El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 5
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Capítulo 5

—R aúl Ocaña, encantado.

Puntual, trajeado y cargando una carpeta azul, me tiende la mano el que se supone es el «señor Raúl».

—¿Tú eres el señor Raúl? —le pregunto sin más, sorprendida de ver a un chaval ante mí en lugar de un señor sesentón, barrigudo y con bigote, como esperaba.

Me mira con una mueca que deja entrever una bonita sonrisa.

—Yo soy Raúl Ocaña. El señor Raúl es mi padre.

—¿Y por qué no ha venido tu padre, que es a quien esperaba?

—Marina es nueva. Se habrá confundido y te habrá hecho creer que quien vendría era él. Pero prometo estar a la altura. —Se ajusta la corbata de nuevo—. De esta clase de inmuebles me suelo encargar yo —dice mientras observa atónito las vigas del techo desde la puerta de entrada.

—De acuerdo —digo, resignada.

Le dejo entrar.

No hay mucho que ver. La casa es pequeña y está llena de muebles antiguos de madera oscura, macizos y robustos. Marcos algo desgastados con fotografías antiguas en blanco y negro de quien debió de ser la tía Francisca y algunos de sus familiares ocupan el aparador que preside la pared principal.

En los cajones hay manteles y servilletas blancas bordadas con las iniciales de la tía. También hay unos naipes viejos y algunas libretas con apuntes de números trazados torpemente, en letra gruesa y apretada.

Es todo lo que, hasta el momento, en mis primeras veinticuatro horas aquí, he encontrado en este pintoresco lugar.

Raúl se pasea con cautela por el salón-cocina-recibidor de veinte metros cuadrados que son los que ocupa toda la planta baja.

Observa la casa.

Yo lo observo a él.

Es guapo. Ciertamente, muy guapo.

«Echa el freno —me digo—; He venido a vender la herencia de mi padre, no a complicarme más la vida».

El traje le va grande, como si no fuera suyo. Se le nota incómodo dentro de esa ropa.

Se gira, me mira, aprieta los labios y frunce el ceño.

Finalmente, suelta:

—Esta casa tiene... —hace una pausa— posibilidades.

—¡Venga ya! —exploto en una carcajada—. Esta casa es una mierda.

No puede evitar reírse ante mi espontánea reacción.

—No es una mierda. Es una casa vieja que necesita reformas.

—Para, para —lo interrumpo—. No pienso gastarme un peso en esta casa.

—Bueno, si no quieres invertir, podrías simplemente lavarle la cara. Eso seguro ayudaría mucho.

—Define «lavarle la cara» —replico con el ceño fruncido.

—Pintar un poco las paredes, retirar algunos muebles viejos... No sé, poner una maceta o algo.

—¿Una maceta o algo? Pero ¿de dónde has salido tú? No tienes ni idea de decoración, ¿verdad?

Hace una mueca y sonríe.

—Pillado. No, no tengo mucha idea.

—Oye, ¿tú en realidad te dedicas a esto?

—A ver... —ignora mi pregunta—. Sonia, una de nuestras comerciales, es especialista en lavarle la cara a las casas, en darles, con muy poco presupuesto, un aire nuevo. Ella podría ayudarte y así aceleraríamos la venta. Marina me dijo que te urge.

—Tengo tres meses para venderla.

—Bien. Veremos qué puedo hacer. Tres meses no son muchos.

—Pues son los que tengo. Ni un día más.

—¿Quieres que le diga algo a Sonia?

—No, por el momento no —respondo—. No tengo plata. Prefiero apañármelas yo.

—¿De dónde eres?

—¿Por qué?

—No tienes un peso, no tienes plata… No tienes acento de por aquí.

—Soy argentina, pero llevo muchos, muchos años en España, así que no tengo acento de ningún sitio

—Tienes un acento precioso. Sea de donde sea.

—Oye —insisto.

—Sí —responde con la guardia baja.

—¿Tú a qué te dedicas en realidad? Tú no vendes pisos. No tienes pinta de vendedor de pisos. De hecho, no tienes pinta de nada. —Cruzo los brazos y le observo atenta.

—Me has pillado. Pero eso mejor te lo cuento otro día. Tengo que dejarte. Ya tengo toda la información que necesito. —Mira la mesita donde tengo mi tapete, la bola de cristal y mis cartas del tarot—. O al menos casi toda.

Me mira fijamente y señala la mesita con la barbilla.

—Eso mejor te lo cuento otro día —replico.

Le guiño un ojo. Sonríe. Es simpático. Me cae… torpemente bien.

Raúl camina hasta su moto. Lo miro desde el marco de la puerta de entrada.

No voy adecuada para salir a la calle: un vestido fresco de estar por casa y una rebeca de lana que me llega hasta las rodillas.

Porque aquí hace fresco. Aun siendo verano. Aun siendo junio.

—¡Oye! —le grito.

—¿Sí? —responde mientras se pone el casco.

—¿Y aquí dónde se compra comida?

—Tenéis una bodega con víveres en el centro del pueblo, justo ahí. —Señala el bar-cafetería y ahora también tienda de alimentación que tuve el gusto de conocer ayer.

—¿Y no hay nada más? —grito para que me oiga.

—Tendrías que ir al pueblo de al lado. Allí hay un supermercado, pero necesitas vehículo. Andando es un buen rato, y más si vas cargada.

—Tengo coche, es una tartana, pero me trajo desde Barcelona hasta aquí, supongo llegaré al pueblo del que me hablas—digo más para mí.

Se sube a la moto. Hace el amago de arrancar, pero de pronto se quita el casco.

—Si quieres, te llevo esta tarde cuando pliegue. Podemos ir en mi moto, llegaremos antes y yo sé dónde es.

Abro mucho los ojos.

—¿Lo harías?

—Sí —dice sin más—. Eres mi clienta y pareces maja. ¿A las seis?

—Vale —respondo sorprendida, agradecida y feliz.

—Estate lista. A las seis paso por ti.

—¿Con la moto?

—¿Con qué si no?

Y se marcha.

Yo vuelvo a la mini casa de piedra a pensar en cómo acomodarme porque otra noche como la de anoche no quiero.

Hago un mate. Algo de música de fondo. Quevedo. Me gusta este chico canario.

Me quito la chaqueta, pongo los brazos en jarras, como siempre que debo emprender algo que requerirá mucha energía, y organizo las ideas que se me ocurren.

Compruebo cuántos productos de limpieza hay por la casa: pocos. Muy pocos.

Le pido a mi padre que me haga una transferencia para comprar utensilios con los que poner la casa decente.

Se enfada. Protesta. Se niega.

Y finalmente me traspasa mil quinientos euros.

Me acerco a la tienda de mi nueva mejor amiga, quien me interroga incesantemente y a la que yo ignoro mostrando mi mejor sonrisa, y compro los enseres necesarios para adecentar la casita de piedra, como empiezo a llamarla.

Y es que está hecha de piedra. Por fuera son piedras unas sobre otras, grises, grandes. Las ventanas son de madera antigua y la puerta se abre en dos partes: una superior y otra inferior. Ambas con su candado, su paño y su llave.

Empiezo sacando todas las telarañas que encuentro a mi paso. Luego continúo tirando todo lo que considero que no sirve. Y eso incluye mucho. Demasiado.

Vacío cajones y armarios y lleno hasta seis bolsas de basura con cachivaches, papeles viejos y porquería que nadie echará de menos.

Las fotos las respeto. De hecho, invierto un rato en observarlas y limpiar los marcos. Francisca, de joven, era bonita.

Al ser fotografías en blanco y negro no puedo asegurarlo, pero parece rubia, de ojos claros. Rasgos finos y una cierta tristeza en la mirada.

No sé nada de ella. Únicamente que nunca se casó y vivió en este hogar sola durante más de cincuenta años.

Friego los suelos, marcos de ventanas, saco las cortinas y riego unas macetas pochas que creo que aún podrían salvarse.

Me deshago de mantas apolilladas, cojines mugrientos y unas sillas que nadie querría ocupar.

Todo este vertedero improvisado que he montado frente a la casita dudo que moleste a nadie porque por aquí apenas pasa gente, pero concluyo que debo tirarlo en algún lugar adecuado.

José Manuel, un vecino curioso que se ofrece a echarme un cable, carga con parte de las bolsas y, entre los dos en su furgoneta, acercamos todo hasta los contenedores del pueblo.

Porque sí. Solo hay dos contenedores para todo el pueblo.

Cabe recalcar que el pueblo solo tiene cuatro calles y, como mucho, cincuenta habitantes.

Tras ventilar durante todo el día y pasar hasta dos veces la fregona con jabón y desinfectante, creo que la casa pinta mucho, mucho mejor.

He movido los muebles y colocado un tapete bordado de color hueso en la mesa principal.

Miro satisfecha el resultado de esta primera jornada y sé que, con el dinero que aún me queda, compraré un sofá cómodo.

Quizá opte por pasar la noche en él. Dormir arriba me inquieta.

También quiero cortinas, una lámpara para el salón y velas aromáticas.

Son más de las tres. Ahora sí tengo hambre.

Me preparo algo sencillo en mi reluciente cocina y pienso que necesito platos y cubiertos nuevos porque los he tirado todos.