Capítulo 3
D os días más tarde, Clara recibía en su casa los panfletos que habían diseñado para aquella excursión que tenía a los muchachos revolucionados.
Les pasó uno a cada uno con su debido consentimiento paterno, para que se lo devolvieran en un par de días, como que ya les había hablado de aquella salida, esperaba que los padres ya estuvieran al tanto de aquellos planes, se imaginaba que los jóvenes ya les habrían contado de qué iba todo aquello.
Al terminar las clases del día indicado, Clara estaba muy satisfecha por la respuesta de todos los alumnos, había muy pocos que no le hubiesen entregado la autorización, fue al aula de geografía y se lo dijo a Diego con una sonrisa de oreja a oreja.
—Lo hemos conseguido, van a dejar la Play por un par de días.
A él se le dibujó una expresión alegre en la cara.
—Me alegro mucho, se lo van a pasar muy bien ¡lo has conseguido!
—Lo hemos conseguido —rectificó, pero él no le hizo ni caso a su corrección.
Diego se levantó de su sillón donde estaba revisando unos trabajos de geografía.
—¿Se lo has comunicado a Mari Carmen?
—No, ahora iba.
—Te acompaño. —Si iba con ella era para ver la reacción de la directora, se había dado cuenta en cuanto habían hablado con ella, que no era muy partidaria de llevar a los chavales de excursión.
No tenía en cuenta que con ello les enseñaban a no valerse de sus mamás, que se espabilaban, y los ayudaban a madurar.
Por muy jovencitos que fueran despegarse de sus familias los hacía pensar por sí mismos.
La directora no pudo ocultar una mueca de desagrado, era evidente que esperaba que los padres no diesen su aprobación.
En cuanto salieron del despacho, Diego le dijo que para celebrar que había vencido a la avinagrada directora podían ir a cenar.
—Mari Carmen, ¿avinagrada?
—¿No has visto como ha apretado las mandíbulas cuando se lo has dicho?
Clara si se había fijado, sin embargo, no creyó que fuera por ello, pensó que la habían pillado en mal momento.
—No será por esto, igual la hemos interrumpido en algún asunto. Al llegar nosotros estaba muy ensimismada con lo que miraba.
Diego se dio un golpe en la frente al caer en lo que estaba ojeando.
—¡Manda huevos! Estamos a viernes, ¿verdad? —No le dio tiempo a Clara a responderle—. Soy un memo, no me había acordado que este día de la semana, Mari Carmen lo dedica a…
—¿Qué? —preguntó Clara al ver que se callaba.
—Se va a que le hagan cosquillas.
Ella lo miró como si se le estuviesen cayendo los tornillos.
—¿Se te está yendo la perola?
—No me has entendido, lo que estaba ojeando era el programa de los boys donde suele ir.
La boca de Clara se abrió por la sorpresa, Diego no parecía estar bromeando.
—¿Lo dices en serio? No, no puede ser.
—Desde luego que sí. ¿No te has fijado que todos los viernes viene a trabajar muy maquillada?
Clara estaba convencida que le estaba tomando el pelo.
—Uy, sí, y seguro que debajo de esas faldas pasadas de moda lleva un corsé y un tanga negro de cuero.
—No me extrañaría, no es tan mayor como para no lucirlo, cada uno es bien libre de ponerse y hacer lo que le venga en gana, siempre y cuando no lastime a nadie. —Todo eso lo hablaban en voz baja mientras volvían a sus clases, y por alguna razón a Clara le pareció que no estaba bromeando.
—Estás hablando en serio, ¿verdad?
Ante aquella pregunta, Diego se paró de repente, y arrugó la frente.
—Desde luego, no suelo criticar a nadie, ni ponerme en sus asuntos. Mi credo es «Vive y deja vivir».
Ambos se miraron a los ojos, y ella se dio cuenta que no estaba de guasa.
—Perdona si no te creía…
—No nos conocemos lo suficiente —la justificó Diego.
—Estás en lo cierto, tendremos que poner remedio a eso.
Has dicho algo de una cena, ¿verdad? Tenemos que celebrar que nos vamos de excursión, que si todo va bien, sacaremos un libro a la venta con los comentarios de los chavales, y es posible que a alguno de ellos le apetezca dejar las pantallas para dedicarse a conocer lo que nos rodea.
Clara le ponía tanta emoción a lo que hacía que era contagiosa.
—Me parece una idea perfecta. —Él contestó con una sonrisa espléndida—. Vamos a recoger nuestras cosas y a irnos de juerga.
Llegaron al aula de Diego y quedaron en encontrarse donde aparcaban los coches, Clara tenía el Jeep allí, y antes de que Diego entrara en la clase se quedó mirando a Clara que se alejaba, era un gusto contemplarla, aquellos vaqueros ajustados le hacían un culito de lo más apetecible y respingón y a Diego le entraron ganas de amasarlo con sus manos.
Reflejarse en aquellos ojos verdes tan expresivos, besar su nariz respingona, y recrearse en las perfectas curvas que ocultaban sus ropas.
Clara condujo hasta el hostal-asador Los Chorros, en la calle donde ella vivía, aunque nunca había estado allí.
—Nunca he venido aquí —dijo Diego—. Aunque me han hablado muy bien de este lugar.
—A mi también, y es la primera vez que vengo —hablaban al dejar el coche en el aparcamiento—. ¿Sabes qué pasa? Que me voy a casa me pongo cómoda y luego me da pereza arreglarme.
—Cómoda, quieres decir en pijama. —Quiso saber con mirada de picardía.
—Sí, has adivinado, me pongo el pijama y me tiro en el sofá para corregir deberes, leer, o ver documentales en el televisor.
Tengo una vida muy tranquila, a veces pienso que las abuelas se van más de juerga que yo.
Las escuchas cuando vas a la compra, y es para quedarse a cotillear.
La una porque se ha ido de excursión a Benidorm y ha ligado, la otra tiene algún lío con fulanito o menganito.
Y no digamos los domingos, se organizan bailes en el local social de la gente mayor…
Algunas mujeres no van porque dicen que es un lugar de perversión, y otras lo hacen encantadas de la vida.
Al escucharla, Diego soltó una carcajada, que le contagió a ella.
—No tienes cara de ser una de esas cotillas que siempre tienen la antena puesta —señaló él moviendo las manos.
—¿Qué tengo que hacer? ¿Ponerme tapones en los oídos?
—De ninguna forma, ¿no te satisface que esas señoras se lo pasen bien?
—Claro que me parece bien que le den una alegría al cuerpo.
A Diego le brillaban los ojos al mirarla cuando dijo aquello. Iba a replicarle con una guasa, pero habían llegado a la puerta del restaurante y Clara entró cuando la puerta automática se abrió. Un camarero los guio hacia una mesa, y Diego escogió un vino exquisito.
Ambos pidieron cordero asado con verduras crujientes, y para primero, una tabla de embutidos ibéricos.
Los dos tenían buen apetito. Durante la cena estuvieron debatiendo lo que pensaban que ocurriría con Riópar en el futuro, ambos eran conscientes que el futuro de los pueblos estaba en peligro, y que se tenían que poner manos a la obra para impedir que fueran abandonados.
—Quizás tengamos que hacer uno de esos llamamientos en que los ayuntamientos ofrecen vivienda y trabajo a las familias jóvenes con hijos que se trasladan —alegó él.
—Yo lo encuentro muy bien. Aunque no creo que a este le pase lo que a otros. Tenemos el nacimiento del rio Mundo, ya sabemos que vienen muchos turistas, que la mayoría del pueblo se gana la vida con los forasteros.
—Hablas como si fueras a quedarte aquí para siempre. —Diego se sentía muy atraído por Clara, y si no había hecho ningún avance era porque sabía que su familia estaba en Zaragoza, y temía que si se lanzaba, quedaría hecho polvo cuando ella le dijera que volvía a casa.
Clara se quedó mirándolo, desde que lo conoció que no había pensado en regresar a su tierra.
Lo que la tenía desconcertada era que había cazado algunas miradas encendidas de aquellos fantásticos ojos azules de él, pero nunca le insinuó que le interesara tener una relación con ella más allá del trabajo.
Tal vez era el momento de poner las cartas sobre la mesa.
Tomó un sorbo de vino y lo miró por encima del borde de su copa.
—Lo cierto es que desde que llegue, nunca se me ha ocurrido volver a Zaragoza. Aquí me siento muy bien, me gusta, y tengo la esperanza de fundar una familia.
Las últimas palabras hicieron que Diego frunciera el ceño.
—¿Hay algún hombre que ahora mismo esté maldiciendo mis huesos por robarle el tiempo que puede pasar contigo?
Ella lo vio entrecerrando los ojos, y pensó que había malinterpretado aquellas miradas.
—No —habló deseando que él se diera cuenta que estaba loquita por sus huesos—. Solo tengo la esperanza de que si me cruzo con él me vea y no pase de largo.
A Diego esas extrañas palabras le removieron las entrañas, y sin ser consciente de ello alargó la mano y cogió la de ella.
—Créeme, cualquier hombre con ojos en la cara desea no apartar la mirada de ti.
—¿Te incluyes entre ellos? —La pregunta era muy directa, y él se percató que iba directa a la yugular.
—¿Qué me dirías si te dijera que sí?
En lugar de responder ella dio la vuelta a la mano que él le tenía retenida y entrelazó los dedos con los de él. Sus ojos se posaron en aquellos miembros unidos y esperaba que él se diera cuenta que estaría muy feliz si eso ocurriera.
Diego fue muy consciente de la mirada esmeralda fija en él, el corazón se le saltó un latido al contemplarla, en esos momentos la habría tomado entre sus brazos, y habría probado aquella generosa boca que lo llamaba a gritos.
En lugar de ello, se echó hacia delante, levantó las manos unidas y besó la de ella como si pretendiera marcarla.
Lo que le había parecido imposible parecía que no lo era tanto.
—Me harías muy feliz, me cautivaste desde el primer día que llegaste a Riópar.
Aquellas palabras acariciaron el corazón de Clara, a ella le había ocurrido lo mismo, pero se lo había guardado para sí misma.
¡Qué tonta había sido! Si le hubiese dado pistas, si hubiese usado sus armas de mujer podría haber disfrutado de todo ese tiempo que llevaba allí junto a ese hombre que le quitaba el aliento.
A partir de ese instante, sus miradas fueron mucho más calientes de lo que habían sido durante la cena, era como si hubiesen pasado página, como si entre ellos se hubiese abierto un horizonte que los dos querían explorar.
No perdían la oportunidad de un roce, una caricia, una sonrisa delicada que les recorría el cuerpo de arriba abajo.
Más tarde, cuando salieron del restaurante, él la acompañó hasta el coche cogiéndola de la mano, notando en la suya aquella pequeña que lo hacía desear que la noche no terminara.
Al llegar al jeep, ella lo miró de una forma acalorada que lo hizo coger aire con fuerza, y sin pensarlo, pero sabiendo que era lo que deseaba desde hacía mucho tiempo, bajó la cabeza y la besó con ardor, queriéndole demostrar aquellos sentimientos que había mantenido cautivos desde que sus ojos se posaron en ella.