El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 13
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Capítulo 13

—P ues bienvenida y nos vemos el uno de septiembre, Helena.

No me lo creo. Es mi tercera entrevista en solo dos días.

Encarna, la supervisora y el propietario de la escuela han querido conocerme y preguntarme absolutamente de todo sobre mi vida y mi trayectoria antes de darme el sí definitivo.

Y eso los honra. Al fin y al cabo, voy a dar clase a sus alumnos. Perdón. A mis alumnos.

El uno de septiembre seré la nueva tutora de tercero de primaria de esta escuela semirrural que solo tiene una línea por curso y cuya pedagogía está muy alineada con mis estudios y, sobre todo, con mi forma flexible y natural de entender el mundo.

¿Y este golpe de suerte?

¿Y este quedarme en Soria sin planteármelo y mucho menos esperarlo?

Me esperan inviernos duros y una vida serena.

Sinceramente, me encanta el plan.

Ahora solo falta encontrar dónde vivir. O, mejor aún, convencer a mi padre para que me alquile la casa y no la venda. Tarea imposible.

Aunque no más imposible que el milagro que acaba de ocurrirme en forma de contrato indefinido como profesora.

Bendito uno de septiembre. Porque ahora te has convertido en el principio de mi nueva temporada.

—¿Pa?

—Che, pelotuda, hace días que no me dices nada. ¿Cómo va la venta?

—Pa, quería hablarte justo de eso.

—No me digas que no te queda plata, porque no pienso enviarte más. Ya debiste decorar tres veces la casa.

—Pa, encontré laburo.

—¿Qué decís? ¿Hablás en serio, Nita?

—Papá, un vecino del pueblo me presentó a su sobrina, directora de una escuela cercana. Buscaban una maestra para su colegio privado y, papá… me contrataron. Empiezo el uno de septiembre.

—Helenita… ¿esto es cierto? ¿Tienes trabajo? ¿Un buen trabajo?

—Sí, pa.

Y lloro. Joder. Estoy realmente feliz. Emocionada. Y ha bastado escuchar a mi padre alegrarse por mí para echarme a llorar.

—¿Y dónde piensas vivir, hija?

—De eso quería hablarte.

—A ver.

—Papá, no vendas la casa de la tía Francisca. Alquílamela. Yo te pago un alquiler.

—No, hija... necesito la plata. Tengo que venderla.

—Papá, por lo que te van a dar por una casa vieja en un pueblo de cincuenta habitantes no vas a solucionar nada. Y si yo te la alquilo tendrás un ingreso fijo todos los meses.

—Hija, tengo un problema de dinero. Necesito devolver un préstamo...

—Papá...

Insisto mientras me muerdo las uñas y noto el estómago del revés.

—Hija, espera... A ver... Bueno...

Lo oigo resoplar al otro lado del teléfono.

—¿Qué pasa, pa?

—Dale, va. No la vendo.

Me quedo muda.

—¿Cómo?

—Te la alquilo. Pero no me falles con los pagos. Pediré un préstamo para pagar el préstamo y lo iré devolviendo con el alquiler. Si me fallas, la vendo.

—¡Papá! Te amo. Gracias. Gracias. Gracias, pa.

Salto por el salón como una loca.

—Estamos en agosto. ¿Y este mes qué? ¿Me lo pagas?

—Sí, padre. Este mes mismo te hago el ingreso. Tuve muchas clientas. Puedo pagarte. Y el próximo ya seré una mujer con trabajo estable.

Me río. Me río tanto que apenas puedo hablar. Porque también lloro. Me rio y lloro.

—Bah. Llama a la agencia y anula la venta, que aún no está formalizada y podemos hacerlo. Hazlo antes de que me arrepienta.

Y eso hago. Le hago caso.

Llamo a Marina. Está feliz. Se alegra por mí, por mi trabajo y porque me quede en Soria.

Cuando cuelgo, subo a la planta de arriba. Entro en la habitación de Francisca.

—¡Francisca! ¡Que me quedo! ¡Que me quedo en tu casa!

La emoción afecta a mi cordura, ya de por si escasa.

—Y ¿sabes una cosa? Creo que esta habitación la vamos a cambiar —. Miro la vieja cama de hierro forjado.

—Es hora de dormir en una cama.