El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 2
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Capítulo 2

C lara y Diego salieron de la biblioteca satisfechos por haber convencido a la directora para hacer aquella excursión.

—Tenemos que redactar una circular que convenza a los padres de que animen a sus hijos a ir.

—Clara, que había llegado al pueblo desde Zaragoza, estaba entusiasmada.

Siempre le había gustado el campo, y solía recorrer los alrededores de Riópar siempre que no tuviera algún que otro trabajo para sus clases.

Al llegar allí, alquiló una casa en las afueras, le encantaba el lugar, eso que cuando recibió el correo con su destino, pensó que la mandaban al culo del mundo.

No obstante, cambió de opinión en cuanto puso un pie en aquellas tierras.

Conducía un Jeep Cherokee cuatro por cuatro, gris marengo, y le gustaba perderse por el campo.

Solía llevarse la mochila con algunos víveres y agua, y se trazaba sus rutas en un mapa que consiguió en los primeros días que vivió allí.

—Si son pocos, lo que podemos hacer es la misma excursión, pero con los jóvenes del centro —anunció Diego, que no estaba muy seguro de que los padres empujaran a sus hijos a salir con los amigos un par de días—.

Si luego te ocupas de hacer ese diario, los animarás a que en la próxima salida quieran apuntarse todos.

—Sonrió al imaginarse la cara de bobos que se les quedaría a los que prefirieran quedarse en casa y luego vieran que sus compañeros se habían divertido de lo lindo.

—Tenemos que conseguir que se apunten al menos la mitad de ellos. —Se empecinó Clara—. Voy a hacer unos panfletos que sean muy atractivos para los chavales, con fotografías del campamento, asando malvaviscos en la hoguera a medianoche, haciendo ginkanas y contando anécdotas de miedo.

—Eso les va a encantar —dijo él asintiendo con la cabeza, y soltando una carcajada—. Si con todo lo que propones no los alejas de las pantallas de sus maquinitas de juegos, nada lo hará.

Habían salido del centro y se encontraban en la plaza Cervantes.

—¿Quieres que te lleve a casa? —preguntó Clara. Él vivía en medio del pueblo, mientras que ella lo hacía en la otra punta, lo que representaba que pasaba con su coche cerca de la vivienda de él.

—Si aceptas quedarte a tomar una copa conmigo… Y así terminamos de redondear las ideas que tienes para esa excursión.

—Puñetas, cualquiera diría que tú no me has animado a ponerla sobre la mesa. —Le echó en cara ella.

Diego soltó una carcajada que le salía del fondo de su pecho.

—Yo te conté que había estado allí y los chicos del centro se lo habían pasado muy bien, que les había gustado mucho la experiencia.

—No podía aguantar la sonrisa que tiraba de sus labios.

Desde el día que la conoció habían congeniado mucho, a ambos les gustaba aquel entorno, y solían aprovechar los fines de semana para perderse entre los bosques de pinos, encinas, espinos y muchas otras especies.

Los ríos eran un atractivo fantástico que les encantaba, y el nacimiento del rio Mundo, una atracción turística en la que no se cansaban de pasear.

Era donde planeaban llevar a los muchachos, una noche de campamento sería genial para ellos, de eso estaban convencidos, solo hacía falta que los chicos quisieran compartir esa experiencia con sus compañeros, dejando la Play en casa.

Clara no lo pensó dos veces, claro que se tomaría una copa con Diego, ese hombre le había robado la razón desde el momento que puso los pies en aquel instituto.

Era alto, de piel morena, cabellos negros como el ala de un cuervo, siempre bien afeitado, siempre solía vestir vaqueros y camisetas que le marcaban su bien trabajado cuerpo.

Tenía una mirada azul cobalto, y una barbilla en la que se apreciaba un hoyuelo muy tentador.

—Me quedaré a tomar esa copa, si dejas que llame y que nos traigan unas pizzas, tengo un hambre que me comería un caballo. —Exageró Clara—. Todos los días me tomo cualquier cosa para merendar, pero hoy estábamos reunidos con Mari Carmen.

—Por supuesto, pero te aviso que vivo con mi hermana, y cuando huele una pizza se vuelve loca —bromeó él con una sonrisa coronándole los labios.

Clara condujo hasta la calle Hernán Cortés donde vivía su compañero, aparcó y cogió la gran bolsa donde llevaba el ordenador portátil, y todo lo que necesitaba para las clases.

Diego la guio hacia su casa, y abrió la puerta para que entrara.

Clara se sorprendió de la decoración minimalista y moderna que la recibió, además no había nada fuera de su lugar, estaba todo impoluto.

Habían entrado en un vestíbulo que daba a un gran salón desde el cual se veía la cocina al fondo, de unas tonalidades verde oliva y azul oscuro.

Sus ojos se pasearon por el salón, ante una chimenea había una chaise longue , y varios sillones alrededor de una mesita de centro de madera maciza, sobre la cual había un tablero de ajedrez con las fichas puestas como si los jugadores se encontraran a media partida.

A los lados de la chimenea había estantes llenos de libros, y objetos que parecían no pertenecer al país. En la pared que tenía detrás había una pintura al óleo de Los Chorros del rio Mundo en plena explosión.

—Oh, es fantástico —dijo Clara admirando las certeras pinceladas.

—Lo es. —En aquellas dos palabras se notaba la satisfacción de Diego.

—¿Conoces al pintor?

—Es mi hermana, desde muy jovencita que mostró su buena mano y se fue a estudiar bellas artes a París.

—Se te nota que estás orgulloso de ella.

—Pues sí, lo estoy. —Una sonrisa satisfecha decía más que las palabras—. Ha hecho varias exposiciones, y sus cuadros se venden como churros.

—Me alegro mucho, me gustará conocerla.

—Seguro que no tardará en llegar —informó Diego—. Deja tus cosas por aquí si quieres, pasemos a la cocina.

Clara dejó su bolsa y la chaqueta que llevaba bien puesto en un rincón del sofá, y lo siguió.

—Tienes una casa muy bonita —alabó ella el buen gusto de la decoración—. Esta cocina es maravillosa —dijo pasando una mano por encima de la enorme isla con la superficie de granito con unas betas preciosas.

—De ello se encargó Elena, se lo pasó teta volviendo locos a los operarios que hicieron la reforma, por poco nos dejan la obra a medio hacer. —Al recordarlo se le escapaba una sonrisa.

—Estás de broma ¿no? —Sospechó ella.

—No, no, que va. Es puñetera cuando quiere, además que si ella dice que blanco, tiene que ser blanco, que no se le ocurra a nadie llevarle la contraria, es muy cabezota.

Clara se rio por como describía a su hermana. Aquello le hacía recordar en cuanto ella había hecho la reforma en su casa, terminó por contratar a una decoradora que no se dejara subir a la chepa, y se fue a un hostal.

—No me burlo de tu hermana, le doy todo mi apoyo, yo pasé por lo mismo y no es para tomarlo a coña.

Diego puso los ojos en blanco.

—Eso quiere decir que cuando os juntéis seréis terribles.

—Es posible.

En aquel momento escucharon la llave en la cerradura.

—Ya estoy en casa —dijo una voz. Era un tono femenino que parecía ponerle musiquilla a lo que decía.

—Yo también —contestó Clara por la gracia que le había hecho esa entonación.

—¡Epa! ¿Quién eres tú? —preguntó Elena sorprendida y girándose hacia ellos. Al verlos, les sonrió y se les acercó.

Diego ya esperaba a ver qué diría su hermana, seguro que alguna chanza de las suyas.

—Soy Clara, compañera de trabajo de tu hermano, supongo que tú eres Elena ¿verdad? —Se le acercó y le dio un beso en cada mejilla.

—¿Solo compañera de trabajo? —Los miró incrédula—. A mí no me la pegáis, seguro que eres mucho más, porque Diego nunca ha traído a una mujer a casa. —Le guiñó un ojo picaron, los tenía idénticos a los de Diego, azules y un poco almendrados.

Clara sonrió y pensó que le gustaría ser lo que Elena pensaba, pero Diego nunca había mostrado ningún interés en ella.

—No te hagas películas —intervino Diego con los ojos clavados en su hermana—. Ya la has escuchado.

—Estoy aquí por trabajo —esclareció Clara—. Tenemos que hacer unos panfletos, y tu hermano me ha invitado a una copa, yo le he dicho que la acompañaríamos de pizza. Estoy famélica.

En la mirada de Elena se veía que no se los acababa de creer.

—¿Pizza? ¿Has dicho pizza? —exclamó.

—Te lo he dicho, cuando escucha esa palabra se vuelve loca. —Se burló Diego de su hermana, al dirigirse a Clara.

—A mí también me encantan, vamos a cenar de lujo. —Clara le dedicó una gran sonrisa a Elena y esta soltó una risita.

Diego se pasó la mano por el pelo, ya se había imaginado que juntas serían un torbellino.

—Me rindo, vosotras mismas —soltó con una expresión que mostraba rendición.

Estaba contento porque se hubiesen caído tan bien.

Clara lo cautivó desde el minuto cero de conocerla, había demostrado un interés por los chavales que muy pocas profesoras compartían, la mayoría de ellas y ellos, se dedicaban a cumplir las horas de trabajo y no preocuparse por las ambiciones que los chicos tuvieran en la cabeza.

Era muy consciente que su profesión era por vocación, que había compañeros muy competentes, sin embargo, algunos, y sobre todo los que hacía años que estaban allí, se tomaban el trabajo con poca seriedad.

Clara y Elena se sentaron en los taburetes de la gran isla y escogieron las pizzas, una tropical con piña, y la otra carbonara.

La hermana de Diego se levantó fue al frigorífico y sacó cervezas para los tres, las abrió y volvió a su asiento sin dejar de contarle a Clara, que ella también iría a esa excursión que estaban planeando con los chicos y chicas de quince años del instituto.