Capítulo 5
Enzo
E l viaje de estudios tomó un matiz diferente para mí.
Cuando salimos de nuestra ciudad pensé que volvería con la tensión a punto de rasgar cada centímetro de mi piel, pero la conversación con Maya había relajado mis prejuicios.
No solo me permití disfrutar de las recreativas con los chicos de sexto, sino que me senté con ellos a escuchar cada una de sus inquietudes de cara al instituto.
No me paré a pensar que solo eran niños jugando a ser mayores.
Tampoco reparé en el contexto del que procedían sino en cómo me hacían sentir a mí.
Porque llevaba anclado el que, para ser una buena persona, no debía desviarme del camino.
Por eso me casé con Carmen sin ni siquiera amarla y me alejé de Carlos cuando me di cuenta de que no le ayudaba en su dolor si me enamoraba de su hermana.
Empecé a comprender que el problema era la visión que tenían nuestros padres sobre nosotros, porque cada anécdota que oía de los labios de cada niño y niña hablaba de una forma diferente de vivir; donde los límites son más amplios o simplemente no existen.
¿Eso significaba que me estaba equivocando si me pedía una excedencia?
Nuestra última noche en Madrid fuimos a una de las azoteas más sorprendentes de Gran vía. No solo ellos se sintieron adultos con sus copas ovaladas de batido, sino que Maya y yo nos permitimos respirar.
Y, ahí fue cuando me permití mirarla como lo hacía antes.
Me embelesé con su medio recogido improvisado del que escapaban unos mechones traviesos que se aferraban a sus labios.
Estaba inclinada sobre la barandilla disfrutando de la tonalidad azul, rosa y verde de las luces que acariciaban el corazón de la ciudad.
La tenue sonrisa que se dibujaba en sus labios me aseguraba que estaba contenta de haber sido parte de aquel viaje, pero a la vez me recordaba que había mantenido las distancias conmigo.
«Porque yo dije que no la conocía como si fuera una persona prescindible».
—¿Cuál es tu puntuación? —pregunté con suavidad para captar su atención—. ¿Cómo calificarías tu primer viaje de estudios como maestra?
—Una experiencia recomendable, aunque no estoy segura de repetir la compañía.
Una sonrisa amenazó con dibujarse en mis labios, pero me la tragué para que no disfrutara de lo mucho que me gustaba su imparcialidad.
Maya siempre había sido entusiasta de todo lo que le gustaba y no dudaba en apostar por ello.
En mi caso siempre fui mucho más cobarde.
Quizá por no fallar a mis padres, a mí mismo o a quien fuera que estuviera en mi vida.
—¿Tan desagradable ha sido?
Maya se giró para mirarme, escondió las manos detrás de su espalda y guardó silencio mientras me observaba. La intensidad con la que siempre lo hacía me seguía abrumando como el primer día, pero había aprendido a fingir que nadie era capaz de tener ese efecto en mí.
—Lo fuiste desde que tomaste la decisión de huir de mí —dijo sin ningún tipo de filtro—, pero yo he decidido que hoy vas a comerte tus palabras.
Fingí un bostezo con tal de que torciera los labios.
—¿Cuáles de todas? —pregunté con fingida inocencia—.
Creo recordar que ya me diste un poco en la nariz asegurándome que tus niños no solo hacían collares de macarrones.
También me has dado lecciones de vida en los últimos días.
Así que, dime Maya Silva, ¿qué es lo que vas a recordarme en nuestra última noche en Madrid?
—Voy a exponerte.
Elevé una ceja con cierta confusión.
—Exponerme —repetí—. ¿Cómo exactamente?
La brisa que azotaba los mechones de Maya fue mucho más violenta, como si estuviera preparando a mi cuerpo para algo realmente temible. Ella permanecía en su postura inocente, pero yo conocía bien esa picardía en sus ojos.
—Les he contado a los niños que te quieres ir del centro —comenzó a decir como si nada—. La mayoría tienen hermanos y primos a los que les das clase. Y, bueno, esta ha sido su reacción.
—¿Qué has hecho, Maya Silva?
—Lo comprobarás enseguida.
Sin darme tiempo a reaccionar, dio un par de palmadas al aire para avisar a sus ayudantes de fechorías.
No sé en qué momento las luces que iluminaban la terraza habían pasado a tener un tono más verdoso.
Claudio y Sheila estaban escondidos detrás del pequeño chiringuito que nos había proporcionado las bebidas, entre sus manos llevaban una enorme pancarta en la que ponía lo siguiente:
«Todos corremos al lado de Enzo Sáez».
No supe cómo reaccionar. Estaba tan acostumbrado a conformarme con todo lo que iba apareciendo en mi vida, que solo cuando estuvieron a escasos centímetros de mí me percaté de los pequeños conejos haciendo deporte que siempre dibujaba en la pizarra; el arsenal de purpurina que recorría miles de bocadillos de colores diferentes.
Y, dentro de ellos no leí quejas hacia mí sino anécdotas que los acompañaría durante toda la vida:
«El maestro Enzo me compró una tostada de atún todos los días del primer trimestre porque mis padres no podían hacerme bocadillo».
«Hoy, el maestro Enzo, me ha hecho correr como un loco, pero nos lo hemos pasado genial con los circuitos de agilidad».
«Está enfadado, pero ha querido ponernos una serie deportiva de su propio Netflix».
«El maestro Enzo me enseñó a que la resistencia puede convertirse en músculo».
«El esfuerzo de hoy será la vida millonaria del mañana».
Recordaba muchas tonterías que había dicho en clase, que para mí no servían para nada y que ellos habían retenido en su memoria. Vi algunas fotos de las carreras anuales en el colegio; un dibujo de mis gafas de sol y una pequeña plegaria para no suspender cuando volviéramos a casa.
No pude contener más mi diversión y estallé en carcajadas.
Mi último año como docente me había hecho creer que no servía para nada.
Estaba tan encasillado en el comportamiento de algunos alumnos que todo lo demás estaba oculto tras una neblina tan oscura que olvidé su existencia.
Rememoré la ridícula excursión de pesca con mis compañeros de departamento.
Disfruté de los monigotes que corrían por la pista y donde se encontraba el grupo de niñas que siempre se quedaba atrás.
¿Por qué di prioridad a los momentos angustiosos cuando ellos no se habían quedado con mi mal carácter?
—Sabemos que no es mucho —Claudio rompió el silencio, tímido como siempre lo era para hablar delante de los demás—.
Nosotros no volveremos a vernos, pero queríamos recordarte, maestro, que hemos crecido contigo.
Mi hermana Mel aún está en tercero y tiene que disfrutar de tus quejas; tu recogida de libretas perfectas y de tus charlas motivadoras.
¿Por qué tiene que perdérselo por alguien que no sabe cómo gestionar la frustración o quiere reírse de todo?
Sheila intervino cuando empezó a tartamudear.
—Además, siempre nos lo has dicho… —hizo una breve pausa—, para tener una estrella en el cielo, debemos subir todos los escalones que podamos hasta llegar a nuestra meta. No importa si retrocedemos, caemos o tenemos que volver a empezar. Intentarlo es de valientes, no hacerlo de cobardes.
Las lágrimas comenzaron a agolparse detrás de mis ojos, amenazaban con quemar mi retina si no se deslizaban por mi rostro. Tomé un poco de aire intentando no derrumbarme, pero ¿Cuándo fue la última vez que sentí que hacía las cosas bien?
Los niños comenzaron a aplaudir mientras vitoreaban mi nombre. Daba igual si me decían maestro o profe, yo solo podía mirar esa pincelada de vocación que dormitaba en mi interior. Se estiraba con la única intención de volver a intentarlo una vez más.
La medianoche dio paso a la madrugada. Jamás había jugado a ningún juego de cartas que no fuera la baraja española.
Me enseñaron el Uno, con sus miles de trampas, cambios de color y giros sin sentido.
Después les enseñé la brisca y el cinquillo, donde me sentí un carcamal de setenta años explicando la finalidad de las cartas.
Debo admitir que nos divertimos, tanto que los camareros nos tuvieron que pedir amablemente que volviéramos al hotel.
Porque el tiempo se marchó de una manera tan fugaz que, por primera vez en mucho tiempo, me sentí como en casa.
¿Eso significaba que había recuperado la parte de mí que me faltaba?
Recordé a Maya dando las buenas noches a los alumnos antes de marcharse a su habitación y supe que mi lugar siempre había estado donde ella pudiera mirarme. No donde pudiera olvidarme.