Capítulo 1
R ecién me andaba recuperando del duelo de otro sueño muerto.
Suspendí de nuevo el examen de ingreso y, por ende, seguía sin un trabajo estable.
Se me presentaba un verano compl ejo: sin un céntimo, sin laburo y sin ganas de nada.
Sin embargo, aquello de que «Dios aprieta, pero no ahoga» pareció ser cierto y mi padre, que vive en Suiza con una señora que no es mi madre y que no me quiere allí con ellos, me echó un capote.
—Mi tía Francisca, la de Soria, ha fallecido.
—¿Y qué quieres que yo haga, papá? ¿Que vaya al entierro en tu nombre? Soria está a seis horas en coche de aquí. No tengo plata para tanta gasolina.
—No. No es eso lo que pretendo contarte.
—¿Entonces?
—Mi tía Francisca no tiene hijos, marido, ni perrito que le ladre. Me dejó su única
posesión a mí.
—¿A ti? ¿Por qué a ti? ¿Qué posesión? ¿Acaso no tiene más sobrinos?
—Sí, pero por una carambola legal la casa acabó siendo mía.
—Bueno, si lo decís tendré que creerlo, pero de legal no lo sos mucho vos , pa .
—Helena, escúchame —se pone serio—. Me ha dejado una vieja casa de piedra en un pueblo remoto de Soria donde no tengo intención de ir, y lo único que quiero es venderla y sacarme la plata que eso quiera darme y pagar deudas.
—¿Y ahí donde entro yo, pa?
—Tú me la vas a vender. Reprobaste el examen de acceso de nuevo. No tienes plaza ni laburo. Ni un peso; bueno, ni un euro. Te me vas a Soria, puedes instalarte en la casa de la tía y me mueves los papeles.
—Pero, papá, ¿yo qué rayos pinto en Soria?
—Te lo acabo de decir. Te buscas una agencia y me vendes la casa.
—¿Y qué obtengo yo a cambio? —insistí.
—Casa gratis hasta que la vendas. ¿Te parece poco?
—¿Y si no la vendo? —inquirí, desafiante.
—Tienes tres meses, Helenita. Ni uno más. Si no, la derribo y vendo el terreno.
—Bien, te haré caso. Tres meses me parece poco, pero haré lo que pueda. Y viviré bajo un techo gratis, lo cual, justo ahora, me viene muy bien.
—No esperaba menos, hija.
—Pero no tengo plata para la gasolina.
—¿Ya gastaste todo?
—Padre, yo como, pago alquiler y con las clientas del tarot no me alcanza. Claro que me lo gasté.
—Eres una ruina, hija. A ver si ya te dan plaza y dejas de pedir, que tienes veintisiete años ya.
—¿Entonces?
—Entonces, ¿qué?
—La plata para la gasolina.
—Sí, que sí, pesada. Te haré una transferencia hoy mismo. Y te mandaré las instrucciones de dónde recoger las llaves y el teléfono de una agencia que la oficial de la notaría me hizo llegar para la venta.
—Ok, pa.
—Chao, hija. Cuídate.
—Chao, papá.