El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 6
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Capítulo 6

M icky tras salir del colegio condujo hasta el pueblo, donde aparcó el coche en la acera enfrente de su casa para dar un paseo por el Dockside Park.

Lo necesitaba, necesitaba poner en orden sus sentimientos, su cabeza y, sobre todo, el corazón, como enfriar el deseo por Jack.

La primera conclusión que tomó fue que no iba a dejar el colegio, ¡que lo hiciera él!

Pero tampoco había motivos para que Jack abandonase su puesto.

Caminó por la zona de hierba de un lado a otro hasta que se paró a observar el río, que le mostró ese sosiego al que ella estaba acostumbrada, como la resistencia de las colinas que se alzaban en la otra orilla y estaban rendidas, aunque impertérritas, al transcurrir del Hudson, al igual que en el resto del valle.

Aquella era una tranquilidad contagiosa y como le decía su padre: «cuéntale al río tus penas para que las lleve bien lejos», sonrió al recordarlo.

No obstante, lo que le sucedía no eran penas, era algo que hacía tiempo que no le ocurría: le gustaba Jack de un modo muy distinto a lo que le había sucedido otras veces.

Lo que sentía era el amor fusionado a la pasión, a un deseo carnal que iba más allá de su propio autocontrol y no requería nada para que se prendiera para sentirse excitada con unos sentimientos verdaderamente alocados, ya que ella percibía que cuando la miraba la desnudaba, cuando la recorría de pies a cabeza le hacía el amor con esos ojos azules que le traspasaban la dermis pese a la ropa.

Lo peor de todo era que no tenía el modo de pararlo.

Regresó a casa con paso lento, donde sabía que le esperaba la bollería que había cogido en la cafetería y el pan dulce que le había comprado a Shannon. Lo tomaría todo para cenar, así le pondría azúcar a ese día que no había resultado nada bueno.

Al entrar en el portal, oyó la voz de Jack llamando, subió las escaleras de dos en dos y en el rellano se paró a mirarlo, estaba despeinado, con la camisa por encima del pantalón ¡SIN JERSEY!

—Micky, sé que estás ahí —hablaba con la puerta mientras tocaba al timbre.

—¿Te ha arrollado un huracán? —le preguntó, nunca lo había visto en mangas de camisa, no parecía el mismo hombre.

—Te oigo, Micky, te oigo.

—Estoy detrás —dijo resignada por la tontuna de ese hombre.

Él se giró.

—Tú… —miró la puerta y a ella—, pero… ¿no estabas dentro?

—Hola, soy la gemela de Micky.

—Muy simpática. —Estiró los labios en una mueca que parecía una sonrisa.

Ella metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó las llaves.

—Pasa.

Al cerrar la puerta, Jack fue al grano del asunto que lo había llevado a su casa.

—Tenemos que hablar.

—Cierto. —Dejó todo en la mesa del salón y se sacó la chaqueta.

Ella con su paseo por el río, había llegado a la misma conclusión, aunque no había encontrado una salida a nada.

—No te puedes marchar —soltó él.

—Ni tú, los niños te admiran y es difícil que un profe, y más el de matemáticas, lo consiga, pero lo has logrado y sé que eres importante en esta comunidad, das clases en el centro cultural, así que tú deberías quedarte también.

—Se atrevió a mirarlo, él la contemplaba con otros ojos, con una mirada en la que le permitía entrar dentro de él, no había arrogancia, la picardía del que sabía que va a fastidiar, había algo más profundo e íntimo en ellos que no supo discernir ni ponerle nombre, sin embargo, su corazón revoloteó nervioso por lo que podía significar—. Pero debemos cambiar.

—No puedo, no puedo hacerlo porque todo me empuja a ti, todo me lleva a ti incluso mis pensamientos, si me meto contigo es para que me hables, me mires y sé que solo consigo lo contrario, discutir, pero a mí me vale, aunque incitas mi deseo por ti, apagas otra parte, la que me empuja a estar a tu lado y no tener que disimular que me gustas…

—Jack se vio interrumpido por el timbre—. Abro yo.

Luego de escuchar el «hola» de Jack, no se esperaba lo que venía.

—¿Y tú quién eres? —Era la voz de su madre.

Micky abrió los ojos a la vez que la boca y los nervios reventaron.

—¡Mamá! —Fue deprisa hacia allí—. Mamá, ¡hola, mamá!

—No repitas tanto esa palabra que la vas a desgastar —dijo Sarah mirándolos, alternaba sus ojos entre los dos.

—¿Pasa algo ? —le preguntó Micky.

No era que la estuviera largando, pero vamos, había sido bastante inoportuna. Siempre había creído que su madre tenía un radar para saber en qué momento estaba con un hombre que ella no conocía, hasta la había llamado en medio de una cita cuando trabajó en otros colegios.

—Quería saber si querías venir a la cafetería, hay reunión. —Saltaba la mirada entre uno y otro—. Pero ya veo que estás ocupada y con las manos en la masa. —Sarah contempló a Jack y las pintas que tenía—. Muy en la masa… —No se calló lo que pensaba.

—Mamá, no es lo que piensas.

—No tenemos telepatía, hija. —Le dedicó una mirada rápida.

—Jack es un compañero del colegio y estábamos hablando. —Se justificó así como la presencia de Jack.

—¡Ah! Tú eres el profesor de ajedrez y de piano del pueblo, encantada.

—Igualmente —dijo él con la voz entrecortada.

—Soy la madre de Micky y futura suegra de alguien. —Le guiñó el ojo.

—Mamá, déjalo. —Estaba avergonzada y no pudo matar a su madre con la mirada, nunca lo había hecho, pero esa sería una primera ocasión fabulosa—. Tenemos que hablar para solucionar unos asuntitos.

—Ahora se llama hablar cuando es una mezcla inseparable de amor y sexo —bufó Sarah, haciendo que los dos se pusieran colorados como tomates.

—¡Mamá! —exclamó indignada por su comentario.

—Muy bien, hija, tú sigue así. —Se giró y levantó la mano a modo de despedida.

Micky sintiendo que las mejillas las tenía no encendidas, sino ardiendo, cerró la puerta con un estruendo.

—Siento lo que has tenido que oír de boca de mi madre, no le hagas caso. —Quiso quitarle hierro al asunto.

—Pero tiene razón —alegó él—. Entre nosotros, lo que en un principio fue una rivalidad —levantó las manos para hacer la señal de las comillas—, desde hace un tiempo no lo es o al menos es lo que yo noto.

—No, hombre, ¿qué dices? —Jack había expuesto lo que ella también notaba, pero después de las palabras de su madre, Micky se había cohibido y no era capaz de hablar de amor ni nada similar.

—Sí, mujer, sí, tu madre ha dicho la verdad, estamos enamorados. —Ella lo mató con la mirada al principio, aunque sus ojos muy pronto claudicaron a la verdad, aunque Jack no se fijó—: Vale… —Se resignó a sus sentimientos—. Estoy enamorado, tú no sé, aunque todo me dice que sí.

—¿Es que ahora eres experto en leer mentes y cuerpos?

—No, pero tengo claro que mi corazón te ama, mientras mi cuerpo te desea al tiempo que la cabeza me indica que debo ir despacio.

—Vale. —Nerviosa, agitando las manos se confesó—: me pasa lo mismo.

Él se acercó a ella, le quitó el gorro y le acarició el pelo.

—Es un gran paso que lo reconozcamos.