Capítulo 8
E l camión llega a media mañana.
Descargan el sofá, las lámparas, las cortinas y varias cajas con pequeños detalles que yo misma elegí en Soria.
Y, detrás del camión, aparece Raúl.
—¿Qué haces aquí?
—Supervisar la entrega. Servicio premium.
—Venga ya. ¿Qué narices llevas ahí?
Entre sus manos carga una caja enorme.
—Raúl… ¿qué es eso? —insisto, nerviosa
—No te emociones. Es de segunda mano. No me ha costado ni cincuenta euros.
Es un televisor. ¡Un televisor!
—¿Has comprado una tele? Raúl...
—Es un regalo.
—Raúl… —digo con las manos en la boca, sorprendida. Contenta. Alucinada.
—La casa parece más normal con una tele dentro—dice guiándome un ojo—Y se venderá antes.
—No tenías por qué hacer algo así… —susurro sin quitar mis ojos de la caja que contiene mi regalo. Mi enorme regalo.
—Y, además, pensé que te gustaría.
No puedo evitar sonreír. Los hombres son idiotas. Pero algunos resultan adorables.
Los repartidores terminan su trabajo y se marchan.
Cuando el camión desaparece calle abajo, la casa parece otra. El sofá color crema, mullido y cómodo ocupa un lugar perfecto desde el que se ven la puerta, la cocina, la chimenea y la ventana.
Las cortinas nuevas dejan pasar la luz sin oscurecer la estancia
Y las lámparas dan una calidez al lugar que convierte la vieja casa de Francisca en un lugar realmente acogedor. Mágico incluso.
—Francisca, dondequiera que estés, espero que estés orgullosa —digo en voz alta y mirando al cielo.
—Lo estará—añade Raul.
Me giro y le sonrío.
—¿Tú crees?
—Claro.
—¿La conociste mucho? —pregunto.
—Lo suficiente. Era conocida y querida en el pueblo —guarda silencio un instante—, era una mujer especial.
—¿Sabías que le gustaba el tarot?
—No—se encoge de hombros—, no tenía ni idea.
—Anda. Ven —digo.
—¿Qué?
—Ayúdame a instalar la tele. Porfa.
—Eso está hecho.