Capítulo 1
Maya
M e sentía pequeña. Tanto como la primera vez que pasé el umbral plateado de la puerta que conducía al pasillo.
El olor a canela se había adherido a sus paredes, como un recuerdo más que despertaba la nostalgia en mi corazón.
Si alguien hubiera dirigido mi cuerpo se habría dado cuenta de que temblaba como una niña asustada, menos mal que mis pantalones en gris perla, acompañados de una blusa blanca aferrada a las muñecas servían como armadura contra mi propia ansiedad: era una de mis primeras veces trabajando como maestra y lo estaba haciendo en el colegio en el que yo estudié.
Me aventuré por mis recuerdos mientras admiraba el enorme corcho repleto de momentos que había vivido nuestro centro.
Una sonrisa se me dibujó en la cara al ver a Camila, mi mejor amiga, orgullosa de haber ganado la competición nacional de natación cuando tenía diez años.
Reconocí a algunos compañeros de clase en los campamentos de matemáticas e incluso salía yo vestida de bruja para la obra teatral de Hansel y Gretel.
También había algunos recortes de periódico que había observado embelesada cuando estudiaba allí; en ellos aparecía mi padre de niño, con el ceño fruncido mientras reprochaba molesto sobre algo.
«Parece que no ha cambiado nada por aquí», pensé aliviada.
—¿Señorita Silva?
Mi cuerpo dio un brinco al escuchar que alguien se dirigía a mí. Nerviosa, me giré mientras me atusaba el pelo; quería dar mi mejor impresión, aunque no necesitase la aprobación de nadie: Me había pasado cuatro años luchando por obtener mi plaza fija y ahora que la tenía no pensaba soltarla.
—Esa soy yo —respondí algo nerviosa—. Maya Silva, la nueva maestra.
Intenté recordar aquel bigote ondulado, la expresión seria repleta de arruguitas de algún profesor que me hubiera dado clase, pero el hombre que me observaba no estaba en mi mente. Tampoco su mirada severa, ni sus ojos marrones.
—Soy Marcos, el secretario del colegio —aclaró dejándome un regusto agridulce en el paladar.
En mi época como estudiante era Félix el que se encargaba de ello, pero seguramente se habría jubilado—.
El director está fuera realizando unos cursos de formación, así que iremos a la sala de profesores: te indicaré dónde está la llave de tu clase, tu lista de alumnos y si hay alguna reunión de ciclo pendiente.
Como te has incorporado a mitad de curso, coordínate con tus compañeros para estar al día del proyecto de este trimestre.
—Por supuesto.
«Tranquila, Maya. Son solo indicaciones, no tienes que recordar todo lo que te está diciendo», pensé para intentar aliviarme.
La sala de profesores seguía amueblada como yo recordaba.
Era una enorme mesa rectangular de madera.
A su alrededor había sillas de color verde que se habían oscurecido con el paso del tiempo.
El asiento era mullido como si se tratase de una esponja y su respaldo era mucho más cómodo que el de las sillas que utilizaban los niños.
En el centro descansaban algunos documentos para firmar que no tenía ni idea de qué trataban.
Lo único diferente era que contaban con dos ordenadores, cuando antes no había ninguno, una nevera y una cafetera dolce gusto .
Me habría encantado que la estancia estuviera vacía, pero para mi mala suerte había algunos profesores sentados: una muchacha con un par de niños que no levantaban la vista de sus libretas. Un hombre que no me sonaba de nada tecleando en su portátil y Enzo. Enzo Sáez.
El mejor amigo de mi hermano y el maldito maestro de Educación Física.
Mi corazón martilleó dentro de mi caja torácica. Era imposible que, después de tantos años siguiera teniendo ese efecto en mí. Su presencia quemaba mis entrañas, las reducía a cenizas y volvían a resurgir solo para recordarme que podía dejarme sin aliento.
Enzo había sido parte de nuestra familia desde que Carlos y él se hicieron inseparables.
Solía llevarme al colegio cuando mi madre olvidaba hacerlo, se quedaba en casa y hacía maratones de películas con mi hermano.
A la vez era severo, autoritario, pero cuando se divertía mostraba una sonrisa tan cautivadora que me arrancaba más de un suspiro.
Siempre creí que la adicción que sentía por él se debía a su presencia constante en casa; era parte de mi vida desde que tenía uso de razón.
Sin embargo, durante mucho tiempo nuestra relación se redujo a eso: intercambios de palabras simples, temas triviales que comenzaba yo y se desdibujaban sobre nuestra cabeza.
Hasta aquel día que desapareció sin despedirse.
Me habría encantado decir que había cambiado, pero seguía teniendo el pelo corto, peinado ligeramente hacia atrás, en el que brillaban algunas canas.
Sus rasgos afilados seguían imponiendo como el primer día, pero me daba la impresión de que estaban más cansados que de costumbre.
El ligero tono verde de su iris parecía hundido en una mezcla de derrota, aceptación y molestia que jamás había visto en él.
—Entonces, ¿puedo incorporarme en cuanto suene el timbre? —pregunté notando como las sílabas temblaban en mi garganta.
—Por supuesto, le diré a Mar, la maestra de apoyo, que te eche una mano hoy.
—Gracias, Marcos.
Él asintió mientras se marchaba a secretaría y no tenía muy claro si podía quedarme allí o tenía que esperar fuera.
«Eres maestra, no alumna, claro que puedes estar dentro de la sala de profesores».
—¿Es la primera vez que ejerces?
La maestra que estaba al fondo de la estancia me habló con calidez, sin duda había notado que no sabía muy bien qué hacer.
Tenía el pelo rizado, con un volumen que ya me habría encantado en la fina trenza que me había hecho esa mañana.
Sonreía con suavidad, mientras chistaba a sus alumnos para que no se pusieran a hablar.
—He hecho un par de sustituciones —dije sentándome cerca de ella—, este es mi lugar definitivo.
—Eso es una suerte —asintió con suavidad—. Por cierto, soy Martha, la profesora de inglés. Y estos dos terreneitors son Youssef y Blas.
Contuve una sonrisa dirigiéndome a ellos.
—Es un placer.
La conversación con Martha me permitió soltarme un poco, la tensión en mis hombros comenzó a aflojarse tanto que no me dio vergüenza sacar mi agenda de conejitos delante de ella.
Tampoco comentarle como me habían ido las oposiciones y, que incluso me había puesto la meta de aprender un poco de árabe, aunque fuera bastante difícil.
Alberto, el maestro de primaria que estaba con su portátil, se unió a la conversación.
Me habló de la diferencia entre la vocación y ejercer dentro de un colegio, ya había oído que se perdía un poco la ilusión, pero estaba preparada para todo lo que me echaran.
Por el contrario, Enzo se mantuvo ajeno a nosotros, perdido en una pila de libretas que debían ser las que utilizaba para valorar la parte escrita de su asignatura.
Mi necesidad por saludarle como compañera de profesión me hizo dar el paso de iniciar la conversación.
Amonesté a la niña interior que danzaba sobre mi estómago, esperando que me reconociera; desde que yo terminé bachillerato no nos habíamos visto, y yo había cambiado bastante.
Me incliné ligeramente sobre la mesa para tener su atención.
—No sé si te acuerdas de mí —comencé a decir deseando que los nervios no me jugaran una mala pasada—. Soy Maya Silva, la hermana de Carlos.
Enzo levantó el mentón. Era la primera vez en todo aquel rato que se atrevía a mirarme.
Algo dentro de mí esperaba encontrar ilusión en su iris.
Quizá mi recuerdo había pesado tanto como el suyo para mí.
Mi madre siempre decía que las personas que eran especiales para nosotros quedaban grabadas en el alma y los demás terminaban desdibujándose en nuestra mente.
A mí me costaba olvidarlo. No sé si porque me enamoré de él en el peor momento de mi vida o porque fue el apoyo que necesitaba cuando más sola me sentía.
Era incapaz de olvidar sus consejos, sus advertencias cuando le suplicaba que me cubriera cuando quería salir de fiesta, o cuando era él quien me esperaba de madrugada con los brazos cruzados en mitad del pasillo.
—Lo siento. —Aquellas dos palabras me devolvieron de un golpe a la realidad—. pero no recuerdo a ninguna Maya.
Sus palabras me sentaron como un jarro de agua fría. Mi ilusión se desinfló con tanta fuerza que tuve recordar cómo se respiraba con normalidad. Siempre que me sentía perdida tendía a apretar los puños con fuerza, así que lo hice bajo la mesa con la única intención que no notara mi decepción.
—Supongo que es normal, ha pasado mucho tiempo —dije casi sin aliento.
—Sí —dijo sin más—. Espero que las expectativas no sean demasiado altas para una recién llegada como tú, Silva. Porque si es así, no tardarás demasiado en desilusionarte.
Me habría encantado ser mordaz, pero preferí reír como una tonta antes de que mi niña interior se echara a llorar.