Capítulo 14
R aúl me besa como se besa a quien de verdad se ha echado de menos. Han pasado cuatro días y ha cabido un mundo en ellos. Y, caramba, lo he extrañado muchísimo.
—Raúl, ¿qué va a pasar con nosotros? —pregunto, acurrucada entre sus brazos—. Tú llevas toda la vida esperando esta plaza. Yo hace años que busco una escuela que apueste por mí y me dé un puesto fijo.
—No voy a pedirte que vengas conmigo.
—Y yo no voy a pedirte que te quedes.
—Bien —asiente.
—Entonces, ¿qué hacemos? —Lo miro y me encojo de hombros.
—Pues… lo mismo que hemos hecho todo el verano.
—¿Improvisar? ¿Vivir un día a la vez?
—Exacto.
—Pero…
—Helena, estamos a dos horas en AVE. Somos profes y tendremos puentes, vacaciones y fines de semana. Si tú quieres, yo quiero.
—Yo quiero, Raúl—. Me acaricia la mejilla.
—Y yo creo que te quiero, Helena— se sonroja, y al hacerlo, me parece el hombre más maravilloso del mundo.
Sonrío. Lo beso. Y deseo que esto, todo esto, funcione. Porque llega septiembre. Y con él, una casa que ya es mi hogar. Una cama nueva que me traen mañana. Veintidós pequeños que me esperan. Y un novio a dos horas de tren con el que pienso ser feliz.
Antes de dormirme necesito consultar mis cartas una vez más. Pregunto por mí. Por mi futuro. Por mi pareja.
El Sol. La Estrella. Los Enamorados. Sonrío. Miro hacia arriba y guiño un ojo.
—Francisca, parece que la cosa pinta muy bien.