El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 6
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Capítulo 6

—B ueno, ¿dónde te llevo? ¿Qué quieres comprar?

—Quiero un sofá. Cortinas. Cubiertos y platos. Velas aromáticas y comida. Te diría que también un televisor, ya que Francisca no tenía, pero no me alcanza el dinero.

—¿Francisca no tenía televisor? Eso no me lo creo.

—Pues créetelo —me encojo de hombros—. No hay.

—Pues alguien se lo habrá llevado. Dudo que una anciana que vivía sola no viera la tele.

—En eso te doy la razón.

—Mucho de lo que quieres comprar podemos encargarlo para que lo traigan. Se me ocurre dónde ir. Sube.

Y me subo. Me agarro a su cuerpo. Y me gusta cómo huele.

Vamos hasta Soria capital. Me cuenta que, aunque son unos cuarenta minutos en moto, allí encontraré todo lo que necesito.

Y es cierto.

Compro y pido que lo traigan a domicilio. Resulta fácil. Raul conoce el lugar y eso se nota.

—Creo que ya lo tengo todo—digo.

—Sí. Además, en la moto no puedes meter mucho más —me guiña un ojo, simpático.

Lleva puestos unos vaqueros y una camiseta blanca con la marca bordada en el pecho. El pelo revuelto y barba de dos días.

Desde luego, así vestido luce infinitamente mejor.

Más joven.

Más guapo, si cabe.

—Ahora que estamos tomando café —le digo—, podrías contarme a qué te dedicas en realidad.

—¿Por qué crees que no me dedico a la venta de inmuebles?

—No lo sé. Intuición, supongo.

—Olvidaba que eres bruja. Estoy en desventaja.

¿Bruja? ¿De dónde ha sacado semejante idea? Ah… Las cartas del tarot que vio en la mesilla.

—No soy una bruja. Solo soy… aficionada.

—¿Te dedicas al tarot?

—Me gusta y sí, me saco un dinero que ahora mismo me viene genial.

Ando sin blanca. Soy profesora de primaria.

Estoy en una lista de sustituciones. Me llaman de vez en cuando.

A veces voy un día, a veces meses. Siempre es impredecible, nunca en el mismo sitio.

Me he presentado a oposiciones dos veces y he suspendido las dos.

Así que sí, uso el tarot para ganarme un dinero mientras me llaman de alguna escuela concertada o privada que me contrate al menos un curso entero.

En fin, no sabes lo que es esto. Una moneda al aire constante.

—Sí que lo sé. Te entiendo perfectamente.

Su semblante se torna triste. Serio.

Frunzo el ceño y ladeo la cabeza. No tengo ni idea de a qué se refiere.

—Helena, soy profesor.

—¡Venga ya!

—A diferencia de ti, yo sí aprobé las oposiciones, pero me quedé sin destino.

Así que sigo como antes. Esperando una vacante, una sustitución larga o que algún colegio me dé una oportunidad.

Mientras tanto, vendo pisos y casas viejas en la España rural y despoblada en la agencia de mi padre a mis casi treinta años.

—No me jodas.

Mi expresión es de sorpresa, boca abierta incluida.

—Sí, colega. Soy un profe precario.

—La reputa que me parió. Jamás lo hubiera dicho. Es decir, se te veía a leguas que no eres comercial, que no sabes lucir un traje y que lo de la corbata no es lo tuyo, pero pensé que serías un niño de papá que quiere tocar la guitarra.

—Soy profesor de música.

—¡Noooo!

Estallamos en una carcajada que da paso a otra y brindamos, con café, por nosotros, y por los profesores que sobreviven encadenando sustituciones mientras esperan una plaza estable.

Volvemos al pueblo. A la casita de piedra.

La noche cae despacio y el fresco se instala entre nosotros.

Me agarro fuerte a él y, durante todo el viaje, deseo que este no termine. Me siento bien abrazada a su cintura. Me queda bien este chico entre las piernas. Muy bien.

—Bueno, gracias por todo, Raúl. Ha sido una suerte contar contigo hoy —digo devolviéndole el casco.

—Gracias a ti, Helena.

Me susurra al despedirse acercándose a mi boca.

Pero me aferro a mi mantra: «No he venido a complicarme la vida».