El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 4
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Capítulo 4

Maya

—N o hay docentes para el viaje de estudios.

El director utilizó un tono solemne en la reunión.

No lo decía con reproche sino con una profunda resignación.

La mayoría de los presentes estaban cansados de marcharse fuera del centro con alumnos que solían portarse fatal.

Entendían a la perfección que quisieran divertirse, disfrutar de sus últimos instantes como niños de primaria antes de dar el paso al instituto, pero la responsabilidad era demasiado grande.

Se nos informó a los recién llegados ese año, que el curso pasado hubo un incidente durante el viaje.

Unos chicos habían decidido tomar alcohol de madrugada en la habitación del hotel.

Los profesores se habían ido a la cama y concretaron la hora de verse en la recepción al día siguiente.

Sin embargo, todas las actividades tuvieron que cancelarse porque a las cinco de la mañana estaban en el hospital con tres alumnos que habían sufrido un coma etílico, dos con heridas en la cara tras haberse peleado y otro de ellos consiguió marihuana y estaba colocado. En definitiva, un auténtico desastre.

—Se que la mayoría de vosotros no estáis dispuestos a pasar por esto una segunda vez —comenzó a decir con cautela—.

Este año hemos insistido durante los encuentros con los padres en que, alumno que se comporte mal, vuelve a casa bajo los gastos de su familia.

Están advertidos de que no habrá más avisos. Enzo, ¿no te ves capacitado para esto?

Deslicé mi mirada por la sala de profesores hasta dar con él. Estaba como de costumbre; con su típico gesto cabizbajo mientras fruncía el ceño. Cuando captaron su atención mostró su desagrado, pero no se quejó. Tan solo escuchó la petición del director con su respectiva indiferencia.

—¿Me estás pidiendo que, con mi poca paciencia, vaya con ellos de viaje?

—Es lo más efectivo para prevenir situaciones conflictivas.

—El director se encogió de hombros con derrota.

No podía imaginarme que algo tan importante como un viaje de estudios para los niños pudiera ser una bomba de relojería para nosotros.

Era la primera vez que lo vivía desde el otro lado—.

Tu autoridad provoca el respeto del alumnado.

—Solo conseguirás que vuelva a casa cabreado, Roberto —suspiró mientras se pellizcaba el puente de la nariz—. Un viaje rodeado de niños que te amenazan con cualquier tontería es lo que menos me apetece.

—¿Y si te dijera que haré la vista gorda durante un mes y no tendrás que hacer guardia en el patio durante el recreo?

Enzo pareció meditar la respuesta durante unos segundos, aunque por el ligero brillo de sus ojos estaba segura de que la tenía muy clara.

—Acepto con una condición.

El director alzó las cejas con curiosidad.

—Ya que Silva no se ha estrenado en un viaje de estudios porque sus niños son muy pequeños —comenzó a decir humedeciéndose el labio inferior—, podría acompañarme en esta bonita batalla.

Tuve que parpadear un par de veces para procesar la información.

Dentro de mis ideales no estaba tener bajo el brazo la responsabilidad de tantas personas.

Quería protestar, decirles a los presentes en la reunión que mi último deseo era lidiar con alumnos tan grandes, pero cuando Enzo alzó una sonrisa perspicaz, dándome a entender que me acobardaba… me pudo el orgullo.

—¿Por qué no?

El primer día ya tenía ganas de matarlo.

Enzo se había tomado muy en serio lo de llevar su asignatura a cada punto del viaje.

Nada más poner un pie en Madrid, nos hizo dejar las maletas en el hotel para hacer un poco de calentamiento por el parque donde se encontraba el Templo de Debod.

Cada vez que alguien se paraba para hacerse una foto, le advertía que las vueltas por el lugar se ampliarían.

Así que ahí estaba yo, con mi café en la mano mientras seguía con mi mirada a aquel idiota oculto tras sus gafas de sol que presidía a la fila de alumnos.

El segundo día, aseguró que no comeríamos nada de comida rápida con la excusa de que los procesados no nos acompañaban durante la expedición.

Los niños protestaban; susurraban bajito lo injusto que estaba siendo un viaje con tantas ataduras y a mí me daban tanta pena que aprovechaba la distancia con Enzo para meterme con ellos en cualquier heladería cercana.

No me resultó tan agonizante disfrutar de la compañía de alumnos tan mayores.

Empezaron a abrirse conmigo, me contaban sus problemas como si fueran los asuntos más horribles que podía vivir un preadolescente de casi doce años.

Se reían, hablaban de sus primeros romances y se sentaban a mi lado durante el desayuno porque me veían como una aliada durante nuestro recorrido de museos.

Hasta que Enzo descubrió que nuestro viaje no estaba siendo una formación militar gracias a mí.

La mañana del tercer día, aproveché para levantarme antes que los demás.

Bajé al buffet libre y elegí unos huevos revueltos, un poco de queso fresco y unos bollitos de canela.

Me senté cerca de la cristalera, que daba justamente a las mejores vistas del corazón de Madrid que jamás había visto.

Disfruté del bullicio de la ciudad con la música de jazz que se escuchaba dentro del restaurante.

Me deleité del ligero tintineo de los cubiertos mientras la gente de mi alrededor hablaba en un tono que ni siquiera me molestaba.

Todo habría sido perfecto si él no hubiera arrastrado la silla que tenía delante de mí; se cruzara de brazos y me mirara fijamente.

Mi apetito se vio reducido a cenizas: ya no tenía demasiadas ganas de disfrutar de los diferentes sabores sobre mi paladar.

Solo quería enfrentar a ese condenado hombre de titanio que tenía delante.

—Me estás quitando autoridad, Silva. —Su tono fue cortante como si pretendiera asustarme con él.

Mi piel reaccionó a su tono aterciopelado, a la forma en la que alargaba las sílabas, pero no me achanté.

Tomé mi taza de café entre mis dedos y le di un sorbo sin dejar de observarle—.

Debían sentir respeto hacia mí, para que no existieran inconvenientes.

—Esto no es una formación militar, Sáez —dije con cierto desdén—. Los niños, niños son. Claro que querrán jugar a ser mayores, pero también necesitan que se les escuche.

—No somos colegas, Maya.

Abrí los labios fingiendo sorpresa.

—¿Ahora soy Maya y no Silva? —ladeé la cabeza—. No te va a servir suavizar el tono conmigo como cuanto tenía diecinueve años. Soy adulta, lo suficiente para decirte que estás actuando como un capullo.

Enzo estaba dispuesto a protestar, pero se mordió el labio inferior. Me había cansado de que actuara conmigo como si fuéramos desconocidos. El tiempo podía alejar a las personas, pero él se había marchado como un cobarde en mitad de la noche.

—Deja de actuar como una alumna más con ellos —advirtió inclinándose hacia mí—. Si ocurre algo será culpa tuya.

Removí los labios incómoda.

—Me sorprende que una persona como tú que siempre ha tenido vocación para esto, trate a sus niños como si fueran enemigos.

—Hice una pausa mientras dejaba con delicadeza la taza sobre la mesa—.

No sé qué te habrá endurecido con los años, pero la vida ya es lo suficientemente difícil para tratarlos como números.

—Los tiempos cambian —susurró con tal pesadez que apoyó la espalda en el respaldo de la silla—, la educación en los hogares por un motivo u otro también y yo no soy capaz de lidiar con ello.

—Tú que has lidiado con Carlos que no dejaba de llorar de frustración. —Chasqueé la lengua—. Y conmigo que no comprendía por qué mi madre no sabía quererme.

—Es diferente.

—No, no lo es.

Él resopló molesto.

—Maya.

Arrastré la silla con desesperación. Odiaba ver la decepción dibujada en su iris, como si se arrepintiera de las decisiones que había tomado en la vida. Enzo siempre había sido el faro que me alejaba de mis miedos; de mis inseguridades y de la condenada soledad.

¿Cómo podía lograr que la ilusión se hiciera paso entre tanta frustración?

—Una vez me dijiste que la tristeza se asemejaba al manto de un cielo estrellado —comencé a decir con suavidad—.

Cuando crees que la oscuridad te engullirá, aparece una lucecita sobre nuestra cabeza para recordarnos que la vida tiene momentos que nos incentivan a seguir.

Eso ocurre con la educación, Enzo. Tras tanta impotencia siempre existe ese niño o niña que nos recuerda que ha merecido la pena.

Él se levantó al notar que estaba dispuesta a alejarme, su mano se enroscó en mi muñeca impidiéndome la huida. Nos miramos largo y tendido como si aquella conversación silenciosa que se quedó a medias entre nosotros quisiera cobrar vida.

—¿Cómo se recuerda algo así?

Estuve dispuesta a responderle, pero cuando los alumnos que nos acompañaban comenzaron a entrar en el salón, los silbidos y aplausos nos hicieron alejarnos. Desde ese momento nos perseguiría la típica cancioncilla de que la maestra de infantil y el profe de educación física estaban juntos.