Capítulo 2
H e vivido en Las Breñas, Añatuya y Tostado. Llegué con diez años a España. Primero vivimos en Ibiza; después, en Madrid, donde mi madre falleció tras una larga enfermedad. Cumplí los quince en Barcelona y de allí ya no me moví.
Pero ni los pueblos polvorientos de mi infancia ni las ciudades en las que había vivido después se parecen lo más mínimo a esto.
Aquí estoy, plantada en mitad de la nada, con dos maletas, una en cada mano, y un moño alto sujetando mi pelo negro, preguntándome en qué momento exacto acepté convertirme en la agente inmobiliaria de mi padre.
Frente a mí se extiende un camino de tierra del que brotan, sin orden alguno, hierbajos y flores amarillas.
Hay dos calles estrechas, empedradas, ambas flanqueadas por casas de piedra con ventanas cubiertas por lo que, a primera vista, parecen cortinas, pero que en realidad son tapetes bordados por manos expertas.
No hay un alma.
Se oye ladrar a un perro que no logro localizar y el canto insistente de las chicharras.
Camino unos pasos buscando algo parecido a la plaza del pueblo y creo dar con ella. Es tan pequeña que solo caben dos casas, lo que supongo que es el ayuntamiento y una panadería que también sirve cervezas. Esto último lo sé porque hay un letrero que anuncia:
«Cerveza y pincho de tortilla, dos euros».
Pero nadie toma nada. Ni cerveza ni tortilla.
Miro el móvil. No hay cobertura.
No puedo actualizar Google Maps y no tengo ni idea de cómo llegar a la casa de la tía española de mi padre argentino, residente en Suiza con una suiza que en realidad es francesa de madre andaluza.
Calle del Pirineo Aragonés, número 4.
No quiero preguntar. No quiero.
Y al principio no lo hago.
Pero, por más pequeño que sea este sitio, después de tres vueltas sigo sin encontrar la casa y ya me duelen las muñecas de arrastrar las maletas. ¡Debí dejarlas en el coche, carajo!
Me trago la vergüenza, el orgullo y el miedo y entro en el bar-panadería-cervecería.
—Hola. Por favor, ¿podría decirme dónde está esta dirección?
Le enseño el móvil, donde la tengo anotada.
—¿Casa la Francisca vas?
—Sí, así es.
—¿Y quién eres tú?
—Mi nombre es Helena. Soy la hija de su sobrino.
—¿Y ese acento? ¿De dónde eres? ¿No eres de aquí?
La panadera me somete a un interrogatorio. Peaje que, supongo, debo pagar sin rechistar si pretendo llegar a la que será mi casa durante los próximos tres meses.
—No. Soy de Argentina, pero llevo aquí desde los diez años.
—¿Y ahora cuántos tienes?
—Veintisiete.
—Eso es increíble.
—¿El qué?
—Que todavía se te note el acento.
—No lo sé. Supongo que mis padres me lo pegaron.
—¿Tu padre es argentino?
—Sí. Mi padre nació en Argentina. Su padre era español.
—El Gregorio.
—¿Cómo?
—El Gregorio —insiste, remarcando cada sílaba.
—Ah. ¿Se refiere a mi abuelo?
—Claro. Tu padre es el hijo del Gregorio.
—Así es. Mi abuelo Gregorio. No llegué a conocerlo.
—Entonces, vas a casa la Francisca.
Por fin. Joder, ya era hora.
—Sí, señora, así es.
—¿Y cómo dices que te llamas?
—Helena. Aunque me llaman Helenita. O Nita.
La mujer señala con un cuchillo de pan la fachada de enfrente mientras sigue preparando bocadillos. Deben de ser un encargo porque lleva ya unos cuantos envueltos en papel de aluminio dentro de una bolsa.
—¿Ves esa casa?
—Sí.
—Pues es esa. El número cuatro.
La miro. Luego la miro a ella.
—¿En serio?
Resulta que llevo diez minutos contándole mi vida a una desconocida y la casa está a un golpe de cuchillo de cortar pan.
Surrealista.
Le doy las gracias, me despido y emprendo el corto camino de tierra y piedras que separa su tienda de mi nueva casa de pueblo.