Capítulo 2
Enzo
C laro que la recordaba.
Maya Silva, la cría de la sonrisa sincera.
La que siempre me perseguía por todas partes con la intención de arrancarme unas palabras.
La que intentaba por todos los medios hacerse invisible cuando el divorcio de sus padres le hizo perder la felicidad y tuvo que crecer sin apoyo de nadie.
Después de todo, Carlos no estaba preparado para tener la custodia de una hermana adolescente, ni tampoco la responsabilidad que eso conllevaba.
Era fácil vestirme con la indiferencia. Durante los últimos años había sido una segunda piel para mí.
Si no aspiraba a nada, la realidad no volvería a noquearme.
Así que prefería actuar como un capullo, porque así no se acordaría de eso bueno que veía en mí.
El tiempo había construido una coraza alrededor de mi corazón, tan fuerte y antidestructiva que sentía que todo mi cuerpo estaba en automático.
No estaba pasando por mi mejor momento. Mi matrimonio se había ido a la mierda mucho antes de que empezara.
Mis padres me habían asegurado lo inadecuado que era que un maestro como yo no tuviera pareja, así que hicieron todo lo posible para juntarme con la hija de uno de sus colegas.
Éramos amigos de toda la vida, pero en nuestro caso la amistad no pasó a otro nivel.
Así vinieron los problemas de límites, no querernos más allá de dos personas que se entienden y jamás tuvimos hijos.
Para mi maldita desdicha, la desilusión acerca de mi trabajo empezó a hacerme caer en picado.
Con los años el nivel de los niños era cada vez peor: no se involucraban, no querían trabajar y cualquier protesta nos llevaba a los docentes a tener una pelea con los padres.
Había pasado de tener libretas que hablaban a la perfección de las lesiones habituales que podían ocurrir al hacer ejercicio, a tener un rayajo mal hecho con dos palabras.
La limpieza, la escritura, los dibujos eran jeroglíficos que ni siquiera yo, tras tantos años como docente era incapaz de entender.
Pero lo que me hacía perder los nervios por completo era la escasa educación con la que tenía que luchar todos los días: si yo le hubiera contestado a un maestro como me respondían a mí, habría terminado expulsado.
Así que bailaba entre el desamor, mis ganas de dejarlo todo y el maldito recuerdo de Maya Silva.
Era un cobarde.
Me habría encantado perderme cada avance en su vida, así no sabría lo mucho que sufrió en su último año de bachillerato, que jamás tuvo demasiada suerte en el amor y que se esforzó durante la adultez hasta conseguir durante los cuatro años de carrera matrícula de honor.
Todo lo supe de los labios de mi amigo, que siempre tenía en su boca una nueva hazaña o torpeza de su hermana pequeña.
Y, aunque creyera que era sencillo escucharlo, el tiempo me aseguró que Maya nunca saldría de mi cabeza.
Estar a su lado dejaba una sensación dulce en mi paladar, daba frescura a mi vida, pero también la acercaba tanto a mí que, cuando me besó en su cumpleaños número diecinueve desaparecí sin mirar atrás.
No era un hombre que se aprovechara de las situaciones.
Carlos aprendía a ser adulto bajo las exigencias de una madre ausente y no iba a aferrarme a Maya.
Era su hermana pequeña, joder… Era más fácil dejar ir al recuerdo de algo prohibido que detener la vida, porque sabía bien que eso nadie podía devolvértelo.
—Maestro —escuché desde lejos—. ¡Maestro!
Me quité las gafas del sol para fingir que estaba pendiente de la pista, aunque hacía bastante rato que había olvidado donde me encontraba.
Deslicé mi mirada con suavidad por el grupo de quinto que corría a su alrededor, como de costumbre los niños hacían una piña delante mientras que las niñas cuchicheaban atrás.
No me molestaban que lo hicieran, lo que no comprendía era por qué si había dicho en miles de ocasiones que no se podía traer vaqueros me ignoraban por completo.
—Tres vueltas más —dije con mi típico aspecto autoritario—. Esas tres señoritas de allí no participarán en clase hoy.
Una de las alumnas, la cabecilla del grupo se acercó a mí en dos zancadas, tenía el ceño fruncido y se acercaba dispuesta a replicarme.
—No voy a sentarme porque tú lo digas —respondió con tono burlesco—. Le voy a decir a mi madre que me has suspendido a propósito.
—Tendré que volver a decirle en la próxima reunión que en Educación Física no se traen vaqueros. Tenemos dos días de clase, los restantes puedes vestirte como tú quieras.
Antes de comenzar una pelea sin sentido, me dispuse a acercarme al material que tenía apilado en una esquina de la pista, de donde había sacado los balones medicinales para hacer unos ejercicios de fuerza.
Si mi programación se llevaba a cabo, podría dejarles unos veinte minutos de juego libre: adoraban coger cualquier material del gimnasio y, si se portaba bien, no me importaba.
—Me estás excluyendo por ser una chica —Sus palabras me hicieron detenerme por completo, lo último que me faltaba era que me acusaran de ser un machista. Me mantuve quieto esperando que continuara con la guinda del pastel—. Esto es denunciable. Tengo el mismo derecho que…
Antes de seguir escuchando prejuicios que me retorcían las entrañas señalé con mi dedo índice hacia el edificio en color mostaza que teníamos a nuestra derecha.
No iba a levantar la voz, porque en situaciones anteriores no me había servido para nada.
Así que me limité a recordarle donde se encontraba el despacho del director.
Una vez lo hice seguí con mi clase fingiendo que aquello no había rozado los últimos límites de mi paciencia.
Eran las seis de la tarde cuando Carlos me abrió la puerta de su casa.
Su sonrisa burlesca siempre me hacía chasquear la lengua, pero solía compensármelo con un empujón amistoso muy propio de él.
Cuando entré en el salón, un nostálgico olor a frutos rojos me recorrió todo el sistema nervioso.
Era como volver a la época en la que opositaba, donde llenábamos el salón de apuntes hasta que exhaustos nos tomábamos un par de cervezas.
—¿Cómo está Vega?
Mi colega deslizó la mirada en dirección al sofá, donde su mujer dormía hecha un ovillo. Su maraña de pelo rubio coloreaba el cojín en forma de hamburguesa que descansaba bajo su cabeza y abrazaba su vientre abultado con dulzura.
—Veo que bien —susurré aliviando la tensión de mi ceño—. ¿Vas a tener que volver a Zaragoza pronto?
—En unas semanas. Vamos a la cocina, lleva un par de noches sin dormir.
Asentí con suavidad sin insistir demasiado en el tema, Carlos había opositado para guardia civil y viajaba bastante por temas de trabajo. En un principio no parecía importarle, pero desde que se casó le costaba demasiado alejarse de su mujer, como era comprensible.
—Es raro que vengas a hacerme una visita —Mi colega me sacó de mis pensamientos, deslizó sobre la barra una botella de cerveza que no tardé en sostener en mi mano izquierda—. Solo lo haces cuando Carmen te ha demandado por otro motivo de tu extenso divorcio o porque algo te inquieta.
—Estoy pensando en pedirme una excedencia en el trabajo —dije con un ápice de vergüenza. Destacaba por tener mucha paciencia. Adoraba el deporte y educar a través de él, pero no podía con la generación actual—. Estoy quemado.
—¿Tan insoportables son los preadolescentes?
—Te dejaría vivir la experiencia una semana, pero creo que no mirarías a tu futuro bebé de la misma manera —suspiré inclinando el botellín sobre mis labios; el sabor amargo se deslizó por mi garganta, dejándome un regusto en el paladar.
—No me parece mal parar —Carlos encogió los hombros mientras apoyaba la espalda sobre la encimera—, quiero decir, nadie te va a decir que lo estás haciendo mal.
Cada uno tiene sus ritmos: su paciencia y sus límites.
La vida no tiene que ser lineal, no tienes que pasarte el juego, solo respirar lo mejor que puedas.
—Siento que me he fallado a mí mismo.
—¿Por qué?
Mi mirada se ensombreció ligeramente, no sabía cómo decirle que Carmen había destrozado la poca autoestima que tenía, que la actitud de los niños me hacía pensar que era un maestro de mierda y, que la presencia de su hermana me había desestabilizado por completo.
—No tengo nada que me haga feliz.
«Y no soy Hades. No puedo aferrarme a mi Perséfone personal para alejarme de mis propios demonios. Maya necesita crecer lejos de mí, no aferrarse como a mí como si yo fuera la única opción que tiene», pensé angustiado.
—Pensaba que existía algo que te había hecho alejarte —Carlos me miró de soslayo—.
Pasaste de vivir conmigo todos los días a desaparecer sin más.
Entiendo que no me debías nada, pero al fin y al cabo has sido mi familia en mis mejores y peores momentos.
¿No era ese el motivo por el que decidiste vivir como un lobo solitario?
Abrí la boca para decirle que no era cierto. Jamás dejé de verle como mi familia, pero no podía aferrarme como un clavo ardiendo a algo hasta el punto de enamorarme de Maya.
—Si te hice pensar eso soy un amigo de mierda—suspiré—, merezco comer tus asquerosos raviolis de alcachofa.
Carlos soltó una carcajada tan estridente que tuve que recordarle que su mujer dormía en el sillón, a lo que asintió conteniéndose un poco.
—Admitir los errores es el primer paso para mejorar, Enzo —Se acercó a mí, apoyando los codos sobre la encimera mientras se inclinaba, como había hecho Maya en la sala de profesores—.
Pero ¿por qué no somos sinceros del todo y me dices que mi hermana ha empezado a trabajar en tu colegio y te ha trastocado?
El corazón me dio un vuelco.
—¿Q-Qué?
Carlos chasqueó la lengua mientras ladeaba la cabeza.
—Solo quiero que sepas que en ningún momento me has fallado —dijo de manera casual—. Eres libre de tomar decisiones y sería más sano para ti si lo hicieras quitándote el palo que tienes metido por el culo.
Molesto rodeé la barra americana para darle un buen puñetazo, pero Carlos dio un par de brincos para alejarse de mí mientras me sacaba el dedo corazón.
—Eres insufrible, Silva.
—Eso ya lo sabías, pero nunca te has quejado lo suficiente. Así que ahora tendrás que aguantart