Capítulo 12
P ican a mi puerta. ¿Quién será?
Estoy tirando las cartas a una clienta que me pide por WhatsApp que le mire si es cierto o no que su esposo, tal como ella sospecha, la está engañando.
Le digo que se lo miraré y le mandaré un audio. Escojo tres cartas y las extiendo sobre el tapete lila. La Luna. El Diablo. La Torre. Me temo que a esta chica le están siendo infiel y que, irremediablemente, su relación se ha acabado.
Me levanto del sofá y aparto la mesita.
Quienquiera que esté al otro lado de la puerta insiste bastante.
—Buenas tardes, José Manuel.
Es mi vecino.
Un buen hombre, viudo, amable y siempre dispuesto a echarme una mano cuando me ve sacar la basura o llegar cargada.
—Buenas tardes, Helenita. Perdona molestarte, hija.
—No, José. No me molesta. Dígame.
—¿Tú no eres maestra? Me dijiste eso, ¿verdad?
—Sí, lo soy. Bueno, sin trabajo, pero lo soy.
—Mi sobrina, Encarna, dirige un colegio en un pueblo a media hora de aquí. Me dice mi hermana que anda como loca buscando una profesora para los niños de tercero. Se han dado de baja de golpe dos maestros y nadie quiere venir a dar clase a este rincón perdido del mundo.
Asiento, sin atisbar todavía adónde quiere llegar.
—Pues le he hablado de ti a mi hermana y mi sobrina me ha llamado. Dice que, si quieres, te hacen una entrevista y, si te gusta el puesto, es tuyo.
—¿Cómo? —Mi sonrisa delata mi sorpresa. Mi alegría. Mi felicidad.
—A ver, no es Madrid, como adonde se va el chico de los pisos. Tu novio, vaya.
Dios mío. ¿Ya lo sabe? Aquí las noticias vuelan.
—Pero ser maestra en un pueblito de nuestra Soria no es moco de pavo.
—Desde luego que no lo es. —Lo abrazo de forma espontánea.
—Dígame dónde es, que voy ahora mismo.
—Espera, espera, muchacha. Toma. Te traigo apuntado el teléfono de mi sobrina Encarna. La llamas y, si no tienes cómo ir, yo te llevo en mi furgoneta.
—¿Haría eso por mí, José Manuel? —Tengo coche, no es necesario, pero se me empañan los ojos al ver su ofrecimiento.
—Helenita, soy un jubilado, viudo y con los hijos en la capital. Encantado te llevo en la furgoneta, hija. —Me lo dice sincero.
—Gracias de corazón, José. Si su sobrina quiere conocerme iremos en mi coche, pero usted me acompaña, por favor.
—Anda, llama a mi sobrina y luego me cuentas. Voy para el huerto, que tengo que regarlo.
Lo veo alejarse calle abajo camino del huerto que tiene en una parcelita que el ayuntamiento le cedió.
Miro el número de teléfono y cierro los ojos.
Estoy nerviosa.
Entro en casa y llamo.
—Hola, Encarna. Soy Helena. Me ha dado este número tu tío, José Manuel...