Capítulo 7
—S oy la menor de cuatro hermanos, me encanta la ropa de segunda mano, pues a medida que crecía fui heredando de ellos la ropa que mi madre había guardado, así que estoy acostumbrada a reciclar y darle una segunda oportunidad tanto a los objetos como a la ropa.
Me gusta calcetar en la temporada otoño-invierno, me gustan los domingos en pijama sin salir de casa, sobre todo, si nieva o llueve.
—Vaya, tenemos mucho en común, tengo cuatro hermanos mayores, todos ellos profesores de universidad con sus tesis cum laude , algo que se esperaba de mí y no hice.
—¿Decepcionaste a alguien por ese camino que tomaste?
—A mis padres, pero les fui sincero, ya hay cuatro, bueno cinco con mi padre, profesores de universidad repartidos por Hardvard, Brown, Yale, a mí me tocaría Princeton.
—Jack negó con la cabeza—. No, eso no era para mí, me gusta la vida tranquila de un colegio, si se puede llamar así, vivir en un sitio pequeño.
No me gustan los reconocimientos, a ellos sí.
—Se encogió de hombros mostrando una indiferencia a la que estaba acostumbrado—.
Me relajo tocando el piano o el violín, me gustan los fines de semana en casa a no ser que haya algo interesante.
—Exacto. —Se rio ella.
Todo eso lo fueron descubriendo en una cena que tuvieron en uno de los restaurantes del pueblo, Riverwiew Restaurant, una semana después a esa declaración en el apartamento de Micky que fue lo mejor que pudieron hacer por ellos mismo, además de por ese «nosotros» que se estaba forjando cada día o a cada hora que pasaban juntos y les importaba un bledo que los viesen juntos paseando, charlando o tomando un café.
Si no salían, normalmente, Jack subía al apartamento de Micky y en esos instantes ella contemplaba que él no desentonaba con el entorno, aunque su altura hacía que su piso fuese una casa hobbit, pero le encantaba que estuviera con ella.
El primer beso todavía no había llegado, aunque se presentó en más de una ocasión, que los dos desperdiciaron sin importarles mucho, pues solo querían estar juntos y el deseo, pese a no apagarse, parecía mantenerse neutral mientras el amor los encadenaba cada vez más fuerte.
Una noche, la anterior a tener que ensayar el famoso primer beso de Romeo y Julieta con los alumnos, a Micky le surgió la duda de cómo afrontarlo y en eso estaban Jack y ella.
—Un beso largo en la mejilla, metáfora de un beso en los labios. —Ella asintió lentamente, no muy convencida—. Está bien, te lo demostré. Levántate.
—¿Qué?
—Vamos a ensayar para demostrarte lo que se puede hacer. —Jack cogió los folios unidos por una grapa y leyó tomando de la mano a Micky—: Si con mi mano indigna he profanado tu santa efigie, perdóname... mi boca, como un peregrino avergonzado, suavizará el contacto con un beso.
Ella carraspeó.
—Buen peregrino, no menosprecies tanto a tu mano, pues ella demuestra un fervor devoto. Los santos tienen manos que los peregrinos pueden tocar, y palma con palma es el beso de los devotos.
—¿No tienen entonces los santos labios, y también los devotos peregrinos?
—Sí, Romeo, labios para rezar.
—Entonces, hermosa santa, deja que los labios hagan lo que hacen las manos. —Jack acercó su cara y le dio un beso en la mejilla, prolongándolo más de lo esperado.
Ese delicado contacto provocó que un escalofrío de anticipación recorriera el cuerpo de Micky y cuando entreabrió los labios para respirar, Jack aprovechó para besarla en la boca y ya no hubo vuelta atrás.
Se besaron al principio con suavidad, con ternura que descansaba tanto que a ella casi le dolía, pues ningún hombre le había adorado la boca como Jack hacía en esos instantes.
En cuestión de segundos, cuando ella le rodeó el cuello con los brazos, la pasión se adueñó de sus almas, solo dieron rienda suelta a lo que habían reprimido en todo ese tiempo: el deseo.
Un deseo irrefrenable que explotó a medida que se deshacían de la ropa con manos nerviosas y temblorosas.
La primera que quedó expuesta fue Micky en cambio él, que tenía los pantalones aún puestos, la observó con amor, con fervor, con admiración.
En esos instantes comprendió que esa mirada a la que se había enfrentado con anterioridad, era la misma que en esos segundos la desnudaba.
Fue tan íntimo que se quedó desnuda solamente para él.
Jack dio un paso al frente, dejando que ella le quitase la ropa y así, sin nada que se interpusiera la izó y al final las compuertas del deseo febril se abrieron. Pero aun así hicieron el amor con cadencia, recorriendo cada palmo de los cuerpos, para conocerse más allá de la piel.
Quedaron estirados en el sofá, abrazados, Jack con un codo clavado en el reposabrazos, aprovechando esa postura que le permitía acariciarla y contemplarla cual pintor a su modelo.
—En este tiempo, me he preguntado si las pecas de tu nariz —le pasó la yema el dedo índice por el puente para luego deslizarlo por el pómulo— o tus mejillas se extenderían por otras partes.
—¿Y has despejado la equis? —Utilizó jerga matemática.
—Sí —afirmó en un suspiro—, me encanta tu piel nacarada con esas pequeñas manchitas, te diferencian de todo el mundo, te hacen única, aunque ya lo eres para mis ojos. —Le dio un beso en la punta de la nariz—. Lo siento.
—No debes sentir nada…
—Siento si he sido un poco torpe, es que hace años que no me acuesto con una mujer. —Esa confesión cogió a Micky por sorpresa, nunca ningún hombre le había dicho eso jamás y menos con timidez y naturalidad como lo había hecho Jack.
—Vaya. —Ese hombre era una caja de sorpresas.
—Eso no ha sonado bien, así que entiendo que mi torpeza ha sido clara como el agua.
—No, para nada, lo que sucede es que nunca un hombre me ha dicho nada igual.
—Lo dices por quedar bien.
Micky se apoyó sobre sus codos para elevarse un poco.
—Digo la verdad, no has sido ni patético ni torpe —afirmó.
—Eso está bien saberlo. —Se quitó un peso de encima.
—Pero ¿cuánto tiempo hace que no estás con una mujer?
—Siete años —confesó él sin dilaciones.
—Toda una vida sexual y tú en celibato.
—Hace siete años que me vine a Cold Spring y siete años en los que mi anterior pareja me fue infiel con mi hermano Tom, el que va antes que yo.
—¡¿PERDONA?! —Con aquello Micky terminó sentada.
—Sí, aunque bueno, estaba con los dos al mismo tiempo y ninguno nos enteramos.
—¿Te sigues hablando con tu hermano?
Se encogió de hombros.
—Se ha enfriado, a mis otros tres hermanos como a mis padres no les gustó nada y él, al preferirla a ella, se ha excluido familiarmente hablando y no sé si lo saben, pero se han casado en secreto.
—Espero que no te hayan invitado a la boda. —Estaba tan indignada que quería pegarle a alguien.
—Solo lo celebraron con amigos y la familia de ella. Antes de que preguntes, lo sé, porque lo he visto en las redes.
—Eres cotilla.
—Desde que estoy aquí, sí. —Acercó la cara a ella y le dio un beso en los labios—. Pero me alegro haber estado en celibato, eso me muestra que estaba esperando por ti.
—Yo he estado cuatro años en celibato. —Soltó una risilla nerviosa—. Conocí a alguien, pero que era más maravilloso que un día de verano y resultó ser como el frío viento del norte y aún encima casado.
—Por favor, eso es deleznable, ¿cómo hay gente que puede jugar de ese modo con las personas?
—Y padre de dos hijos y esperando un tercero.
—Jack se tapó los ojos con una mano—. Se acostaba con ella y conmigo y no me lo dijo él, sino una compañera a quien se lo había presentado.
Ella salió con su círculo cercano, a mí no me apetecía y esa misma noche lo vio con ella y además se fijó en la alianza.
Les tomó unas cuantas foto para que yo la creyese.
—Fue una buena amiga, con pruebas incluidas. —Jack la cogió y la sentó a horcajadas sobre sus piernas—. Nada de eso te ocurrirá conmigo, te lo aseguro. —Dejó caer la boca sobre la suya para sellar aquella promesa revestida en afirmación.
La besó con fervor, despertando a sus cuerpos de nuevo para un nuevo asalto, cuando…
—¡Hola, Micky! —saludó su madre.
—Joder, qué oportuna. —Se movió a toda velocidad, tapándolo a él con la manta y ella con su jersey—. ¡Mamá, no entres! —le ordenó.
—Te vengo a dejar pastel, ¡Ah! —gritó Sarah, que se giró.
Su aviso llegó tarde y Sarah quedó de espaldas a ellos para no mirar.
—¡Qué puto agobio! —exclamó Micky perdiendo los nervios.
—¡Ay, Dios mío ya no podré mirar a tu novio a la cara sin que piense en un gran pene!
—¡Mamá, por favor!
—A ti te cambié los pañales a él no.
—Hemos cogido confianza en cuestión de segundos —intervino Jack, riéndose de la situación.
—Tú, cállate, mamá, ¡se llama antes de venir!
—Pensaba que estabas sola, hija, que hasta donde tengo entendido no tienes novio.
—No lo estoy —protestó.
—Me voy, me voy y no he visto nada.
—Me alegro.
Su madre salió corriendo y al oír la puerta Jack prorrumpió en risas
—No te rías, en serio, ¡qué puta vergüenza! —Él la volvió a poner sobre sus piernas, al hacerlo ella notó su erección—. ¿Es que te ha puesto palote la situación?
—No.
—Quién lo diría.
—La interrupción fue lo de menos, solo quiero una cosa: estar contigo. —La movió y ella cogió la erección y la guio a su entrada.
Así reanudaron todo donde lo habían dejado, pero no fue solo uno, sino varios a lo largo de la noche.