Capítulo 11
S igo durmiendo en el enorme sofá que compré mi primera semana aquí.
Me sigue dando miedo dormir arriba. La yo paranoica que habita en mí cree que, en cualquier momento, Francisca se me aparecerá.
Y, en cierto modo, no me importaría.
Leo y releo sus grimorios, y la precisión y el detalle de cada anotación me parecen maravillosos. Me surgen preguntas que, quizá superado el primer impacto de ver su fantasma, le haría. Pero mejor no tentar a la suerte y, por si acaso, elijo el sofá.
Además, casi todas las noches lo comparto con Raúl. Y ese sofá ya se ha convertido en nuestro pequeño lugar en el mundo. Pero hoy, a pesar de ser una buena noche, no ha sido un buen día.
O quizá sí.
Hay mucho que celebrar, pero yo no siento que así sea.
Raúl ha llegado esta semana con noticias.
Ya tiene destino.
Y sí, es Madrid.
Fuenlabrada, para más señas.
Y además estos mismos días, también, uno de los clientes interesados en la vivienda ha hecho una oferta en firme.
La casa se vende y mi novio de verano se marcha.
Tengo menos de un mes para regresar a Barcelona y encontrar alguna habitación que pueda permitirme.
Solo espero que mi padre, con el pellizco que saque de aquí, sea generoso y me dé una parte. Al final, he sido yo quien ha limpiado y cuidado la casa. Quien la ha convertido en un lugar habitable. Y comprable.
Pero dudo que eso ocurra. Así que mejor no cuento con la generosidad de mi progenitor.
Raúl está eufórico. Normal.
Se ha ido a Madrid. Contactó con una agencia con un posible piso de alquiler cercano a la escuela de destino.
No puede dejarlo escapar. Y ha ido a reservarlo, dar una paga y señal y firmar en persona el contrato.
Cuando vuelva montará una fiesta a la que desea invitar a todos sus amigos de por aquí.
Aprobar unas oposiciones, recibir el destino deseado y saber que en septiembre tendrás por fin tu propia clase es, cuanto menos, maravilloso.
O eso creo.
Yo no me siento así.
Yo siento que septiembre acaba de robarme agosto.