El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 1
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Capítulo 1

E n la biblioteca del instituto Miguel de Cervantes de Riópar, en la provincia de Albacete, Mari Carmen, la directora estaba reunida con Diego Serrano, el profesor de geografía y Clara Viñales, la de literatura.

Los alumnos ya se habían marchado y solo quedaban algún profesor rezagado y las señoras que hacían la limpieza.

—Mari Carmen, esta excursión va a ser enriquecedora para los alumnos, hay muchos que no tienen la suerte de que sus padres los lleven a conocer el entorno, se pasan los domingos jugando a la Play con sus amigos, si al menos este pueblo les ofreciera una disco o local para reunirse, el asunto cambiaría —decía Clara muy convencida.

—Ya existe un lugar así, pero hay muchos alumnos que no se dejan ver el pelo —anunció Diego—.

Yo colaboro en un centro de jóvenes de Riópar.

Soy monitor y de vez en cuando hacemos alguna salida.

También creo que puede ser instructivo sacarlos de su entorno de rutinas y enseñarles lo que les puede ofrecer la naturaleza —afirmaba gesticulando con las manos—.

Que se den cuenta que no todo está en las maquinitas, que se lo pueden pasar bien sin sofás ni televisores ni pantallas.

—Creo que tenéis la cabeza llena de pájaros, os creéis que porque a vosotros os entusiasma perderos por el campo cada fin de semana, a ellos los va a entusiasmar. —Mari Carmen se mostraba escéptica.

—Solo se trata de que descubran que hay más vida que la que viven entre las paredes de sus casas —insistía Clara.

—Te vas a llevar un chasco. —Mari Carmen a sus cincuenta y dos años, era muy descreída con la idea de cambiar lo que ocurría a su alrededor—.

Tienes que ser consciente que en cuanto cumplan los dieciocho años, los jóvenes se marcharán del pueblo.

Es lo que está ocurriendo en toda España.

Los jóvenes se marchan a la capital a buscarse la vida, los pueblos van perdiendo vecinos y con el tiempo estos no regresaba ni para vacaciones.

—La mujer no era nada optimista con el futuro de Riópar.

—Pues tenemos que poner nuestro granito de arena para que eso no ocurra.

—Se empecinaba Clara—. Es una pena que un pueblo como este pase al olvido, no lo podemos permitir.

El nacimiento del rio Mundo está aquí mismo, debemos sacarle todo el provecho que podamos a esta maravilla de la naturaleza, vienen muchos forasteros a verlo, a disfrutar de ese maravilloso paisaje, y nosotros que lo tenemos cerca no le damos el valor que tiene, esto es una vergüenza.

La pasión y entusiasmo con el que hablaba le gustaba a Diego, lo hacía maravillarse con aquella emoción. Él era nacido en el pueblo, y estaba enamorado de aquel entorno.

—¿Qué pretendes, atarlos a todos a los pies de las camas de sus mamás para que no se vayan de Riópar? —la embromó con ironía, con una espléndida sonrisa.

—No tonto, eso es lo que no quiero. —Clara le siguió la corriente de su guasa—. En todo caso en la de sus papás, te recuerdo que eres responsable de tu hermana.

Era por todos sabido que Diego había perdido a sus padres en un accidente de tráfico, y que se había hecho cargo de su hermana Elena, con la que se llevaba ocho años.

Por aquel entonces, él tenía veinte años, había madurado a la fuerza, y ambos se llevaban a las mil maravillas.

Convivían en la casa del pueblo que pertenecía a la familia desde varias generaciones, y eran amantes de aquel entorno que los llevaba a perderse en las montañas muchos fines de semana.

Diego soltó una carcajada al escucharla.

—Has chocado con una pared. —Sus ojos azul cobalto la miraban divertidos—. Elena y yo junto con el grupo del centro de jóvenes Riópar solemos salir de excursión varios domingos al mes. Ya te he dicho que soy monitor en ese lugar.

—Genial, ¿crees que entre los dos podríamos ocuparnos de ellos un par de días? A esa edad no les entusiasma una salida de solo unas horas.

—Sí, si los tratas como adultos se comportan como tal, lo que no tienes que hacer es dirigirte a ellos como si fueran niños de teta.

Mari Carmen se daba cuenta que esos dos estaban tomando decisiones como si ella no pintara nada allí.

—¿Os habéis olvidado que estoy aquí?

—De ninguna manera —afirmó Clara—. Lo que tenía pensado para que no perdieran horas lectivas era que cada uno escriba lo que ve, lo que siente, lo que lo rodea, lo que le gusta, lo que no, lo que quieran, y al final de la excursión haremos una especie de diario de aventuras.

Tengo la sensación que les puede gustar ver sus ideas plasmadas en papel impreso que explique todo lo que hayan vivido.

Tengo un amigo en una imprenta de Albacete, le hacemos una bonita portada, y les va a encantar.

Mari Carmen frunció el ceño pensativa, lo que decía Clara era una buena idea, si a los chavales se les decía que iban a hacer un libro con sus reflexiones, quizá eso los animara a ir a la excursión, se estaba dando cuenta que si se lo proponían ella tendría muy poco criterio.

Miró a uno y al otro, y veía la determinación en sus ojos, estaban decididos a llevar a cabo aquellos planes.

—¿Servirá de algo que os diga que es mucha responsabilidad? —La directora intentó que pensaran en lo que representaba llevar a jóvenes de quince años de excursión pasando una noche fuera de casa.

Diego la observó con una media sonrisa, se estaba dando cuenta que la estaban convenciendo para que mandaran las circulares a los padres para obtener su consentimiento.

—Una que tomo varias veces al mes —terció Diego con triunfo en sus ojos azules—. Puedo garantizarte que los chicos no correrán ningún peligro.

Mari Carmen supo que podía ser una experiencia enriquecedora para los alumnos de esa edad.

Los podría entusiasmar, y si además, después hacían ese diario con todas sus reflexiones les encantaría a la mayoría.

Hizo una mueca al pensar que esos dos se ganarían a los alumnos.

A todos les encantaría la idea, menos a ella.

Por otro lado…¡¿Quién sabía si con el tiempo no habría algún escritor entre los alumnos del instituto? !