El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 3
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Capítulo 3

Maya

—D e verdad que no necesito ayuda.

Mi voz debía sonar convincente. Tenía la suficiente paciencia para lidiar con cinco niños de tres años que no dejaban de llorar, otro que tenía una pataleta y los restantes intentaban recordar con qué hábitat natural debían relacionar cada animal.

¿Por qué no iba a poder sobrevivir yo sola a la mañana?

—Necesitas una maestra de apoyo para la programación de hoy —advirtió Marcos viendo el desastre al que tenía que enfrentarme—. ¿Qué tenías preparado para hoy aparte de la tarea de los animales?

—Como nos queda una hora y media hasta el desayuno pensaba hacer una máscara de animal con un plato de cartón, unos cordones y cartulina —respondí un poco preocupada de tener que dejarlo a medias—. Pensaba recortar todo el material mientras terminaban esto.

—Mar no está. —Me recordó el secretario con suavidad—. Ha tenido que salir a una cita médica, pero Enzo está de guardia: sus alumnos se han ido de excursión, le diré que venga a echarte una mano.

«De todos los maestros que pueden estar disponibles, ¿tiene que ser él?», pensé con el corazón acelerado.

Me había dejado claro que no recordaba nada de mí. No existían las charlas cuando me despertaba de madrugada, su ayuda en las tareas ni nuestras tardes jugando al pimpón.

Al parecer, todo lo viví yo sola.

Mis propios pensamientos me estaban jugando una mala pasada.

Cada vez que pensaba en su actitud despectiva, recordaba la noche de mi cumpleaños; mi hermano había tenido que salir unos días de viaje y nos quedamos a solas.

Me sentía tan valiente y adulta que, cuando lo besé, el mundo se me cayó a los pies.

Los fuegos artificiales que hacían temblar mi cuerpo se fueron apagando poco a poco.

Su rechazo no solo me hizo retroceder, sino que tambaleó mi mundo por completo.

Porque no solo me enamoré de Enzo por no tratarme como si fuera de cristal, sino porque me veía más allá de una niña abandonada por su madre.

Creía en mí cuando yo empezaba a pensar que, sin la estabilidad que suponía el matrimonio de mis padres, no sería nada el día de mañana.

Y empecé a alejarme un poco de la etiqueta de hermana pequeña solo para tomar decisiones con la cabeza fría: no podía detener mi vida por las elecciones de los demás.

—¿Silva?

Di un respingo volviendo a la realidad.

—De acuerdo, está bien —susurré con suavidad—. Aunque no lo necesito para que les haga correr alrededor de la clase, eso solo haría que se pusieran más nerviosos.

Marcos no contestó mi ironía, tampoco tenía por qué hacerlo.

Me apresuré a mi mesa para cortar algunos bigotes, orejas de elefante y melena de león para la manualidad de hoy.

Enzo no tardó demasiado en entrar en el aula, llevaba un pantalón negro de chándal y una camiseta técnica con una línea en verde pistacho que se ajustaba a su cuerpo a la perfección.

Como de costumbre llevaba sus gafas de sol puestas, como si la luz de la clase le deslumbrara demasiado.

Cuando lo vieron entrar, los niños se sumieron en un profundo mutismo; su presencia infundía tanto miedo como respeto entre ellos.

Estaban absortos admirándole como si se tratara del villano de una serie de dibujos.

—Chicos, ¿conocéis a Enzo, el maestro de Educación Física?

Los niños salieron de su asombro, no tardaron en rodearle mientras le hacían preguntas con sus lenguas de trapo. Me resultó imposible no reírme. Era evidente que estaba acostumbrado a lidiar con alumnos mucho más grandes y los míos se escapaban de su entendimiento.

—No estoy en mi zona de confort —respondió con su habitual tono lleno de indiferencia—. ¿Tenemos que hacer collares de macarrones, Silva?

Mis manos se detuvieron de inmediato. Me había pasado los cuatro años de carrera escuchando los mismos comentarios relacionados con mi profesión.

La gente no valoraba para nada nuestro trabajo.

Pensaban que era sencillo lidiar con veintidós niños dentro de una clase.

Cada uno de su madre y de su padre: con sus inquietudes y personalidades.

Todo lo que aprendían mientras estaban en nuestras manos les ayudaba a soltarse más de cara a la preadolescencia.

Y no solo eso, conocían sus emociones; entendían que debían expresarse; dar voz a todo aquello que pasara por sus pequeñas cabecitas.

Porque la verdad de los niños era tan válida como la de los adultos.

Me resultó imposible no dejar de mala manera las tijeras sobre la mesa. Enzo se quitó las gafas y las acomodó sobre su cabeza. Mi ceño fruncido le advirtió que su comentario estaba muy fuera de lugar.

—Pensaba que los compañeros de profesión no se echaban tierra encima —dije sin pensar mientras me levantaba de mi asiento.

—Es más complicado lidiar con niños más mayores —Enzo encogió los hombros como si fuera lo más normal del mundo—. No es que trabajéis mucho después de todo.

La sonrisa que se dibujó en mis labios fue forzada, tanto que no pensaba asentir como si tuviera la razón. No me gustaba salirme demasiado de lo que tenía preparado para ese día, pero darle en las narices a Enzo Sáez me iba a dejar un regusto dulce en el paladar.

—Es de idi… tontos… pensar que un niño de tres años sabe menos por ser pequeño, Sáez —advertí con cautela mientras daba unas palmadas—. Chicos, vamos a la zona de la asamblea.

Enzo no despegaba la vista de mí, me siguió con la mirada hasta los pequeños bancos de madera que utilizábamos cuando los niños llegaban a primera hora de la mañana. Allí hacíamos un repaso de conocimientos, me contaban sus experiencias y cantábamos un poco.

Nos sentamos en círculo bajo la supervisión del aterrador maestro de educación física, que parecía dispuesto a dar su horrible veredicto. Yo le ignoré. Quizá su presencia podía provocar que mi cuerpo reaccionara en consecuencia, pero era mi clase y nadie tenía por qué decirme que no trabajaba.

Solo por eso pensaba darle en las narices.

—Chicos, llevamos unos días hablando del hábitat donde viven los animales, ¿no es cierto?

—Ellos chillaron de manera efusiva mientras yo levantaba la cabeza con orgullo en dirección a Enzo.

Humedecí mis labios con lentitud. Tenía por completo su atención en una batalla que él iba a perder.

Así era de competitiva—. ¿Recordáis qué animales vivían en la sabana?

Emocionados, todos levantaban su dedo índice con la intención de que su postura firme fuera el que captara mi atención. A veces se empujaban uno a otros con la intención de solaparse, pero era algo que pensaba trabajar durante el trimestre.

—Hugo —nombré a uno de mis alumnos que, avergonzado levantaba la mano desde el banco de madera; me abracé las piernas, curiosa—, ¿le cuentas al maestro Enzo un poco lo que sabes?

Enzo enarcó una ceja, sabía bien que le estaba advirtiendo que iba a comerse cada una de sus palabras. Me limité a fingir un gesto inocente esperando que mi alumno se levantase de su lugar.

—No pasa nada si te equivocas —le recordé.

—E-En la selva hay una temperatura cálida —comenzó a decir alargando las sílabas finales. Estaba nervioso, tanto que jugueteaba con sus deditos—. Tiene muchas plantas porque llueve muuucho y crecen muy deprisa. Es la casa de los animales salvajes como el león.

—Muy bien —felicité dando una pequeña palmada—. ¿Érica?

La aludida se levantó tomando ambas puntas de su vestido, adoraba los peinados trenzados que solía hacerle su madre todos los días.

—En la granja viven los animales que cuidan los granjeros y que nos dan alimentos. —Guardó silencio durante unos segundos pensativa—. La vaca nos da leche y la gallina huevos frescos y más ricos y sanos que los de Mercadona.

—Y en las zonas más frías, donde hay mucho hielo viven los ositos polares —añadió uno más—, también los pingüinos que andan así.

Laura fue la siguiente en levantarse imitando los pequeños pasos de un pingüino; las risas de sus compañeros no tardaron en aparecer, por lo que tuve que captar su atención cantando una de las canciones que estábamos aprendiendo sobre los hogares de los animales.

Los niños seguían mis gestos con sus manitas ajenos a la tensión que sentía en cada parte de mi cuerpo.

Podía sonreír, hacer movimientos exagerados para hacerles reír, pero era imposible no sonrojarme si Enzo Sáez me observaba con tanta intensidad.

Cuando terminamos les pedí que fueran a lavarse las manos y se prepararan para desayunar. Por mi parte me encaminé hacia mi mesa, bebí un poco de agua disfrutando de los pocos segundos que tenía para mí. Ya solo me quedaba la hora de patio para llegar a la última parte del día.

—¿Acabas de hacer eso para recalcarme que las maestras de infantil sí trabajáis?

La voz de Enzo me llamó la atención. Había acomodado su mano derecha sobre mi mesa, sus dedos acariciaban con suavidad el bolígrafo terminado en pompón mientras chasqueaba la lengua como un depredador a mi alrededor.

—Nadie dijo que no se pudiera educar jugando, Sáez —encogí los hombros con simpleza—. ¿Acaso has olvidado que disfrutar de la lección no impide aprender?

Él se mordió el labio inferior pensativo, pero yo no me molesté en detenerme. Miré por el rabillo del ojo que ninguno de mis niños se hubiera descarrilado de su camino.

—Al parecer, sí.

—¿También has olvidado cómo disculparte? Creo que me enseñaste que errar era de sabios.

Enzo dio unos pasos hacia mí, noté su aliento muy cerca de mi nuca, pero no iba a darme la vuelta.

—No tienes la culpa de que haya perdido la chispa. —Su tono de voz fue tan cauto como aterciopelado. Era como si tuviera miedo de dar voz a cada sílaba que escapaba de sus labios.

«¿Ahora no niegas haberme olvidado?», pensé torciendo los labios.

—Busca la motivación para encenderla, Sáez. —Giré con suavidad mi cabeza en su dirección—. Las palabras mordaces y repletas de indiferencia no solo quiebran tu alma, también hacen pedazos a todos esos niños que te admiran.

En sus ojos pareció resquebrarse una parte de esa coraza a la que tanto intentaba aferrarse.

Vi como volvía a alzar ese semblante impenetrable y me lamenté de que mi atrevimiento años atrás le hubiera hecho alejarse.

Porque quizá, si no le hubiera besado en ese momento, no tendría que esconderse tras tantas mentiras.

—¿Y tú eres capaz de avivar esas llamas, Silva?

—No lo creo —dije con la victoria acariciándome los labios—. Después de todo no me conoces lo suficiente para tener ese poder en ti, ¿no es cierto?

Él abrió la boca para defenderse, pero yo sonreí orgullosa mientras me escabullía a rellenar el gel de manos de mi clase.