El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 9
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Capítulo 9

—¡B ravo! ¡Funciona!

Y, cual adolescente, me veo en mitad del salón celebrando que se ven los canales.

—Te falta wifi para instalar plataformas, pero bueno, todo se andará.

—Raúl, me iré en cuanto la vendas. No voy a gastar dinero en dar de alta nada.

—Cierto.

Mira al suelo. Luego vuelve a levantar la vista y se acerca un poco más. Escasos centímetros nos separan.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Aún no te has ido y ya te echo de menos —tararea en voz baja, casi en un susurro.

Sonrío. Como una tonta.

—Me encanta esa canción.

—A mí me encantas tú, Helena.

Sonrío de nuevo. Lo miro. Y nos besamos.

Sin más. Sin tonterías. Sin preámbulos.

Sin nada más que la verdad que trata de abrirse paso entre nosotros desde el día en que nos conocimos.

Saboreo sus labios carnosos y dulces. Y, en ese instante, no pienso en el sofá, ni en la casa, ni en las lámparas ni en Soria.

Solo pienso en lo cansada que estoy de sentirme sola.

Y en lo fácil que resulta dejar de estarlo cuando él está cerca de mí.

—Ven, voy a tirarte las cartas —le digo, saliendo de debajo de la manta finita y nueva que nos cubre los cuerpos semidesnudos y entrelazados en el sofá.

—Vale. Me gusta la idea. Nunca me las han tirado.

—Claro nene… —bromeo pícara—. Muchas cosas nunca las habrás hecho sin alguien como yo cerca.

Le guiño un ojo. Divertida. Feliz.

No cree demasiado en lo que le digo al interpretar los arcanos, pero aun así lo respeta.

Le explico que la Rueda de la Fortuna y el Mundo traen buenas noticias y que yo lo veo como una señal de que acabará consiguiendo su lugar en Madrid.

También aparece la Templanza. Paciencia. Debes ser paciente —añado.

—¿Y esa? —pregunta señalando la carta de los enamorados.

—Esa dice que el amor está entrando en tu vida.

Me pongo colorada al decirlo. Porque la niña que habita en mí desea con todas sus fuerzas que ese amor bonito que llega a la vida de Raúl sea el mío.

Me mira. Se da cuenta. Y sonríe. No hace falta decir nada más. Se acerca despacio. Me besa. Aparta la mesita con cuidado para no tirar las cartas al suelo y vuelve a buscarme.

Yo me dejo encontrar.

Y, por un rato, el mundo entero desaparece. La casa. La venta. Mi soledad. Las penas. Las oposiciones. Madrid. Todo.

Solo quedamos nosotros dos.

Más tarde, cuando vuelvo a abrir los ojos, sigo acurrucada en él. Tiene una mano entrelazada con la mía.

Hace mucho que nadie me hacía sentir así. Como si quedarse a mi lado fuera una opción real. Y esto me gusta. Y, dure lo que dure, pienso gozarlo como se disfrutan los helados.

A lametazos.

Aun sabiendo que el verano llegará a su fin.