en un caso es dinero y en el otro vidas humanas; no es comparable
A la hora acordada llego a las cocheras de mi nueva empresa, me dan las llaves del autobús y con la ruta más que memorizada en mi cabeza y la ayuda del GPS, que me dará más seguridad que otra cosa, me dirijo hasta la primera parada.
Niños arremolinados en torno a sus madres, padres y cuidadoras esperan llenos de emoción, al igual que para mí es el primer día, para ellos también.
Unos lloran nerviosos, otros muestran pánico en sus caras y otros ríen porque ya son veteranos y saben que no es para tanto.
Marco la maniobra de parada y abro las puertas.
Empiezan a entrar unos con más garbo que otros saludándome con sus pequeñas manitas.
La última en entrar es Marta, la cuidadora que también espera en la parada y que irá conmigo todo el trayecto, tanto de ida como de vuelta.
Es una chica de unos veinte años, algo desgarbada, muy delgada, pelo liso lacio y morena con un chaleco reflectante que le queda enorme. Me recuerda a mis años de universidad.
—Hola, soy Marta. Te acompañaré durante todo el curso durante la ida y la vuelta del cole —se presenta.
—Hola, soy Manuela. La chófer. Estaré todo el curso, o eso espero —me río al escuchar lo que he dicho.
—Seguro que sí, los primeros días son un poco caóticos, pero después todo se normaliza.
—Ya veremos, ¿nos vamos? —pregunto. Ella hace un ademán con la cabeza y emprendo la marcha.
Los niños están algo alborotados pero Marta los maneja bien, e incluso, cuando están más tranquilos, me va contando un poco.
Que ha estudiado magisterio, que para ella los niños son su pasión y que no piensa abandonar este mundo nunca.
Mientras se prepara las oposiciones lo compagina con este trabajo que aunque no le reporta mucho dinero le permite cubrir sus gastos y pagar la academia.
La verdad es que tiene mano y se nota que le gustan, los va calmando, les cuenta alguna historia divertida y también va cantando.
Supongo que a final de curso todos nos sabremos sus canciones.
Primer día superado.