El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 4
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Capítulo 4

C lara se sentía como flotando en una nube, aquella demostración de Diego hacía que se acariciara los labios, sintiendo una sensación que jamás había tenido con ningún hombre que la hubiese besado.

Se había puesto en la cama, después de darse una ducha, pero no había servido para enfriar el ardor que él había despertado.

¡¿Es que era tonta?! Se repetía una y otra vez, estaba segura que esa misma noche, él no se habría negado a compartir su cama, se habían declarado unos sentimientos que se habían guardado para sí durante demasiado tiempo.

Dio vueltas y más vueltas hasta que al fin, cayó en manos de Morfeo y se vio sacudida por un sinfín de sueños en los cuales Diego le hacía el amor como si no hubiese un mañana, fueron tan vividos que despertaba empapada de sudor, y con ansias de vivir con él todo lo soñado.

Por la mañana, cogió su mochila, se hizo unos bocatas, se llenó la cantimplora y se fue a un recodo del rio donde las aguas bajaban más tranquilas y en las que le gustaba bañarse. Después de disfrutar de la frescura, se sentó sobre la hierba y se puso a comer un sándwich de pavo.

—Podíamos haber venido juntos —escuchó de pronto.

Reconoció la voz y se le erizó la piel, recordando aquellos sueños calientes, en los cuales hacían el amor con una ternura, y pasión que le hacía desear vivir esa experiencia en ese mismo momento.

—Tienes razón, pero ahora que estás aquí es como si lo hubiésemos hecho —habló con una sonrisa cautivadora y una mirada que prometía el paraíso.

Él rio ante el razonamiento de ella, se sentó a su lado, se inclinó y le dio un mordisco al bocata que se estaba comiendo.

—Mmm, ¡qué bueno! ¿Qué le has puesto? —preguntó al notar un sabor que no tenían los suyos.

—Paté de aceitunas. —Clara estaba satisfecha de haberlo sorprendido con un simple sándwich.

—Lo tendré en cuenta —dijo él relamiéndose, al tiempo que sacaba de su mochila dos de pan de la abuela, por el que era famoso el panadero del pueblo.

—Toma, he traído más. —Ella le ofreció el suyo.

Ambos rieron cuando vieron la cantidad de comida que habían cargado.

—¿Es que pensabas pasarte una semana fuera de casa? —bromeó Diego con una de sus espléndidas sonrisas.

—Mira quien fue a hablar. —Le siguió ella la guasa—. Lo que pasa es que después de un buen baño, tengo un hambre canina.

Diego se había fijado que a través de la camiseta se le trasparentaba un biquini muy pequeño, y deseó quitárselo.

—En eso somos iguales. Concepción lo sabe y siempre me prepara unos bocadillos como si tuviera que alimentar a un regimiento. —Se refería a la panadera del pueblo.

—La mujer no quiere que pases hambre. —Se rio ella de sus propias palabras.

—Me ve tan delgado y escuchimizado… —Ambos se carcajearon, ese no era el caso. Diego estaba muy musculado, era alto y fuerte, y tenía unas piernas como ramas de árboles. Se notaba que estaba habituado a pasear por los montes.

—Sobre todo escuchimizado. Va a ser eso. —Lo embromó paseando sus ojos por su cuerpo grande y fuerte.

Diego sintió un tirón en la ingle, Clara hacía que la deseara con una sola mirada, con una sonrisa o con el sonido de sus palabras.

Cuando terminaron de comer, él se recostó en el tronco de un árbol que tenía detrás, y la atrajo a su lado, pasándole un brazo por sobre los hombros y atrayéndola a su pecho. Ella aspiró con fuerza el aroma a hombre que él desprendía y soltó un suspiro.

Sentirla contra él hizo que ansiara perderse en su cuerpo, puso una mano bajo su barbilla y empujó, cuando sus ojos se encontraron se le fue acercando hasta estar degustando aquella boca que era como un imán que lo hacía derretirse cuando la tomaba con la suya.

Se besaron con hambre, y ambos se dejaron llevar por la pasión.

Clara no puso freno a las sensaciones que le hacía sentir, y sus manos se enroscaron en su pecho acariciando por donde pasaban por encima de la camiseta.

Diego no se quedó atrás, los besos de aquella mujer sabían a ambrosía, y el movimiento de sus manos era como si una colonia de mariposas se hubiera colado en su cuerpo, la deseaba como nunca a una mujer.

Dando rienda suelta a su anhelo, la cogió por la cintura y la subió a su regazo.

Se miraron durante unos segundos, en los cuales él esperaba que sus ojos le dieran su consentimiento para seguir adelante, regalándole el gozo que quería darle.

Clara lo tomó por las mejillas y lo besó con ardor, diciéndole sin palabras que ella también lo deseaba, la pasión que puso en aquella caricia lo puso a cien y empezó a colar las manos bajo la camiseta de ella, dándole unos toques con las yemas de los dedos que la atravesaban haciéndola arder.

Ella no fue tan delicada, estaba demasiado excitada, cogió la de él y se la sacó por la cabeza, dejando su pecho al aire, recreándose en la visión de aquella piel al descubierto, lo acarició con las manos abiertas, disfrutando del tacto caliente y las cosquillas que le hacía el vello ensortijado que tenía ante sus ojos.

En un arrebato de pasión, cogió entre sus labios un pezón chato que se puso duro como un guijarro, y oyó a Diego soltar un jadeo de satisfacción.

—¡Oh, eres fantástica! —murmuró él mientras sus manos bajaban por la estrecha espalda femenina hasta llegar al trasero respingón y apretándolo contra él.

Las telas que los separaban estorbaban, ambos estaban ansiosos por rozar piel desnuda, y empezaron a tironear de las prendas.

Diego coló la mano dentro de los pantalones femeninos, acariciando la piel de seda que lo guiaba hacia el pubis.

Al llegar a su destino, le acarició el clítoris rodando la yema de su dedo alrededor y bajando hacia la entrada que deseaba cruzar con su pene.

Clara al notar aquella caricia, le mordisqueó los labios poniéndose tensa por la sensación tan agradable que estaba sintiendo, por lo que sentía crecer dentro de ella, pero necesitaba notarlo hundido en su interior.

Se removió en su regazo, se levantó ante él y se quitó los pantaloncitos de deporte elásticos que llevaba.

Diego al verla se le hizo la boca agua, se removió incómodo por el apretón de los pantalones, la imitó poniéndose en pie ante ella, desabrochándose la cremallera, lo que ella tomó como una invitación y alargó la mano para acariciarlo.

Sus dedos como alas de mariposa lo recorrieron arriba y abajo, y notó que él contenía el aliento; acto seguido le quitó la camiseta y cogiéndola por la cintura la elevó a su altura, le capturó un pezón con la boca y ella gimió de gusto.

Las piernas femeninas se enroscaron a la estrecha cintura, y lo cogió por las mejillas devorándole la boca, en el preciso momento que él se enterraba en ella hasta el fondo, lo que hizo que ambos soltaran un jadeo de placer.

El mundo se desdibujó alrededor de ellos, los árboles parecían bailar al son de sus movimientos, y las sensaciones se multiplicaban con cada ir y venir.

El gozo los estaba succionando hacia aquella burbuja que los tenía cautivos.

Que los llevó a recorrer todos los escalones placenteros hasta acariciar el cielo con las manos.

Ninguno de los dos quiso retener aquel grito de gozo y satisfacción, y ambos lo soltaron a la vez.

—¡Oh, qué placer! —susurró Diego, con la cara hundida en el cuello de ella, disfrutando del aroma a mujer que lo envolvía en ese momento. Con cuidado se sentó en la hierba con ella enroscada a su cuerpo, la sentía temblar contra él por las sensaciones acumuladas y estaba pletórico.

—Tengo la sensación de que hemos perdido un tiempo precioso —soltó ella sin abrir los ojos.

Aquel comentario hizo que él riera de felicidad, esa mujer era una joya.