Capítulo 6
L legó el próximo fin de semana, y se reunieron con los chavales en la puerta del instituto. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, pues ninguno de los dos quería fastidiar lo que sería una excursión para recordar, trataron de que los chicos no se dieran cuenta de la animadversión entre ellos.
Clara fue hasta la explanada donde acamparían en su coche, descargando allí las tiendas de campaña y las provisiones al cuidado de unos monitores del centro de jóvenes del pueblo; y volvió para hacer la excursión de diez kilómetros con el grupo.
Todos estaban entusiasmados, Diego no paraba de contarles las especies de árboles como el tejo, los pinos, espinos, acebo, arces menores, y muchos más.
También los animales mamíferos como cabra montesa, ciervo, jabalí, ardillas y otros.
Aves como el águila real, águila perdicera, buitre leonado, halcón y búhos.
Cuando nombró los anfibios y reptiles, muchos de ellos fruncieron la nariz; y al verlo bromeó.
—Tened en cuenta que dormiremos en medio del bosque, que los intrusos somos nosotros, que ellos están en su casa…
—Profe, no diga eso que no dormiré en toda la noche. —Se quejó un chaval.
Diego soltó una carcajada.
—No te preocupes no creo que tengamos visitas indeseadas. —Al decirlo miró con mala cara a Clara, como si en realidad fuera ella la que no debería estar allí—. Estoy seguro que ellos os tienen más miedo a vosotros.
Le estaba dando a entender que le tenía miedo, que le había fallado de algún modo, apretó las muelas para no cantarle las cuarenta allí delante de todos los chicos y chicas.
Si empezaba a lanzarle pullas e indirectas, sabría de lo que estaba hecha ella, lo pondría en su lugar.
No solía callarse lo que tenía atravesado en la garganta si le tiraban de la lengua.
Más tarde, Clara se quedó parada en cuanto ya llegando al lugar de acampada pasaron por el lugar donde ella y Diego hicieron el amor por primera vez, se quedó mirándolo, cogió aire y lo soltó despacio.
Aquello no debería de haber pasado, y pensándolo con la mente fría, se decía que ella no había engañado a nadie, había sido él, sin embargo, se sentía tan culpable…
—¿Qué pasa? ¿Estás deseando que vuelva a suceder? —murmuró él para que solo ella lo escuchara.
—Nunca, jamás —habló con vehemencia, le lanzó una mirada envenenada y siguió su camino detrás de los chavales.
Diego siguió su estela mucho más despacio, desde el lunes después de aquel fin de semana maravilloso que habían pasado que ella había cambiado.
El sábado y el domingo se mostró amorosa y apasionada, no entendía qué había ocurrido, y lo que más le jodía era que no le daba oportunidad para enterarse, ya no era la mujer abierta con la que podía hablar de todo, la que le regalaba sonrisas hechiceras y miradas ardientes, parecía que fuera como un calcetín que hubiesen girado del revés.
¿Había estado fingiendo aquellos días que pasaron juntos?
¿Acaso también había sido una engañifa la relación cordial que habían tenido en el instituto antes de esos días? ¿QUIÉN ENTENDÍA A LAS MUJERES?
***
Ese mismo día, fueron hasta el nacimiento del Rio Mundo, era un lugar maravilloso, al haber sido un año lluvioso, la cascada era espectacular, los bosques que los rodeaban impresionantes, y el rio cantaba la mejor de las melodías.
Algunos de los chicos, se quedaron mirando aquel entorno con la boca abierta, mientras eran salpicados por la fuerza del agua al caer.
—¿Qué ocurre, tíos? —Diego se estaba divirtiendo al verlos tan embobados, se daba cuenta que a pesar de tenerlo tan cerca, era la primera vez que veían aquella maravilla de la naturaleza—. ¿Os pensabais que esto solo salía por la tele en los documentales?
Varios de ellos asintieron con la cabeza; Diego no les metió prisa, deseaba que se empaparan de lo que estaban viendo. Contemplar sus caras ante lo que no se esperaban hacía que se sintiera satisfecho de haberlos llevado allí, de ayudarlos a descubrir que había más vida a parte de las pantallas.
Se reunió con los monitores del centro de jóvenes, que se habían apuntado a la excursión. Clara estaba con ellos, hablando con entusiasmo de aquel entorno.
—Cerca de Zaragoza tenemos el Monasterio de Piedra, es un lugar lleno de cascadas, lagos y riachuelos. —La escuchó decir. Vio que alguno de ellos iba a hablar—. Ya se que el agua es conducida hacia donde corresponda, que no es natural como esto, pero es muy bonito.
—En eso te doy la razón —afirmó Diego, que se había situado frente a ella—. Es fantástico, pero la mano del hombre está detrás de lo que se puede ver.
La mayoría de los monitores conocían impresionantes lugares en España e iban explicándolo. Era una conversación amena, sin embargo, Clara no la pudo disfrutar, notaba los ojos de Diego clavados en ella, y la ponía nerviosa.
Cuando fueron hacia el llano donde plantarían las tiendas de forma circular, dejando en el medio una gran plazoleta donde harían los juegos, el entusiasmo se respiraba en el ambiente, aquello también era nuevo para los alumnos del instituto, les guiaron para que aprendieran a montar las tiendas, y entre risas todos hicieron lo que les enseñaban.
Para los monitores montaron una más grande, y cada uno puso su esterilla y su saco de dormir junto a su mochila, donde llevaban sus cosas de aseo. Había puesto otra que sería la que les serviría de cocina, donde se guardaban víveres para todos.
A la hora de la cena, la mitad de los chavales fueron llamados a que sacaran empanadas, a los otros les tocaría al día siguiente.
Comieron entre risas y chistes que contaban los unos y los otros.
Cayó la noche y encendieron un fuego de campamento en medio del claro, y siguieron con la juerga, asando malvaviscos.
Clara era muy consciente de la mirada de Diego sobre ella, que trataba de estar pendiente de los alumnos, y él la ponía nerviosa.
Se alejó un poco demandando intimidad, un momento a solas y Diego la siguió en la distancia sin perderla de vista, la luna llena iluminaba todo el entorno como si fuera un manto de plata, y el sonido del agua era relajante y muy agradable.
Diego la observaba y vio que se apoyaba en una roca al lado del cauce del rio, y que se quedaba mirando el discurrir del agua, que en ese tramo era brava.
Se preguntaba en qué estaría pensando ella, se había alejado bastante del campamento.
Hasta que se dijo que parecía uno de los muchachos imberbes a los que dejó en el claro bajo la vigilancia de sus compañeros.
—Un euro por tus pensamientos. —Al instante vio que ella lo miraba con mala cara.
—¿Es que una no puede estar un momento a solas? —replicó ella.
—Claro que sí, te dejaré todo lo sola que quieras cuando me aclares qué ha pasado. No me has parecido de esas mujeres que se divierten con un hombre y luego lo tiran a la basura como si se tratara de un pañuelo de papel.
Diego llegó hasta ella y se sentó en otra roca desde donde la veía la cara.
—Eso te lo dejo a ti —murmuró con rabia, con las muelas encajadas, por haberse dejado engañar de esa forma tan estúpida—. Claro que no es exactamente así, tú no nos tiras, te aprovechas hasta que se descubre que eres un cara dura.
Diego frunció el ceño ¿de qué le estaba hablando?
—No sé de qué me estás hablando.
—¡Qué valiente por tu parte! No reconocer que estuviste jugando conmigo. —Ya no pensó en que los escuchan o no, que él se hiciera el tonto la sacaba de sus casillas.
—¿De dónde has sacado eso? Yo no jugué con nadie.
Que lo negara la enfurecía, la estaba tomando por idiota.
—Tienes una cara más dura que el cemento armado, ¡vete a cagar! —Clara iba a dejarlo solo, a alejarse de él, le dolía que la tomara por gilipollas.
Diego se levantó de un salto y le cortó la retirada plantándose delante de ella.
—No, no, no, de aquí no te marchas hasta que hayamos aclarado lo que está ocurriendo. Nunca he sido desleal contigo, ni he jugado ni nada por el estilo. Solo sé que disfrutamos de un fin de semana fantástico y al día siguiente todo había cambiado. Aclárame eso y te dejaré tranquila.
Los ojos de Clara le lanzaban dardos envenenados. ¿La estaba culpando a ella de vivir una doble vida? Eso ya era el colmo.
—Oye, Don Juan del tres al cuarto, que yo no estoy casada. Me importa un bledo si tenéis un matrimonio en el que cada cual hace lo que quiere, pero yo no…
Él había fruncido el ceño al escuchar aquella acusación.
—¿De qué me estás hablando?
—Sí, perfecto, ahora hazte el loco, como aquel que no sabe de qué le estoy hablando. ¿De verdad tengo cara de idiota?
—Si la tienes nunca te la he visto, pero lo que está pasando es que alguien te ha engañado y ese no he sido yo. —Al decirlo la cogió de los brazos—. Has dicho que no estabas casada, yo tampoco.
Aquellas palabras hicieron que ella lo mirara como queriendo descubrir si le estaba mintiendo o no, se le había hecho un nudo en la garganta impidiéndole decir ni pio. Clara lo taladraba con los ojos queriendo saber dónde estaba la verdad, con un movimiento se soltó de las manos masculinas.
—¿Estás negando que tienes una mujer que trabaja en el gobierno y que no está en el pueblo porque viaja mucho?
—¿De dónde has sacado esa idiotez? Nunca habría estado contigo si así fuera, no soy de los que saltan de cama en cama.
Clara recordó la indignación en los ojos de Mari Carmen mientras le decía aquello, cuando decía advertirla de lo sinvergüenza que era Diego. Como si se preocupara por ella cuando nunca lo hizo. ¡Le había mentido! Pero… ¿Por qué?
—Me lo dijo Mari Carmen. Me hizo saber lo que ya te he dicho. —Sus ojos no se apartaban de los de él, tratando de descifrar su reacción.
Diego maldijo de mala manera.
—Esa mujer está para darle de comer aparte.
—Soltó furioso—. Sabía que intentaría truncar nuestros planes.
El año que viene cambia la junta del instituto y pretende que se la vuelva a escoger a ella como directora.
Esta excursión ha caído muy bien a los padres de los alumnos, todos esperan que no sea la última, que sea el principio de muchas; y sabe que eso puede inclinar la balanza.
Además, es consciente que mi nombre ha sonado por ahí como posible sucesor.
Los ojos de Clara se abrieron como platos.
—¿Me estás diciendo que me mintió por esta excursión? No la creía tan mezquina.
Ella negaba con la cabeza.
—Hay más —afirmó él apretando las muelas—.
Se me ha insinuado en repetidas ocasiones y siempre he intentado ser delicado al negarme, es muy embarazoso ver cada día a quien te ha dado calabazas.
Así que le he quitado importancia a sus indirectas.
Ahora me doy cuenta que he hecho mal, que ella se lo ha tomado como un «quizá más adelante».
Clara no se lo podía creer.
—¿Te das cuenta que ella casi te dobla la edad?
Si te liaras con ella, podría pegarse un porrazo de los gordos.
En los pueblos siempre hay las personas conservadoras, no sería extraño que más de uno pensara que si esta contigo, puede muy bien seducir a cualquiera de los chavales, si le gustan jovencitos… Podría ser el fin de su carrera.
Diego nunca había pensado en ello, no obstante, se daba cuenta que Clara tenía mucha razón, sería la noticia de año en Riópar.
—No quiero pensar en ella, que solucione sus problemas que a mí no me interesan —terció Diego—. ¿Quiero saber si me crees?
Sin darse cuenta, Diego le estaba acariciando los brazos del hombro hasta el codo con una suavidad pasmosa, haciendo que el vello se le erizara. Su forma de hablarle la convenció de lo que le decía.
—Sí —susurró ella, y al momento se sintió alzada contra el cuerpo de él y la boca de Diego cayó sobre la suya con ansias.
El beso fue muy corto, la dejó con ganas de más.
—Lo que me gustaría es que si tienes alguna pregunta que hacerme sobre mí o mi vida me la hagas a mí. Estos días han sido un infierno. —Parecía que la estuviera regañando.
—Lo siento, para mí tampoco han sido fáciles.
—Me lo puedo imaginar, no has sido tú misma desde ese día.
—¿Qué hacemos con Mari Carmen?
—Ignorarla, la verdad caerá por su propio peso, los padres de los alumnos y la gente de Riópar no son tontos. Se darán cuenta que su tiempo como directora ha pasado, que alguien más joven sabe guiar mejor a los alumnos.
Clara asintió con la cabeza, él tenía toda la razón, lo mejor sería hacer su vida y no prestar atención a sus intentos por ponerles la zancadilla.
—Sabia decisión —dijo lanzándose contra su pecho y levantando la cara para que la besara como solo él lo había hecho. Se fundieron el uno con el otro, y ella repetía contra los labios de él—: Te amo, te amo, te amo…