Capítulo 10
J ulio avanza con fuerza y agosto me pisa los talones. Me queda poco más de un mes para vender la casa o mi padre vendrá a demolerla, conmigo dentro si hace falta.
Este pueblo es aburrido, silencioso, predecible y cotilla.
Pero me encanta.
Es la primera vez, desde que perdí a mi madre, que siento que pertenezco a un lugar, que estoy tranquila y que no quiero que esto acabe.
Raúl está de vacaciones, por fin, y hoy vamos de excursión al río Piedra y al monasterio.
Dice que este año no piensa irse a ningún lado para no gastar hasta tener asegurada la plaza y el destino. Pero yo sé que se ha quedado por mí.
Le gusto. Lo veo en su mirada. En cómo me observa mientras hago cosas por la casa, me cambio de ropa o acaricio sus manos.
Tenemos la fecha de caducidad escrita en la frente. Quizá por eso somos felices.
Ha enseñado la casa a varias personas.
Hay algún interesado, pero por el momento nada.
Seguimos esperando. Esperando su destino. Esperando la venta. Esperando saber qué traerá septiembre.
El nuevo curso.
La nueva vida.