El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 5
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Capítulo 5

D esde aquel día, Jack decidió algo de lo más inimaginable e impensable para Micky: dar las clases de ajedrez en el salón de actos.

En el espacio que había a la entrada, preparó algunas mesas para que aquellos a los que no les tocase actuar no perdieran el tiempo entre bambalinas y echasen alguna partida.

Hablaba por encima de las órdenes o las explicaciones que Micky daba a los que estaban encima del escenario.

La peor parte se la llevaba y se la comía Micky en silencio: se sentía nerviosa al tenerlo detrás, notaba sus ojos azules encima de ella, no paraba de observarla y todo se complicaba cuando él sin disimular la recorría de arriba abajo, lo que hacía que la atracción fuera a más.

«Acuérdate de esto: Cada vez que lo veas te gustaría llevártelo a la cama», recordaba cada noche al meterse en la cama, sabiendo que él estaba en el piso de abajo.

Despertarse con presión en el sexo se estaba convirtiendo en algo frecuente y en más de una ocasión se levantó muy húmeda.

Flora tenía razón, lo quería en su cama y no discutir con él era su barrera, porque Jack no ayudaba, si ella se ensimismaba con algún pensamiento más caliente de lo normal, él lo aprovechaba para hacerles indicaciones a los niños o soltarles comentarios tales como: «Eres Mercucio, el mejor amigo de Romeo y eso te da un pase especial a decirlo como te venga en gana.

Se te conoce por tu ingenio, eres temerario, bromista, y de espíritu libre, que se note ese aire chulesco, porque a tu lado va el cabecilla de la chupipandi más guay de la literatura inglesa»; «Eres la protagonista, al enamorarte del hijo de los enemigos de tu familia estás tomando tus propias decisiones, desafías las normas y los prejuicios de tu entorno por ese amor», incluso llegó a decir cómo tenían que utilizar la espada.

Micky tenía que echar mano de sus sacos de paciencia para no arrearle una patada en el culo y por ganas no era.

—Oye tú, —se cansó Micky una tarde—, ¿a qué estás al ajedrez o al teatro?

—A las dos.

Esa respuesta le repateó.

—Tú encárgate de lo tuyo, metomentodo, y deja a los demás con lo suyo.

—¿Y si no quiero?

—Prueba con el punto de cruz —le contestó ella dándole la espalda.

—No me gusta. —Micky abrió mucho los ojos, ¡tenía respuesta para todo!

—Quédate con el ajedrez, ¿vale? Ya tengo bastante con oír cómo los chicos pulsan los relojes y más me callo…

—Pero no puedo si veo que no lo hacen como lo tienen que hacer. —Estiró el brazo hacia el escenario.

—Métete en tu clase o esconde la cabeza en un tablero, ¡señor Ajedrez!

—Lo que usted mande doña Teatro. —Hizo una reverencia muy shakespeariana.

Los motes que se dedicaron en esa discusión quedaron entre los chicos que los fueron expandiendo entre los pasillos, llegando a más alumnos, profesores y, lo peor de todo, al director, Phill. Un hombre de unos sesenta y algo que había dado clases a Micky, quien lo respetaba como en antaño.

—Oíd, no os insultéis delante de los muchachos, queremos que vean tranquilidad, sosiego y vosotros dos con esas discusiones no sois un buen ejemplo —los regañó como a chavalines de poca edad.

—Es él… —Micky lo iba a acusar, pero Jack la interrumpió.

—Tuve que mover mi clase para no afectar a la obra…

—¡Ya! —Phill interrumpió a su vez a Jack—. Lo que os estoy pidiendo es que delante de ellos conviváis en paz.

—Imposible —dijo Jack.

—¿Imposible? Normal por cómo eres, un quisquilloso con malas pulgas que aún tiene más que decir sobre el trabajo de los demás.

—Solo me meto con el de ella —apostilló Jack mirando a Phill.

—¡Solo el mío, no te jode! Caradura.

Él hizo que no la oía.

—Y luego ella me dice que siga con el ajedrez, que soy un asesino de peones y el caballo pasa de mí. —Él recordó lo que le había dicho otra tarde.

—Está acostumbrado a solucionar los problemas con un jaque, si no le gusta o como sople el viento en dirección contraria, resulta que el profe de mates no soporta los cambios.

—Tú me obligaste.

—Me olvidé de decírtelo.

—Si no me robases a mis alumnos nada de esto estaría pasando —le reprochó él.

—Ahora la culpa es mía, si tú —lo señaló ella con el dedo apuntador— no metieses las narices donde no te llaman, no estaríamos en esta situación.

—Estamos así por tu lengua larga.

—Y por culpa de que no eres imparcial con lo que no va contigo, siempre apostillando, ¡don Perfecto!

—Habló doña inaguantable.

—Habló el toro y dijo muuu… —Imitó el sonido de una vaca.

—¡Ya! —los paró Phill.

Micky se levantó cabreada.

—Me olvidé —les dijo a los dos—, ¿es un crimen?

—Se giró hacia Jack—. ¿Te he matado? ¿Pegado un bofetón?

¿Te he dejado en ridículo? No, ¿verdad? Se me olvidó decírtelo, lo siento señor sabelotodo, el más inteligente, el más sabio de todos los profesores, soy persona, cometo errores y quiero que los niños se lleven un buen recuerdo de su última actuación antes de dar el paso a secundaria, ¿estamos?

—Se volvió hacia el director—. Y lo siento Phill, si te pongo en un aprieto, sabes que siempre te he respetado y más ahora, desde que he llegado, pero con él no puedo.

—Se encogió de hombros—. Si tengo que dejar el colegio al final de curso, dímelo.

Salió de allí con el corazón roto porque quería quedarse y no moverse de Cold Spring.

***

Jack siguió con la vista a Micky observando cómo se alejaba de allí y él quedaba con esa impotencia de quien no podía frenar nada, incluido el tiempo, pero sabía que no podía hacer nada.

Sin embargo, en cuanto la puerta encajó en la cerradura con el ruido característico, algo dentro de él y en lo profundo del corazón se rompió, no supo qué fue, no pudo darle nombre, solo reaccionó a la impasibilidad de Phill.

—¡Párala! —Jack se levantó de la silla como un resorte, mirando la puerta—. No puedes dejarla marchar—. Miró a Phill desconcertado—. Si alguien se va soy yo.

—¡Ah! Ahora resulta que os marcháis los dos —razonó extrañado el director.

—No…

—¿Por qué se tiene que ir ella? ¿O tú? —lo interrumpió Phill, señalando a la puerta.

Jack parpadeó varias veces seguidas.

—¿Eh…? —No supo qué responder.

—No quiero prescindir de ti, eres muy buen profesor al igual que ella, en poco tiempo se ha metido en el bolsillo a los niños y muy pocos profesores lográis eso.

—Sí, se ha ganado la confianza y el respeto de los muchachos.

—Lo que pasa aquí, y lo digo con toda la confianza, es que miráis la situación con el ojo ciego.

—¿Qué?

—Con el ojo del culo, Jack.

—¡Perdona! —Todo el mundo se había vuelto loco.

—No perdono, porque creo que si miras en tu interior encontrarás la respuesta a todas tus preguntas.

—Phill se levantó y lo acompañó hasta la puerta—.

Tenéis que hablar de esto, no solo discutís como dos críos pequeños, sino que hay algo más profundo a lo que debéis ponerle nombre vosotros, no me corresponde a mí, no soy vuestro terapeuta.

—El hombre lo fue empujando poco a poco sin que se diera cuenta que ya estaba fuera del despacho—. Hablad. —Cerró la puerta.

«Me ha echado», agitó la cabeza asombrado por el atrevimiento del director.

Una cosa tenía clara, iba a hablar con ella.