El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 6
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Capítulo 6

Maya

E ran las casi cinco de la mañana cuando sonó la puerta de mi habitación.

Me desperté desorientada, no hacía demasiado tiempo que nos habíamos ido a dormir.

Con lentitud me fui levantando de la cama, peiné mi melena con los dedos y me dirigí a la puerta.

Si tenía un poco de suerte tan solo sería un fantasma que había olvidado su hora de aparecer por el hotel.

Abrí la vuelta con el bostezo dibujado en mis labios. Mi aspecto no sería el más presentable para darme un susto: no me había cambiado de ropa y el delineador de ojos descendía por la parte superior de mis mejillas.

—¿Enzo? —susurré confundida—. ¿No es un poco tarde para uno de tus reproches?

Él no contestó de inmediato. Tenía su mano izquierda apoyada en el marco de la puerta. Su cuerpo estaba ligeramente inclinado hacia el interior y me observaba como si estuviera tanteando algo que yo desconocía.

—¿Cuándo vas a hacerme la pregunta, Maya?

Parpadeé confundida.

—¿Cuál pregunta?

Dio unos pasos hacia el interior de la habitación, yo retrocedí y él cerró la puerta detrás de sí. No continuó acortando la distancia entre nosotros, tan solo apoyó la espalda en la madera debatiéndose si seguir adelante con lo que tuviera en la cabeza o marcharse corriendo.

—¿No vas a preguntarme por qué me fui sin despedirme?

—Por cobardía —respondí encogiéndome de hombros—, o simplemente no te gustaba de esa manera.

Él rio con cierta amargura.

—Me encantaría que tuvieras una de tus tantas teorías locas para este momento. —Chasqueó la lengua con tal frustración que se echó unos mechones hacia atrás—. Quizá con alguna de ellas tendrías razón.

—Ilumíname, Sáez —dije de una manera tan burlona, que sentí cómo saboreaba cada letra de mi nombre—. ¿Por qué te ahuyentó mi beso?

—Porque necesitabas crecer sin mí. —Su tono fue tajante como si sus palabras tuvieran el poder necesario de rasgar un iceberg—.

No podías aferrarme como si fuera lo único que necesitabas para respirar después de lo de tus padres.

Las personas tienen que encontrarse por sí mismas antes de centrarse en el amor.

—Mi ilusión por vivir, por no sentirme reemplazable eras tú —respondí de manera atropellada—. Eras mi constelación favorita, pero dejaste que las nubes te eclipsaran.

Mi pecho subía y bajaba con vehemencia. Me había pasado muchos años enfadada conmigo misma por perderle; por haber tomado la decisión de acercarme más a él cuando no tenía ningún derecho.

Esa incomprensión pasó a decepción hasta que comprendí que, si no tomaba mis primeras decisiones sin la validación de nadie, no sería capaz de salir de casa por mi cuenta.

—En aquel entonces, ya eras mi mundo, Maya —dijo con voz de queda—, pero no quería traicionar a Carlos tampoco. Sentía que estaba aprovechando vuestro dolor para cicatrizar mis heridas.

—Eras parte de nuestra familia, Enzo.

Sus ojos se depositaron en mí. Vi como intentaba encontrar algo de la chica repleta de ilusiones, pero me había convertido en una mujer que luchaba por lo que quería. Incluso si jamás podía conseguirlo.

—Has necesitado unos días conmigo para romper mis barreras —rio con un ápice de amargura en su voz.

Sus pies caminaban en mi dirección hasta que pude sentir su aliento haciéndome cosquillas en la punta de la nariz—.

Me has hecho comprender que no elegí una profesión para conformarme sino para ser el preludio del cambio.

Pero estaba enfrascado en todo lo que me parecía injusto para seguir poniendo inconvenientes con los niños.

—Porque me necesitas, aunque sigas negándolo.

Enzo acarició con suavidad una de mis mejillas. Era como si la yema de sus dedos quisiera recordar cada trocito de mi piel. Dibujaba líneas invisibles sobre ella como si deseara expresarle en silencio todo recuerdo que tenía de mí.

—Lo sé.

Tragué saliva mientras elevaba mi mentón, su deseo de mirarme a los ojos me embelesaba.

Me habría encantado hacerme la dura para recordarle todo lo que se sufría al anhelar a alguien que no deseaba estar a tu lado, pero siempre fue perfecto para mí.

No importaba si me llevó al colegio de niña, si me ayudó con las tareas o adoraba hacer maratones de películas conmigo.

Quería al amargado Enzo Sáez para recordarle que su vida estaba a mi lado.

—¿Crees que podemos empezar de cero?

Esbocé una sonrisa y me puse de puntillas.

No tuve ningún reparo en sacudir con suavidad la camisa de tirantes que llevaba como si tuviera alguna mota de polvo invisible que quería quitar.

Era un coqueteo infantil que siempre usé con él y parecía no haberlo olvidado porque su cuerpo se tensaba con el tacto.

—No —dije de manera tajante provocándole un respingo—.

Me niego a acercarme a ti como si nada hubiera pasado.

Ahora soy así con mis heridas y mis metas alcanzadas.

Quiero que aprendas a quererme mucho más que antes.

Porque si te hubiera olvidado seríamos desconocidos y lo que te ha hecho enfrentarme es que no has dejado de pensar en mí en todo este tiempo.

Enzo negó con la cabeza.

—Eres insoportable, Silva.

—Te encanta, Sáez —reí rozando su nariz con la mía—. Porque si no fuera así no estarías esta noche aquí.

Él resopló desesperado. Los límites desaparecieron.

Todos se desdibujaron en el instante en que sus labios tocaron los míos.

Su caricia sobre mi boca sació mi sed por él, como si hubiese deambulado durante muchos años por un desierto hasta llegar al oasis.

Pero lo que caldeó por completo mi corazón fue sentir que aquel amor jamás fue unilateral y solo necesitaba de valentía.

Mi miedo a ser olvidada se desvaneció cuando caímos abrazados en la cama.

Las pequeñas carcajadas que escapaban de mis cuerdas vocales quedaban eclipsadas en el pecho del hombre que siempre consideré mi hogar.

El tiempo se detuvo.

Por fin los dos estábamos en casa.