El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 4
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Capítulo 4

L os días que siguieron fueron lluviosos y con tormentas eléctricas tanto de día como de noche.

A esas horas de la tarde, con el cielo oscurecido por la ingente cantidad de nubes que sobrevolaban todas las esquinas de Cold Spring parecía que la noche había llegado, cuando aún le faltaban algunas horas para hacer acto de presencia.

Los pasillos estaban más o menos vacíos, salvo por los limpiadores que recorrían los baños o algunas clases que ya no se estaban utilizando.

—¡Hola, Jimmy! —Jack saludó a uno de los bedeles que estaba cerrando algunas aulas.

—¡Jack! —lo saludó a su manera—. He estado practicando con mi chaval.

—¿Qué tal os fue? —Se paró a hablar con él, faltaban cinco minutos para su clase de ajedrez.

—Es un crack —habló con orgullo de su hijo.

—Sí, lo es.

—El pobre tenía que enseñarme algunas cosas, pero practiqué lo que me dijiste, el niño tuvo que tener paciencia con el zopenco de su padre. —Se rio de sí mismo—. Pero le he cogido el truco.

—Me alegro. —Jack le dio una palmada en el brazo—. El sábado nos vemos.

—Perfecto, allí estaré.

Jack levantó la mano a modo de saludo y se dirigió a su clase que, para su asombro, era de las pocas veces que estaba en silencio.

—Hola, chicos, venga a vuestras mesas. —Entró sin mirarlos lo cual era algo bastante normal en él, fue directo a su mesa, donde dejó todo lo que cargaba, ya que después de esa clase, iría al centro cultural para darle clases particulares a una muchacha que estudiaba piano y practicaba con él.

El silencio de voces y sillas fue tan atronador que las orejas se echaron hacia atrás, como si se tratase de las de un lobo, poco a poco, fue girando el rostro hacia las mesas y no vio a nadie.

Se tensó, el cuerpo se volvió hacia donde miraba y…

estaba solo. ¡ESTABA SOLO!—. Pero ¿qué coño es esto?

—Tardó en recuperar la compostura tras esa falta generalizada de los niños—.

¿Dónde están? —le preguntó al silencio y al aula.

Salió para buscar a alguien que le dijera algo.

No vio a Jimmy, aunque del aula de profesores salía Heather, la profesora de educación física—. Heather —la llamó.

—¡Oh!, hola, Jack —lo saludó.

—Sí, sí, una pregunta, ¿dónde están los alumnos de ajedrez?

—Son tus alumnos, lo debes saber tú —le contestó su compañera. En otra situación y en otro contexto le molestaría aquella respuesta, pero en esos instantes solo negó con la cabeza—. ¡Qué raro! ¿No hay ninguno?

Jack volvió a negar.

—¿Preguntas por los chicos? —preguntó Rosie, otra maestra.

—Sí —asintió Jack con esperanzas renovadas por una explicación.

—Están en el salón de actos con Micky, los necesita para la obra de teatro.

Al escuchar la explicación, él llevó una mano a la cadera, con la mano derecha se pellizcó el puente de la nariz y al respirar hondo no olía el aroma a friegasuelos o los perfumes de sus compañeras.

Fue el olor a café, a otoño, a especias, un aroma dulce que le recordaba a tardes lluviosas o frías sentado frente a la chimenea con ese calor reconfortante que, de repente, le abrazó el corazón.

Apretó los dientes.

—Gracias. —Jack ya se había dado la vuelta para ir al salón de actos sin poder despejar la nariz de ese aroma que le atraía tanto.

¡Se había convertido en la polilla, Micky en la luz! Eso lo enfadaba.

Caminó a grandes zancadas con el corazón latiendo a mil por hora, creyendo que por el enfado, en parte era así, aunque había otras emociones que lo envolvían y no reparaba en ellas, solo en el hecho de que le había robado a sus alumnos.

En cuanto llegó, abrió las puertas con tan mala leche que hicieron ruido al llegar al tope, quedándose abiertas y él en medio con la luz proyectándose desde atrás y recortando su figura.

Todos los alumnos y Micky se le quedaron mirando, pero él solo la buscó a ella.

Al encontrarla, esperó unos segundo antes de dirigirse a donde estaba, ella poco a poco iba frunciendo el ceño, lo que le importó bastante poco y al estar frente a frente, su cerebro hizo un apunte:

«¿Tendrá todo el cuerpo lleno de pecas?», pensó en silencio al hallarse mirando esas suaves manchitas que le recorrían la nariz, los pómulos y parte de las mejillas.

Aquello lo encendió al ser un pensamiento irracional, además de disparatado que nada tenía que ver con el cabreo que tenía.

—¿Qué está pasando aquí? —Su voz retumbó por todo el salón de actos.

—Estamos ensayando, ¿quieres quedarte o participar? —Micky ladeó la cabeza.

—¿Me estás tomando el pelo?

—No, no lo creo. —Las cejas casi se le juntan en el centro y miró hacia un sillón—. Creo.

—Vamos a ver, ¿qué hacen mis —lo recalcó con más ímpetu— alumnos aquí?

—¡Oh! —Micky se llevó las manos a la cabeza—. Se me olvidó decírtelo, los necesito.

—Es un plus —dijo uno de los niños que estaban en el escenario y no en clase de ajedrez.

—¡Un plus! —exclamó fingiendo diversión a la vez que asentía con la cabeza—. Un plus.

—Necesitaba más niños, lo siento, se me olvidó decírtelo.

—Ya y yo soy tonto, lo has hecho a propósito.

—¡Qué va! Si tengo a las clases…

—Pon otra disculpa.

—No, señor Ego, te estoy contando la verdad.

—Esta es la hora de ajedrez. —Comenzó a darle golpecitos a la esfera de su reloj de muñeca.

—¿Y? —Se encogió de hombros sin importarle.

Jack se quedó de piedra ante la poca humildad y la desfachatez de Micky, le daba lo mismo que él y sus alumnos perdieran la clase de ajedrez, sin embargo, una fuerza mayor lo recorría por dentro, era una sensación que hacía tiempo que no experimentaba y que lo cabreaba consigo mismo.

—Tengo que darles clase, no pueden estar aquí perdiendo el tiempo.

Ella abrió la boca tres cuartas.

—¿Es que ahora es más importante ajedrez que el teatro? —lo interrogó con un sabor amargo en la boca.

—Sí —sentenció él de la misma forma que lo había hecho ella—. A que jode, Ana de las Tejas Verdes .

Ella le sonrió y se humedeció los labios, hecho que no le pasó desapercibido a Jack, ya que de repente sintió la cruda necesidad de besarla. ¡Aquella mujer lo estaba volviendo loco a cada momento!

—¡Anda! —Soltó una carcajada—. El profesor de matemáticas se ha leído Ana de las Tejas Verdes . Entonces, por esa regla de tres, tú debes ser Gilbert Blythe. —Los ojos verdes de ella lo observaban con fastidio, pero él notaba que le rozaban el corazón con cada aleteo de sus pestañas.

—Devuélveme a mis alumnos.

—No, gruñón.

A él no le hizo falta ninguna explicación, se notaba de lejos que lo estaba llamando como uno de los siete enanitos de Blancanieves .

—¡Vámonos, chicos! —Les hizo un gesto con la mano para que lo siguieran.

—No. —Micky los miró y algunos se estaban moviendo—. El entrenador no me puso ningún problema, me comentó que para recuperar esta hora de deporte revisaría los horarios y con concordaría con los alumnos, pero se me olvidó decírtelo a ti.

—No se te olvidó, no quisiste hacerlo que aún es peor.

—Niños, no os mováis —les suplicó ella, le hicieron caso y Jack alucinó.

—¿Qué dices? —Aunque el ego de Jack quería pedirle perdón, era su corazón en esta ocasión el que latía tan rápido que se quedó petrificado, no tanto por ello si no por la ganas de besarla que le entraron.

—Se quedan.

—Vale, tú lo has querido.