Capítulo 3
N o.
Esto no es una casa.
Juro que he vivido en lugares muy poco habitables. Desde que mi mamá murió y, sobre todo, desde que a los veinte años me quedé sola: en habitaciones sin ventanas, pisos casi en ruinas y hasta en un módulo de camping en la Costa Brava durante un año.
Pero esto...
No sé ni por dónde empezar: huele a humedad. Los muebles pareciera que tienen dos siglos y la casa sigue llena. Completamente llena. De todo lo que debieron de ser las posesiones de Francisca.
Esto no lo vamos a vender. Bueno, ponerla a la venta, sí. Otra cosa es que alguien quiera comprarlo. Aunque, siendo sincera, ese problema le corresponde a la agencia.
¡La agencia! Mierda. No los he llamado.
Dejo las maletas en la entrada, que no solo es la entrada, sino también la cocina. Podría definirla como una cocina tipo office, pero eso sería mentir. Lo correcto sería decir que consiste en un fregadero antiguo, un hornillo y poco más.
No hay microondas. No hay horno. Sí hay frigorífico. Menos mal. Lo abro. Puaj.
El olor me golpea como una bofetada.
¿Encima voy a tener que limpiar?
Subo a la segunda y última planta.
Hay un baño pequeño y bastante feo y dos dormitorios.
Entro en la habitación grande. Sobre una de las paredes cuelga un crucifijo. Justo encima del cabecero. Debe ser la pieza que, deduzco, pertenecía a la dueña de la casa. Encuentro una cama de hierro forjado y un colchón de lana que no pienso usar.
Imagino que la muerta murió en él.
No, gracias.
La otra habitación tiene una cama individual bastante más moderna.
Me pregunto quién la compró. No consigo imaginarme a la tal Francisca entrando en un Ikea. Decido instalarme allí.
Miro el teléfono. Apenas tengo cobertura. Tres miserables rayitas de 3G. Mierda. Necesito internet. Y necesito datos.
Lo poco que gano con mis clientas del tarot me hace falta para vivir y, sin conexión, no puedo hacer las consultas.
Nota mental: encontrar algún lugar con wifi.
Entro en pánico al pensar que el único espacio público del pueblo pueda ser el bar-panadería-cervecería de la señora policía.
Dios. Por favor. Que no sea así.
¡La agencia!
Tengo que llamar a la agencia.