Capítulo 5
E l resto del fin de semana lo pasaron juntos en casa de ella, y cuando el lunes volvieron al instituto, Mari Carmen, la directora los vio a través de la ventana de su despacho, y supo que entre ellos había nacido ese sentimiento que a ella siempre se le había escapado.
Frunció el ceño, no era justo que aquellos jóvenes tuvieran lo que ella tanto soñaba, y no lograba ni pagando.
A media mañana, el conserje fue al aula de Clara y le dijo que la directora la estaba esperando, que en pocos minutos terminaría esa clase, que se presentara en su despacho.
Un poco más tarde, pasaba por detrás del despacho acristalado y Mari Carmen le hacía gestos para que entrara.
—¿Me has hecho llamar? —preguntó extrañada.
—Sí, es que esta mañana te he visto llegar con Diego —dijo la mujer con el ceño fruncido.
—Sí, ¿algún problema?
—Sabes que he llegado a apreciarte ¿verdad?
Clara no sabía nada de eso, y se quedó mirándola.
—Sí, claro, somos compañeras —dijo sin saber dónde quería ir a parar la directora.
—Estás equivocada, no somos compañeras, yo dirijo este instituto —habló con las cejas alzadas como queriendo constatar un hecho irrefutable, como si nadie pudiera sacarla de aquel sillón que estaba ocupando.
—Eso quería decir —aclaró Clara, consciente de que la había molestado, pero ignorando la razón por la cual la había llamado—. Supongo que me has hecho venir por algún motivo que tiene que ver con Diego.
—Ahí quería llegar, ve con cuidado con él —asintió con la cabeza al mismo tiempo que movía el índice en señal de advertencia.
Clara no entendía dónde quería llegar con ese comentario.
—¿Qué quieres decir?
—Me ha parecido que te miraba de un modo un tanto extraño.
Ella pensó «si tú supieras cómo mira, y lo que no es mirar», pero no dijo nada, se suponía que lo suyo no lo sabía nadie, y así debía ser hasta que ellos decidieran, si el asunto iba como esperaban. Apenas habían pasado un par de días juntos.
—No me he fijado —mintió.
—Pues quedas advertida.
—Advertida, ¿de qué? —preguntó con la mosca detrás de la oreja.
—Diego es un hombre casado que… —Mari Carmen le ponía teatro a lo que le estaba diciendo, mientras veía a Clara que negaba con la cabeza—. Sí, lo es. Su mujer trabaja en el gobierno y viaja mucho, lo que él aprovecha para echar una cana al aire.
—No puede ser. —Clara se había quedado blanca como la leche.
—Por lo que veo ya se te ha llevado al huerto, eres una ilusa.
—Sus palabras eran acusatorias, y los ojos de la directora brillaban con lo que parecía rabia—.
¿No te has fijado que hay días que sale escopeteado del instituto?
Es cuando ella vuelve al pueblo, sus vecinas dicen que se pasan las horas follando como conejos.
Clara negaba con la cabeza, sin embargo, un duende malicioso le susurraba al oído que no lo conocía, que fuera del instituto solo habían pasado aquel fin de semana nada más.
Y aquellas cenas para organizar la excursión al Parque Natural del Rio Mundo.
Entonces le vino a la mente la imagen de ellos en la cama, no se podía decir de otra forma, habían estado…
Sintió como si una gran losa le aplastara el pecho, ¡la había engañado!
Le dijo lo que ella quería escuchar, era un sinvergüenza de tomo y lomo, y sabía muy bien cómo camelarse a una mujer, por lo menos a ella, que se lo había puesto muy fácil. ¡Sería mamón!
Cuando terminaron las clases, Clara se marchó a su casa con rapidez, no quería encontrarse con Diego, no iba a ser su juguete, que se buscara a otra.
Diego la llamó por teléfono, le mandó mensajes por WhatsApp, y ella no respondió ninguno. No iba a ser la lerda que le mantuviera la cama caliente, que se pusiera una bolsa de agua de las que usaba su abuela, y si se quemaba los huevecillos mejor que mejor.
Al día siguiente, puso la excusa que estaba enferma y no fue a trabajar.
Se ponía mala de pensar en lo tonta que había sido; además, a eso le sumaba que ese próximo fin de semana era la excursión con los chavales del instituto, y él iba a asistir.
Ella no podía negarse, los jóvenes y padres habían confiado en ella, y no los quería defraudar.
Diego no paraba de llamarla y Clara al fin apagó el aparato, no quería hablar con él, estaba muy dolida y soltaría sapos y culebras por la boca si se le presentaba delante.
Lo que ocurrió al día siguiente cuando salió de casa, él estaba apoyado en el Jeep con los brazos cruzados a la altura del pecho.
Como que no era ninguna cobarde, se acercó a su coche apretando las mandíbulas.
—Haz el favor de largarte, no quiero saber nada de ti. —Su tono no podía ser más frío.
—No antes de que me cuentes qué es lo que he hecho mal.
—¡Eres un cínico! —exclamó con la indignación a tope.
—Seré todo lo que quieras, pero quiero saber de qué me acusas.
—Vete a la mierda, ni te me acerques. —Estaba furiosa—. Lo que me duele más es que si me hubieses dicho la verdad seguramente habríamos disfrutado de lo mismo, soy idiota. ¡cómo has debido reírte de mí!
Con estas palabras se subió al coche y arrancó derrapando, dejando allí a Diego preguntándose qué mosca le había picado, y muy cabreado porque no le dijera el motivo de su enfado.
Los siguientes días, se pasaban por al lado y ninguno de los dos hacía ningún intento por aclarar el asunto entre ellos.
Ambos padecían por no poder acercarse al otro y regalarle una sonrisa, una caricia, un beso… Los dos estaban enfadados por diferentes motivos, él porque no fuera clara y comentara su furia. Ella por sentirse engañada y tonta por creer en sus palabras.